Introducción
Este 27 de septiembre celebraremos en la República Dominicana el Día Nacional de la Biblia. En muchas casas hay un ejemplar que perteneció a los padres o a los abuelos. Algunas familias lo colocan en un lugar especial; otras recuerdan la voz de alguien querido que les leía un salmo. Son recuerdos valiosos. Pero esta fecha nos invita a abrir ese libro y preguntarnos a quién podemos encontrar en sus páginas.
San Jerónimo, el gran estudioso de la Biblia, dijo: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. La frase puede parecernos fuerte. Sin embargo, señala que si deseamos conocer a Jesús, necesitamos escuchar lo que hizo y lo que dijo. Podemos haber oído hablar de Él desde niños y, aun así, descubrir algo nuevo cuando leemos personalmente un evangelio.
Celebrar la Biblia, por tanto, es una invitación a acercarnos a Cristo. No al Jesús que cada uno imagina a su manera, sino al que salió al encuentro de las personas, anunció el amor del Padre, entregó su vida en la cruz y resucitó.
1-Un libro que nos lleva hacia Él
La Biblia reúne muchos libros. Sus páginas fueron escritas en épocas diferentes y contienen relatos, enseñanzas, palabras de los profetas y cartas. No apareció completa de una vez. Durante siglos, el pueblo de Israel conservó la memoria de su camino con Dios. Después, los primeros cristianos anunciaron y pusieron por escrito la buena noticia de Jesucristo.
Esa historia puede parecer lejana hasta que empezamos a leerla. En el Antiguo Testamento encontramos a un pueblo que aprende a confiar en Dios, se aparta de Él y vuelve a buscarlo. Escuchamos sus preguntas en momentos de dolor y sus cantos de gratitud. Los cristianos leemos esos libros a la luz de Jesús. En el Nuevo Testamento encontramos el anuncio de su vida, su muerte y su resurrección, junto con el testimonio de las primeras comunidades.
Por eso san Jerónimo insistía tanto en conocer las Escrituras. Sabía que no se llega a comprender a Cristo quedándose únicamente con una idea general sobre Él. Para conocerlo hay que prestarle atención. Hay que detenerse ante sus palabras, mirar cómo trató a la gente y escuchar la pregunta que hizo a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”.
Esa pregunta sigue dirigida a nosotros. Podemos responder con una fórmula aprendida en la catequesis. También podemos dejar que el Evangelio haga más profunda nuestra respuesta.
2-El Jesús que se detiene ante una persona
Una buena manera de comenzar es mirar las escenas en que Jesús se encuentra con alguien. Pensemos en Zaqueo. Era un hombre mal visto por sus vecinos. Se subió a un árbol para poder ver pasar a Jesús entre la multitud. Jesús levantó la vista, lo llamó por su nombre y quiso entrar en su casa. Zaqueo esperaba verlo pasar; terminó recibiéndolo en su vida.
Pensemos también en la mujer samaritana. Fue al pozo a buscar agua y allí encontró a Jesús. Hablaron de su sed, de su historia y de la adoración a Dios. Jesús conversó con ella y la llevó poco a poco a hacerse preguntas más hondas. Aquella mujer, que llegó sola al pozo, salió a contar a otros lo que había vivido.
Cada encuentro nos muestra algo del Señor. Jesús mira a las personas con atención. Conoce sus heridas y sus deseos. Habla con claridad, ofrece una posibilidad nueva y espera una respuesta. Al leer estas páginas podemos preguntarnos: ¿cómo miraría Jesús mi vida?, ¿qué querría decirme hoy?, ¿qué estoy buscando yo cuando me acerco a Él?
San Jerónimo pasó años estudiando textos antiguos para comprenderlos y traducirlos. Nosotros tenemos hoy los evangelios al alcance de la mano. Sería una pena hablar mucho de Jesús y dedicar tan poco tiempo a contemplarlo en estas escenas.
3-Sus palabras también hablan de nosotros
Al leer el Evangelio, a menudo descubrimos que las preguntas de sus personajes se parecen a las nuestras. Los discípulos sienten miedo en la barca durante la tormenta. Marta está cansada y desbordada por las tareas de la casa. El padre de un muchacho enfermo busca ayuda para su hijo. Dos discípulos caminan hacia Emaús después de la muerte de Jesús, tristes y sin comprender lo ocurrido.
Jesús entra en esas situaciones. Escucha, acompaña, corrige y despierta la fe. A los caminantes de Emaús les explica las Escrituras mientras avanza con ellos. Más tarde, al partir el pan, lo reconocen. Habían pasado horas a su lado sin saber que era Él. Entonces comprenden que su corazón había comenzado a arder mientras les hablaba por el camino.
