Sólo las guerras mundiales han cobrado tantas víctimas como los accidentes del tránsito automotor. En el 2013 fallecieron 1.25 millones de seres humanos en las autopistas, caminos y calles que surcan el planeta. Alrededor de 90% de esta adversidad (1.12 millones de muertes) se concentró en países de ingresos medios y bajos (nuestra nación pertenece a este grupo), donde circula apenas la mitad de los vehículos registrados en el mundo.

Sin ir más lejos, anteayer, en Bajos de Haina, a unos 20 kilómetros al oeste de Santo Domingo, un camión cargado de cemento (que circulaba de manera errática y a muy alta velocidad) embistió, aplastó y luego arrastró al abismo a un minibús de pasajeros. La acometida ocasionó el fallecimiento de 10 personas y produjo heridas a 18 de los ocupantes del minibús. En tanto el conductor del camión desaparecía, misteriosamente, del escenario de aquella desgracia.

Toda la energía colectiva ha de apuntar hacia un logro inaplazable: reducir con drasticidad el número de accidentes mortales que hoy día tiñen de sangre nuestras calles y carreteras. Un programa mínimo de leyes y ordenanzas flexibles, si bien de aplicación inflexible, podría contribuir a este propósito. Sus prioridades, acaso, incluirían las acciones que siguen:

Imponer un efectivo conjunto de leyes y ordenanzas de tránsito, a la vez que se establecen los medios de coerción para su cumplimiento estricto
• Leyes que penalicen el manejo temerario y agresivo, tanto como la conducción bajo el efecto de drogas o de alcohol.
• Ordenanzas respecto a los límites de velocidad, el control de intersecciones, la prohibición de rebasar según establece la línea separadora central de una vía, el cumplimiento de restricciones indicadas en las señales de tránsito, el respeto a las zonas para el cruce de peatones, entre otras.
• Entrenamiento, compensación económica y supervisión del personal policial a cargo de la vigilancia del tránsito.
• Uso de cinturones de seguridad, cascos y dispositivos especiales para la protección de menores.
• Revisión anual obligatoria de la condición general de los vehículos (la denominada Revista, conforme a la nomenclatura local). Asimismo, verificación aleatoria del estado de las unidades que circulan en carreteras y calles (luces, frenos, neumáticos, etc.).
• Examen riguroso de la condición física y mental, además de la destreza en el manejo vehicular de quienes solicitan licencia para operar unidades motorizadas de cualquier característica.
• Establecimiento de un registro nacional actualizado (electrónicamente accesible a las autoridades desde cualquier lugar) de los vehículos y los permisos para conducir.

Elevar la seguridad de las carreteras existentes mediante la aplicación de principios de ingeniería de seguridad vial
• Emprender acciones destinadas a mejorar los estándares existentes en algunos sectores de la vialidad (ancho de carriles, paseos y bermas; curvatura horizontal y vertical, peraltes, pendientes, distancias de visibilidad para frenado y rebase, consistencia del trazado, señalización preventiva e informativa, etc.).
• Con periodicidad fijada según el tipo de carretera o vía urbana, realizar campañas de medición de los indicadores de capacidad funcional y estructural de los pavimentos (coeficiente de fricción, índice de regularidad superficial, índice de integridad estructural, deflectometría). Conforme a los resultados obtenidos en las mediciones, planear y ejecutar acciones sistemáticas de mantenimiento preventivo, rehabilitación y/o reconstrucción vial.
• Construir pasos elevados que faciliten el cruce de motocicletas y peatones en sitios abarrotados y con elevada potencialidad de conflictos de tránsito.
• Definir, mediante señales reflectivas, los ejes y límites de las vías, así como los puntos de confluencia vial y los carriles para motocicletas y peatones.
• En puntos críticos de las ciudades, colocar señales y dispositivos con el objeto de apaciguar (“traffic calming”) los flujos vehiculares.

