Mitri Jiménez nació un día de lluvia abundante, pero con sol, lo que en este país es señal de que “se están casando las brujas” según una antigua tradición folclórica. Creció en un hogar común, con padres amorosos y una hermana mayor, que era quien la “cuidaba” y mimaba, y con la que siempre se llevó muy bien. Aunque según ella, los maestros le decían a su madre que era muy inteligente, nunca llegó a figurar en el cuadro de honor porque hablaba “hasta por los codos”. Cursó la escuela primaria en el colegio “Cristo de los Milagros” y la secundaria en el liceo “Estados Unidos de América”. Fue inscripta como Mitrídate y de ahí viene el diminutivo Mitri. Posteriormente se graduó de licenciada en Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, ha trabajado en diferentes medios y es autora de un libro de relatos cortos titulado “Mi abuela le puso un mal nombre a su perro”.
¿Cuáles son los mejores recuerdos que tienes de tu infancia?
Lo que más recuerdo es que mi hermana Nordaline era quien me cuidaba; como íbamos ambas al mismo colegio, llegábamos juntas de regreso al mediodía, ella preparaba el almuerzo y entonces comíamos viendo la novela “La pícara soñadora” en la tele, hasta que a media tarde nos tocaba hacer la tarea. También que me tocó escribir obras de teatro para el cierre de curso y mis compañeros “se peleaban” por participar, así que a veces tenía que agregar más personajes para que todos pudieran decir aunque sea una línea.
¿Cómo fue tu relación con tu mamá?
Fue muy buena. Mi mamá era muy independiente, una mujer empoderada y le interesaba mucho la política; ella militó durante mucho tiempo en el PRD, por ella llegué a conocer siendo niña a muchos dirigentes del partido, incluso a José Francisco Peña Gómez. Cuando ella enfermó y se fue apagando, aprendí de su resiliencia y eso me permitió sobrellevar su pérdida.
¿Cómo fue tu paso por la secundaria?
De esa época recuerdo que tuvimos como directora a doña Clara González y a unos excelentes y exigentes maestros que nos enseñaron a investigar, eso me sirvió de mucho en la universidad cuando elegí la carrera de periodismo. De esos años me quedó un grupo de buenos amigos que hasta ahora conservo.
¿Cómo empieza tu relación con la lectura y cómo es que te decides por estudiar periodismo?
Mi papá siempre ha sido un gran lector, aún hoy a sus 94 años. Creo que aprendí eso de él. Como mi hermana me lleva cinco años, en la secundaria la pusieron a leer novelas como María, de Jorge Isaacs, que aproveché para también leer. Luego vino El puente hacia el infinito, de Richard Bach, un libro que me encantó tanto que me regaló el sueño de querer escribir como los escritores. Después leí Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, al empezar la secundaria; me sentí identificada con el personaje de Scarlett O’hara, por su desenfado y porque dice siempre lo que piensa, sobre todo porque yo estaba en plena adolescencia, que es cuando uno se pone un poco rebelde. Mi padrino José Miguel tenía un librero grandísimo y yo siempre se los pedía prestados. Gracias a él leí textos como La Naranja Mecánica.
Pero, ¿por qué la carrera de comunicación y no literatura?
Cuando me hicieron el examen vocacional salió que podía estudiar derecho, publicidad o algo relacionado a las artes. A mí, por ejemplo, me gustaba la moda, porque mi mamá cosía y me hacía la ropa que yo misma diseñaba. Pero cuando llegué a la universidad me preguntaron qué quería estudiar y dije que debería ser algo en que la gente me pudiera leer, “eso lo puedes hacer en un periódico” me respondieron y así surgió la elección del periodismo.
¿Qué recuerdas de la UASD?
Tuve un profesor que se llama Tony Pérez, que me decía que mi nombre completo era demasiado largo para colocarlo como firma en el periódico, por eso cuando llegué a Diario Libre confirmé que, en efecto, había que acortarlo a Mitri. Otro profesor, Rolando Forestieri, impartía Historia de las ideas políticas de una manera que todos quedábamos como hipnotizados, después de esa materia empecé el blog Santo Domingo Despierta, cuyo nombre lo tomé de la canción Despierta de Janio Lora. Gracias a ese blog conseguí mi primer trabajo en los medios de comunicación.
¿Qué escritores fueron los que más influyeron en ti?
Edgar Alan Poe, y Horacio Quiroga, quienes tienen más o menos la misma línea. Me gustan sus universos y los giros dramáticos que saben darles a sus relatos. También Oscar Wilde, a quien me hubiera gustado entrevistar.
¿Cómo empiezan tus primeras inquietudes literarias?
Cuando tenía nueve años escribía pensamientos, cosas que se me ocurrían, incluso mi papá todavía guarda un trozo de papel de esos textos porque él dice que para esa edad yo tenía una forma de pensar muy avanzada… en los cuadernos que me sobraban de la escuela escribía historias que aún hoy recuerdo.
¿Cómo fue la génesis de tu libro de cuentos?
Inicialmente se iba a llamar La bola de nieve, que es uno de los relatos que figuran en él, pero cuando investigué descubrí que había varios libros con ese título, uno de ellos de Alejandro Dumas, de hecho lo estructuré para que los textos vayan del más corto al más largo, como una bola de nieve. Luego tomé un taller de creación de personajes con el escritor español Miqui Otero, y uno de los ejercicios era narrar algo ocurrido en la infancia, entonces me acordé de Beauty, que era el perro de mi abuela, una especie de pastor alemán. Como el perro me mordió, el libro terminó llamándose Mi abuela le puso un mal nombre a su perro.
¿Crees que para escribir bien hay que leer mucho?
Por supuesto. Ahora que soy docente en Intec, donde imparto redacción, siempre les digo a mis estudiantes que es imprescindible la lectura. Si bien el relato como tal tiene su origen en la oralidad, y puede haber gente que tenga un talento natural para escribir, para aprender a estructurar ideas es necesario leer mucho.
