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Un corte transversal en nuestra historia con el retrato hablado de sus protagonistas: héroes palpables del progreso colectivo

Cuando el ingeniero Pascal Santoni Vivoni regresó al país en 1949 –-tras graduarse con honores en la Maestría de Diseño y Construcción de Carreteras y Aeropuertos de la Universidad de Cornell, en Ithaca, New York-–, no existían en el territorio dominicano vías de doble calzada, como tampoco carreteras con la disposición geométrica para circular a 100 kilómetros por hora. Únicamente senderos tortuosos, estrechos y pobremente pavimentados atravesaban el espacio nacional en aquellas horas. Nuestras rutas terrestres no eran sino réplicas del ya envejecido arquetipo de camino que el ejército norteamericano de ocupación plasmara en la primera carretera Duarte, inaugurada en 1922.

La presencia de Pascal revolucionó el panorama de la ingeniería vial dominicana. A su paso por la Dirección de Estudios de Carreteras de la Secretaría de Obras Públicas cambiaron las normativas de diseño, tanto como las especificaciones técnicas para materiales y los procedimientos constructivos. Por primera vez se hablaba de radios mínimos de curvatura horizontal y se introducían espirales de transición entre las rectas y las curvas circulares. Por primera vez se mencionaban las distancias mínimas de visibilidad para frenado o adelantamiento. Por primera vez, en síntesis, se aplicaban en el país los criterios geométricos, funcionales y estructurales con que eran construidas las carreteras modernas. Fue como pasar, en un santiamén, de los “caminos de herradura” del siglo XIX a las autopistas de alta velocidad del siglo XX.

Los estudios y la construcción de la autopista de Santo Domingo a Boca Chica se realizaron en el decenio de los 50. Pascal tuvo a su cargo el diseño general de la obra y la supervisión técnica de los trabajos. Los resultados fueron admirables. Un trayecto de 30 kilómetros, con geometría impecable y una magnífica superficie de rodadura, que podía recorrerse cómodamente en unos 15 o 20 minutos a través de calzadas independientes e integradas a un trazado panorámico, entre cocoteros y arrecifes, bordeando el Mar Caribe. Sin ninguna duda esta obra, ejecutada hace ya 65 años, constituyó el primer hito de modernidad de nuestro sistema vial.

En la fecha de apertura de la autopista (1957), la población del país ascendía a 2.6 millones de individuos y el tráfico diario sobre la flamante ruta no sumaba el millar de vehículos. La capital dominicana aloja hoy unos 3.5 millones de personas, con una cuarta parte de ese total avecindado en las orillas de aquel trayecto, bautizado desde hace tiempo como Autopista de Las Américas.

El tramo inicial (de Santo Domingo hasta la estación de peaje en el kilómetro 20, frente a la entrada del aeropuerto) fue ampliado a seis carriles hace algunos años, con el objeto de dar cabida a un volumen de tráfico que, en ese primer trecho, se acerca hoy a los 50 mil vehículos diarios. También fue construida, en aquella ocasión, una vía marginal al norte de la autopista, destinada a limitar el acceso y a separar los movimientos de alta velocidad en el nuevo trayecto, de aquellos más pausados, y de carácter netamente urbano, propios del Santo Domingo oriental.

Sin embargo, en el sector que recorre del Aeropuerto a Boca Chica, y no obstante el drástico aumento de la población circundante, la autopista funcionó hasta hace poco tiempo sin modificación alguna en sus características geométricas originales. Esto así, pese a que en los costados de este trayecto –en La Caleta, Andrés y Boca Chica—residen unas 150,000 almas; algo equivalente a las poblaciones sumadas de Azua y Baní. La carencia de facilidades mínimas para atravesar de un lado a otro la autopista (con un flujo de tráfico que se eleva hasta 3,000 vehículos/hora) ocasionó un número alarmante de accidentes. Cada año se repetían cifras similares: 50 o 60 personas fallecidas, junto a un centenar de colisiones con heridos graves y daños a la propiedad.

El Estado dominicano, ante tal panorama, activó un plan destinado a la ampliación y adecuación operativa/estructural de este trayecto problemático. A la par de estas acciones, se realizan trabajos complementarios para rehabilitar y mejorar los elementos constitutivos de la infraestructura: pavimento, sistema de drenaje pluvial, señalización horizontal y vertical, iluminación y dispositivos laterales de canalización y defensa del tráfico automotor.

Los beneficios económicos y sociales derivados de este proyecto son diversos y cuantiosos. En primer término, disminuirán los accidentes, cuyo costo anual alcanzó hasta 20 millones de dólares en pérdida de vidas, secuelas de invalidez y daños a la propiedad. Las obras en ejecución reducirán los costos operativos de vehículos y facilitarán notablemente el trayecto al prescindir de semáforos y evitar interrupciones de todo tipo.

En la construcción del Corredor Turístico del Este (de Santo Domingo a Boca Chica, Guayacanes/Juan Dolio, La Romana, Punta Cana, Cap Cana, Bávaro, Macao, Miches y Sabana de la Mar) el Estado dominicano ha invertido cuantiosos recursos. Los frutos de esta acción se materializan hoy en obras de gran categoría técnica, con valores funcionales y estéticos que producen asombro a nativos y a extranjeros. La intervención de Pascal Santoni, de igual manera, ha sido decisiva en el proyecto, la supervisión y la fiscalización de estas grandes obras.

Ahora se concluyen los trabajos para convertir la otrora hermosa carretera de Boca Chica (aquel milagro de los años 50 forjado por Pascal) en una confortable autopista urbana con protección plena para la vida de sus vecinos, y previsiones de comodidad y economía para los miles de vehículos que cotidianamente la hacen suya.

Palabras para despedir a un gran amigo

La muerte de Pascal Santoni (1922-2022), pocos meses antes de cumplir los cien años, nos despoja de un extraordinario ingeniero, creador de los cimientos de la ingeniería vial dominicana.

Juntos trabajamos por más de 50 años. En nuestra oficina permanecen los libros, los mapas y planos y algunos de los instrumentos de labor (el planímetro, el estereoscopio, el Leroy y los viejos manuales de diseño de los años 50) de este maestro que siempre supo reír frente a las adversidades de la existencia.

Ingresar en su universo íntimo, sin ninguna duda, fue para mí un extraordinario privilegio. Él amaba la música norteamericana: el blues, el jazz. En su estudio escuché los viejos discos de Louis Armstrong, de Cole Porter, de Jerome Kern, de Thelonius Monk. La cercanía de Pascal, de su sabiduría y del indomable sentido del humor que fue siempre su signo vital, me hizo sentir junto a un individuo sin edad, ajeno al devenir del tiempo.

Su desaparición me llena de tristeza. La ingeniería dominicana ha perdido uno de sus protagonistas. Sin percibirlo acaso, nuestra sociedad está de luto. Nos faltan individuos con la competencia, la traza moral y la dignidad familiar de Pascal Santoni Vivoni.

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