Toledo/Borges en andanzas de zoología imaginaria

A la memoria del gran artista mexicano Francisco Toledo, fallecido el 5 de septiembre de 2019 en Oaxaca de Juárez, México.

Para mis amigos Armando Colina y Víctor Acuña, propietarios de la Galería Arvil de Ciudad México, quienes generosamente auspiciaron la muestra en Santo Domingo del bestiario de Francisco Toledo.

La mitología de los mayas nos muestra un cocodrilo que abre su boca monstruosa para devorar el sol en el crepúsculo. Mientras una mujer alumbraba, el indio zapoteco del sur de México dibujaba en el suelo la figura de un animal. Luego la deshacía e iniciaba un nuevo esbozo, hasta que se producía el nacimiento. A la figura delineada en el momento del parto se le llamaba el “tona” de la criatura o su “segundo yo”. Cuando el niño maduraba, debía conseguir aquel animal que lo representaba y era su protector. Se creía, incluso, que sus existencias estaban unidas, al punto que la muerte de ambos sería simultánea.

El culto a los animales es atávico. Como paradigma, el animal ocupa en todas las civilizaciones los más profundos estratos de lo inconsciente y del instinto. Las bestias deben cuidarse y adorarse porque son el receptáculo mismo de las formas, buenas o temibles, de la potencia divina.

Los delirios concurrentes de Francisco Toledo y Jorge Luis Borges nos hunden en la tibieza de la arcilla original: en la gestación de las formas y las esencias. En el nacimiento de todas las memorias…

Jorge Luis Borges publicó en 1957, con la colaboración de Margarita Guerrero, su Manual de zoología fantástica. Diez años más tarde, bajo el título de El libro de los seres imaginarios, se editó una versión ampliada del Manual que añade treinta y cuatro nuevos textos. En el prólogo de esta última publicación Borges dice: “Hemos compilado un manual de los extraños seres que ha engendrado, a lo largo del tiempo y del espacio, la fantasía de los hombres”.

Borges recoge unos seres que vienen de la mitología oriental, del Islam y de la Cábala, de la literatura china y de la epopeya babilónica, de los clásicos griegos y latinos, de la Edad Media y del Renacimiento (aunque, curiosamente, fueran excluidos los Cronistas de Indias), del sueño Joungiano de Kakfa y C. S. Lewis y Edgard Allan Poe. En esta detallada caminata por el bestiario que congrega al Minotauro, la Anfisbena, la Sirena, la Quimera, el Dragón, las Arpías, el Basilisco, el Cancerbero, el Mirmecoleón, el Ave Fénix, el Grifo, el Golem, la Óctuple Serpiente… el Simurg, Borges desea que pasemos “del jardín zoológico de la realidad al jardín zoológico de las mitologías”.

En El libro de los seres imaginarios hay una voz que se arrima a los límites del sueño y que propone una realidad sin tiempo, acaso como la metáfora del mundo superior de Parménides, donde el universo es producto de un espejismo y en el que lo deífico, los tropos de la imaginación ancestral, lo religioso y lo mágico conforman el desarrollo del texto.

Al universo zoológico borgiano se entra y se sale por los espejos. Allí habita el Simurg, “pájaro inmortal que anida en las ramas del Árbol de la Ciencia”; y el A-Bao-A-Qu, que mira con todo el cuerpo y al tacto recuerda la piel del durazno. Anidan en este recinto el ave Roc, que alimenta sus crías con elefantes; y el Mirmecoleón: “león por delante, hormiga por detrás, y con las pudendas al revés”, como lo explicara Gustave Flaubert. Y además merodea el Bahamut, que “de hipopótamo o elefante (los hombres) lo hicieron pez que se mantiene sobre un agua sin fondo y sobre el pez imaginaron un toro y sobre el toro una montaña hecha de rubí y sobre la montaña un ángel y sobre el ángel seis infiernos y sobre los infiernos la tierra y sobre la tierra siete cielos”.

Al coleccionar esta fauna de seres excepcionales y pasmosos, Borges transita un camino que empieza en los orígenes del tiempo. Tradiciones y supersticiones populares, más que observaciones científicas, conviven en los bestiarios medievales y renacentistas.

Escrito en griego durante el siglo II, El Fisiólogo constituye el primer bestiario conocido. Su influencia fue enorme en la Edad Media, sólo comparable con La Biblia. Se le atribuye a Pedro de Alejandría, a San Epifanio, a San Basilio, a San Juan Crisóstomo, a Atanasio, a San Ambrosio, a San Jerónimo…

Por encargo del Fondo de Cultura Económica, el pintor mexicano Francisco Toledo (Oaxaca, México, 1940) ilustró en 1983 la publicación del compendio de animales quiméricos de Borges. Con raíces que viajan hasta Hieronimus Bosch y Brueghel el Viejo, y que se adentran en la imaginería ancestral y en la religiosidad popular indígena, Toledo propone un catálogo de cuarenta y seis acuarelas y tintas que desatan la furia y la ironía, la voluptuosidad y el sarcasmo. En estas imágenes hay rastros que congregan mitología y pintura, arte y desvarío, humor e impudicia, reminiscencia colectiva y deslumbramiento.

Alguien afirmó que Toledo es un artista que ve “en las humedades del cemento de su casa, lagartijas que, al intentar morderse la cola, sus patas se extienden como tentáculos”. Al interpretar los textos de Borges, el artista se reafirma en sus orígenes, en el amor a su Oaxaca arrinconada, en su devoto apunte de trazos embrujados, en la gracia persistente de sus acechos coloreados.

Julio Cortázar escribió: “Es bueno seguir multiplicando los polvorines mentales, el humor que busca y favorece las mutaciones más descabelladas [...] es bueno que existan los bestiarios colmados de transgresiones, de patas donde debería haber alas y de ojos puestos en el lugar de los dientes”.

Claro que sí: Borges y Toledo, en estas afinidades insólitas, en este juego incesante de alucinación y color, en este trayecto a las profundidades del espejismo, escarban en el sueño de todos los hombres en todos los tiempos.
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Pedro Delgado Malagón; Catálogo de la exposición ‘Zoología Fantástica’ de Francisco Toledo; Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, República Dominicana; octubre de 2004.

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