De cómo un hombre de buena fe perdió un pequeño tesoro a manos de otro que lo estafó
No había mañana en que los primeros rayos de oro no se le clavaran en su rostro luego de pasar, a la velocidad de la luz, por las rendijas entre las tablas de palma, que se abrieron cuando la madera la secó el tiempo.
A Tiburcio le servía como anillo, de muchos kilates, para estirar el día, desde el comienzo, hasta que esos mismos rayos se transformaran en el fuego de cada tarde que encendía las nubes.
Ese día el dorado de las rejas picaba mas que nunca, ¿qué presagio le contaban los rayos? El gallo también se retrasó. La luz del alba se ocultaba en una espesa nube de agua, que el viento empujó hacia el sur para que la claridad se abriera camino y le indicara a Pelón el momento del canto matutino fijo.
Cuando Tiburcio fue al corral, solo encontró un solo buey de su yunta de arar: Mariposa. Candelo dejó un pedazo de soga y desapareció.
Antes de ir a donde Ledesma, a pedir refuerzo, miró en el conuco de don Gregorio. A lo lejos se divisaba una sombra que en la medida que él se acercaba iba cogiendo la forma de su Canelo.
- ¡Jo, jooo! – le dijo con voz de café. El buey resopló como admitiendo su escape.
- Hoy vamoj a araile a don Felipe, amigo mío. Ya tamo taide, poi tu tai de cabesú.
El buey no dijo nada y se dejó llevar por el cabo de soga que le quedó en el pescuezo.
En la casa se terminó de tomar un fondo de café azucarado. Una chatita vacía, de ron del malo, le servía de termo “pa’ aguantaise” hasta que Melania le llevara, cerca de las nueve, un desayuno de huevo y salchichón con yuca.
Las tierras de don Felipe estaban a media hora de su rancho. El chirrido de la ruedita del arador sonaba como música urbana y molestaba a los pocos vecinos, anunciándoles que ya había amanecido. Él, apoyado con una mano, se dejaba llevar por los bueyes que ya sabían el camino… los conocían todos.

La mano izquierda empuñaba el mango del fuete y los dedos sostenían un cigarro que él mismo enrrollaba con hojas de cualquier rancho en donde él araba.
La tierra estaba dura desde que la lluvia se espantó sin pisar tierra por toda esa región. El rocío ablandaba un poco el conuco y una vez se clavaba la cuchilla a una cuarta de profundidad, no salía hasta la última vuelta. Las garzas lo seguían de cerca como si fueran su sombra. Solo se detenían a picar los gusanos que al sentirse desnudos y sin techo, se retorcían como preguntando “Raymundo, ¿cómo tá ei mundo?”. La ventaja con las garzas, diferente a las gaviotas, que también les encanta la tierra volteada, es que no dicen nada. Ellas son parte de aquel silencio, que deja que el pensamiento haga sus cálculos y sueñe despierto, en paz… eran las sombras blancas del arado.
Los bueyes masticaban sus bocaos de yerba que pudieron morder antes que empezaran a dar vueltas, como carrusel, en aquel conuco, como prisioneros en ronda.
Había solo un rincón incómodo de arar y había que levantar varias veces la cuchilla, y, justamente allí había existido una cabaña del padre de Felipe que fue derrumbada y que sirvió para guardar palas, picos, machetes…
Fue en la segunda vuelta que Tiburcio oyó un ¡Tukún!, un sonido seco y con un poco de eco, cuando la cuchilla chocó contra una gruesa tinaja. Apenas se llevó un pedazo de aquella arcilla cocida. Una vez se acercó, descubrió un verdadero tesoro: monedas antiguas de oro.

- ¡Una botija! – gritó en su interior aquel humilde campesino.
Metió las monedas en un higüero, le puso unas hojas secas de plátano y rellenó el recipiente con varios huevos de un nido que había entre unas mallas espinosas.
La jornada fue interminable por saberse rico, de un momento a otro, pero que él no se atrevía a asumir.
La ingenuidad muchas veces se pone el traje de pendejo y le lleva a uno a olvidarse de la codicia, socia de la maldad.
Cuando las nubes ya no podían mantener aquel rojo galáctico, Tiburcio se dirigió, con su yunta, a su casa con el higüero en bandolera.
Al pasar por la casa de don Felipe. - ¿Todo sin novedad en el frente ?- preguntó el patrón.
- Todo cero muerto y sin nokao – un saludo que ellos usaban desde que oían las partes de noticias de la Segunda Guerra Mundial.
Tiburcio, en su mentalidad de niño bueno, le pidió a don Felipe que le guardara el higüero con huevos, pero una vez se fue, este lo “cucutió” y se topó con las monedas.
A la semana, Tiburcio le pidió su higüero y notó que habían desaparecido las monedas. - Compadre, ¿pero aquí falta unas pesetas?
- Compadre, uté me dio a guardar un higüero con huevo y yo le devuelvo su higüero con huevos.
Esa fortuna le sirvió a don Felipe, de capital inicial para fundar su imperio de café y tabaco en época en que el tren pasaba dejando una estela de humo que mataba a los mosquitos y plagas.
(basado en un hecho real que ocurrió en Tamboril y que Tony Gómez me contó). l