Establecer una red institucional con capacidad para ofrecer respuesta inmediata a los problemas de tránsito
• Disponer un encadenamiento de servicios médicos, policiales y de bomberos con el objeto de ofrecer primeros auxilios a las víctimas de accidentes y transportarlas a los centros médicos más cercanos.
• Establecer un plan de financiación, comunicaciones y marco jurídico que articule la cooperación entre las instituciones reguladoras del transporte y los proveedores de atención médica.

Estructurar un competente y confiable sistema de datos de seguridad del tráfico vial
• Recopilar y clasificar las informaciones actualmente disponibles acerca de los accidentes de tránsito ocurridos en el país
• Crear enlaces con estaciones de policía, salas de emergencia de hospitales y otros órganos de respuesta inmediata que permitan registrar: el tipo y lugar de cada accidente, la hora del día, las personas fallecidas y heridas, la presencia de drogas y alcohol, y la utilización de correas y cascos de seguridad, entre otras informaciones.
• Robustecer los procesos de manejo de datos con el objeto de mejorar la exactitud de las informaciones.

Organizar campañas publicitarias destinadas a mejorar los hábitos y el comportamiento de los conductores

Los mensajes se orientarían a sembrar las siguientes ideas:
• Eliminar la conducción de vehículos bajo la influencia de drogas y alcohol.
• Promover el uso de cascos de seguridad en los conductores y pasajeros de vehículos de dos ruedas.
• Impulsar el uso de cinturones y otros dispositivos de seguridad con miras a proteger los menores que viajan en vehículos de motor.
• Reclamar continuamente la preservación de la vida de conductores, pasajeros y peatones.

Mirar hacia el futuro

Las autoridades de transporte de los Estados Unidos publicaron en el 2010 la primera edición del ‘Manual de Seguridad de Carreteras’ (Highway Safety Manual, HSM). Este poderoso recurso analítico permitió identificar los puntos críticos en las carreteras y, al mismo tiempo, cuantificar la frecuencia potencial de choques tanto como su grado de severidad. Se recogió aquí el esfuerzo de una investigación de 10 años, realizada por expertos en seguridad vial, académicos y analistas. El estudio reflejó las estadísticas de incontables accidentes ocurridos en las carreteras norteamericanas.

Cabe señalar que las formulaciones del HSM (actualizadas en el año 2020) son neutras, al no tomar en cuenta la condición material de los vehículos, como tampoco la pericia ni el estado físico y mental de los conductores. Esto es, el método opera con algoritmos basados únicamente en las características físicas de la vía y el comportamiento dinámico del flujo de tráfico.

Mediante el empleo de este recurso sería dable apreciar en qué medida los factores críticos de una carretera aumentan la posibilidad de conflictos. Con inventarios viales y registros actualizados del tráfico en nuestra red de carreteras adecuaríamos los trazados viales para hacerlos más seguros y eficientes, Y obtendríamos, así, resultados valiosos con un mínimo esfuerzo.

Un epílogo inquietante

A modo de digresión, he de compartir los resultados del análisis, con datos reales, efectuado en una muestra representativa integrada por cuatro tramos viales del país. En efecto, al analizar el comportamiento en un período de tres años, la cantidad registrada de accidentes de tránsito sobrepasó entre 3 y 5.5 veces el pronóstico basado en las ecuaciones del HSM. Como una elemental inferencia (y bajo el supuesto de la neutralidad característica del método HSM) apuntaríamos a la presencia de un coeficiente de envilecimiento local. Digamos, de un multiplicador nacional que muy probablemente arrastre combinaciones sombrías de imprudencia, ineptitud, mal estado de los vehículos, manejo errático, indisciplina ancestral, alcohol, drogas…

Lo cierto es que las carreteras y los vehículos de motor, universales y activos principios de civilización y de progreso, devienen aquí en multiplicadores de tragedia. Será útil y valiosa, pues, toda decisión, todo aliento, todo sacrificio que contribuya a exorcizar este infortunio.

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