Podemos experimentar algo parecido, aunque de otra manera. Un pasaje que conocemos desde hace años puede adquirir una fuerza nueva cuando atravesamos una enfermedad, sufrimos una pérdida o tenemos que tomar una decisión. Las palabras siguen siendo las mismas; nosotros llegamos a ellas con otra historia. Por eso vale la pena volver a la Biblia.
Leer así requiere calma. Una frase sacada de contexto puede servir para justificar casi cualquier idea. En cambio, cuando seguimos una escena completa, vemos a quién habla Jesús, qué está ocurriendo y cómo responden quienes lo escuchan. Esa atención nos ayuda a conocerlo mejor.
4-También al pie de la cruz
Conocer a Jesús exige acompañarlo hasta Jerusalén. Si solo buscamos las escenas que nos resultan agradables, dejaremos fuera una parte importante de su vida. Los evangelios nos muestran su entrega, su pasión y su muerte. Nos sitúan junto a los discípulos que huyeron, junto a María y a quienes permanecieron cerca de la cruz.
Allí podemos contemplar el amor de Dios sin reducirlo a una frase bonita. Jesús entregó su vida por nosotros. Y los evangelios anuncian que la muerte no tuvo la última palabra: el Señor resucitó. Esa noticia dio valor a los discípulos para salir y anunciarlo. Es el centro de la fe que la Iglesia sigue proclamando.
Muchas personas abren la Biblia buscando consuelo, y con razón. Hay páginas que sostienen a quien sufre. Pero el consuelo cristiano nace de conocer a este Jesús que pasó por la muerte y vive. Cuando la noche se hace larga, podemos acudir a Él con nuestras preguntas y nuestra esperanza. Leer el Evangelio nos permite recordar en quién hemos puesto nuestra confianza.
Por eso la frase de san Jerónimo va mucho más allá de una invitación al estudio. Si ignoramos las Escrituras, corremos el riesgo de quedarnos con un Cristo hecho a la medida de nuestros gustos. Al conocerlas, dejamos que sea Él quien nos hable y nos muestre el camino.
5-San Jerónimo y una tarea para nosotros
El 30 de septiembre, pocos días después de nuestro Día Nacional de la Biblia, la Iglesia celebra a san Jerónimo. Vivió entre los siglos IV y V. Estudió las lenguas antiguas, revisó traducciones y dedicó muchos años a acercar los textos bíblicos a los lectores de lengua latina. Su trabajo quedó unido a la Vulgata, una traducción que marcó durante siglos la vida de la Iglesia.
Jerónimo nos dejó el fruto de una vida de esfuerzo. Estudiaba porque amaba la Palabra de Dios y quería comprenderla mejor. No es que todos debamos aprender hebreo o griego. Sí que conocer a Jesús merece tiempo. Lo dedicamos a tantas cosas que consideramos importantes; también podemos reservar un momento para escucharlo.
Propongo algo sencillo para este 27 de septiembre: elegir uno de los evangelios y comenzar a leerlo. Puede ser el de san Marcos, que es breve. Leamos cada día un pasaje, aunque sean pocos versículos. Antes de empezar, pidamos al Señor que abra nuestro corazón. Después, hagamos dos preguntas: “¿Qué descubro hoy de Jesús?” y “¿Qué le quiero decir?”. Eso basta para dar los primeros pasos.
En familia, podemos leer una escena y conversar sobre ella. A los jóvenes, dejémoslos preguntar. Si algo no se entiende, busquemos ayuda para comprenderlo. En la misa, escuchemos con atención el Evangelio y llevemos con nosotros alguna palabra que nos haya tocado. Poco a poco, la lectura puede convertirse en una costumbre querida, en un espacio de encuentro con el Señor.
Ojalá que, al terminar la celebración nacional, nuestras Biblias no vuelvan a cerrarse hasta el año siguiente. Que permanezcan abiertas en las casas y, sobre todo, en nuestra vida. San Jerónimo nos recuerda la razón: quien desea conocer a Cristo debe acercarse a las Escrituras. Y quien se acerca a ellas con el corazón dispuesto descubre que Jesús sigue saliendo al encuentro de las personas, llamándolas por su nombre e invitándolas a caminar con Él.
Conclusión
CERTIFICO que al celebra el Día Nacional de la Biblia, y todo un mes dedicado a ella, es necesario el recordar la diciente frase de san Jerónimo: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”.
DOY FE en Santiago de los Caballeros a los veinticinco (25) días del mes de septiembre del año del Señor dos mil veintiséis (2026). l
