Por Antonio Gómez Sotolongo
Especial para elCaribe
En 1852, entre templos y jolgorios, tabernas, monasterios y caminos, el violín, ya había cumplido más de 300 años de zancajear por toda Europa. Hacía un siglo que en la Siempre Fiel Isla de Cuba negros y blancos, criollos y españoles domaban cuatro cuerdas con un arco de Pernambuco y cerdas; y en eso, el 4 de agosto, en la calle Águila, en la casa que llevaba el número 168, en La Habana, nació Claudio José Domingo Brindis de Salas, quien sería poco tiempo después El Paganini Negro.
Fue en su propio hogar donde Brindis inhaló los mágicos vapores que encienden el genio musical, fue su padre quien le mostró la puerta por la que entran los grandes. La familia, de la raza negra, siempre disfrutó de una posición social relativamente cómoda, muy lejos del barracón, el cepo y el látigo que sufrieron sus ancestros. Por varias generaciones las dos familias, la materna y la paterna, estuvieron involucradas con los cuerpos castrenses de la metrópoli lo cual garantizaba ciertas ventajas, sobre todo, el acceso a la cultura y los medios culturales de la época. Así, guiado por la mano maestra de su padre, el niño Claudio José Domingo pasó por las clases del criollo José Redondo y luego por las del belga Vander Gutch y esos estudios le servirían de base para que, en 1869, a los diecisiete años de edad fuera recibido en el Conservatorio de París donde ya para entonces brillaba lo mejor de la violinística mundial.
Camilo Ernesto Sivori (1815-1894), quien fuera alumno de Nicolo Paganini, fue quien guió al artista de ébano en el Conservatorio de París, donde también tomó clases con el belga Hubert Leonard (1819-1890) y completó sus estudios con el también violinista y pedagogo Charles Dancla (1817-1907). En 1871 Brindis de Salas obtuvo el Primer Premio del Conservatorio de París, galardón que ya habían recibido Henri Wieniawski, Jaques Thibaud y George Enescu.
Sus aplaudidas virtudes lo llevaron a partir de entonces a los principales centros culturales del mundo y la crítica de la época se rindió ante su exquisito arte. Después de su debut en París, Oscar Commentant, reseñó que era «un artista de gran talento»; en Florencia, el Courriere Italiano, refirió que «el joven negro maravilló y llenó de entusiasmo al auditorio»; en Milán, La Gaceta del Teatro, registró que Brindis arrancaba al violín dulcísimos sonidos y acentos apasionados.
A finales del año 1875 regresó a América con el título de Director del Conservatorio de Haití, un cargo que nunca ejerció. En 1876 estuvo en Venezuela, donde se presentó junto a grandes personalidades del arte musical y en 1877 volvió a Cuba, donde luego de presentarse en los teatros Payret y Tacón se fue con su música por todo el país y así le siguió México y otra vez Europa.
En ese vertiginoso ir y venir, el 6 de noviembre de 1895, a bordo del vapor Julia y procedente de San Juan, Puerto Rico, llegó a Santo Domingo el genial Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, o Chevalier Brindis de Salas, o Caballero de Brindis, Barón de Salas, o el Rey de las Octavas, o el Paganini Negro, que por todos estos nombres se le conocía. Llegó precedido por lauros y fama, y en el momento en que sus virtudes de artista estaban en el punto más alto de su carrera, ya para entonces su vida y obra andaban de boca a oído.
Cuando El Paganini Negro, así llamado por los italianos, llegó a la capital dominicana, ya era amo y señor de las cortes de Europa, y los públicos de Berlín, San Petersburgo, Londres y Madrid caían extasiados ante su genio. Ya en Francia había sido merecedor de la Legión de Honor. Era también, como muchos de su estirpe, un genio trashumante, hedonista, y apasionado, todo lo cual se trasmitía sin dudas a su estilo interpretativo, un estilo desbordado, sin límites en las partituras que enfrentaba. Brindis era un espectáculo irrepetible en cada concierto.
La noche del domingo 10 de noviembre de 1895, enfundado en negro frac y ostentando las condecoraciones ganadas en los cuatro puntos cardinales, debutó el Barón de Salas ante el público dominicano, había llegado con su Guarnerius a embrujarlos a todos.
Aquella noche el teatro de La Republicana –hoy Panteón Nacional- registró un lleno completo. La señorita Claudina Amparo Vázquez, artista muy joven entonces, fue quien le acompañó al piano de gran cola que pertenecía a la familia de don José Martín Leiva y el éxito fue tan grande que el público pidió a voz en cuello otra jornada, y luego otra y otra. Así, el jueves 14 y el domingo 17 volvió Brindis a disponer a su antojo de los aplausos del público. Dicen que el delirio les llegó cuando se estrenó la Serenata de los Ángeles, de Braga, en la que actuó, junto a Brindis y Claudina, el cantante Juanito Vásquez, hermano de la joven pianista. Fue tan resonante su paso por Santo Domingo que el 11 de noviembre la crónica del periódico Listín Diario afirmó que: «El violín de Brindis de Salas no es un violín […]; es un ser humano, un ser que solloza, que gime, que llora, que ríe, que ama, que ruge, que palpita de amores infinitos […], que vive allá en las regiones que no han de tomar jamás cuerpo en este mundo».
El 30 de noviembre, el entonces director del periódico Listín Diario, don Arturo Pellerano Alfau, organizó una excursión al poblado de Azua en la que participaron jóvenes capitaleños y que partió por mar a bordo del vapor Júpiter. En aquel festivo viaje estuvo enrolado también el violinista cubano Brindis de Salas.
Después de su presentación en Azua Brindis iría a Baní, San Pedro de Macorís, Santiago de los Caballeros, Moca -donde el 11 de enero de 1896 el artista se hizo acompañar al piano por Dionisia del Orbe, hermana de Gabriel otro de los grandes violinistas de estas tierras caribeñas-, y Puerto Plata, donde el día 4 de febrero, Brindis dio su primer concierto a beneficio de la guerra de independencia que se libraba en Cuba.
El paso del violinista de ébano por Dominicana llegó a su fin en los últimos días del mes de febrero de 1896 y fue la ciudad de Monte Cristi, lugar de íntima ligazón con las luchas libertarias cubanas, la tierra que le dio el adiós.
El astro, que se bebía el mundo en una copa, continuó su camino de triunfos y fama. Continuó tocando hasta el fin, hasta que su esbelta figura de ébano quedó consumida por la tisis, dejando de existir en Buenos Aires, Argentina, el 2 de junio de 1911.
