La venganza de los Bernardino (3 de 3)

El asesinato de Murphy permitió a los servicios de seguridad del imperio establecer al poco tiempo una conexión con el rapto de Galíndez y empezar a atar cabos. Muy pronto —siguiendo el rastro de sangre— comenzarían los investigadores a relacionar con el mismo caso las demás muertes y procederían a armar el rompecabezas y a señalar al culpable con nombres y apellidos y se complicó mucho más la situación. La bestia quedó envuelta en su propia telaraña.

Además, ahora era culpable de la muerte de dos ciudadanos estadounidenses. Ahora la indignación de la prensa iba en aumento, numerosas voces exigían justicia y pedían una sanción ejemplar. El escándalo y las acusaciones le saldrían muy caras a la bestia en términos contantes y sonantes. No se sabe cuánto tuvo que pagar en sobornos o coimas para tratar de acallar a la prensa, aparte de lo que pagaba a ciertos funcionarios, diputados, senadores y periodistas, pero el dinero corrió olímpicamente.

Aún así, varios congresistas, junto a la novia y al padre y familiares de la víctima y hasta el mismo gobierno, el gobierno de Eisenhower, tomaron cartas en el asunto y no dejaban de presionar y la bestia no toleraba presiones.

Había, pues, que fabricar una solución, encontrar con carácter de urgencia un culpable y no fue difícil encontrarlo. Dicen que Felix Bernardino pidió a Octavio de la masa, alias Tavito, y la bestia no pudo negárselo.

Sin embargo, Crassweller afirma que fue William Pheiffer, el embajador usamericano en el país, quien por primera vez involucró a Tavito en el espinoso asunto. Si lo hizo de buena o mala fe (quizás por iniciativa propia o en combinación con la bestia), no es algo que pueda establecerse. Muchos creen que el embajador cayó en una trampa, aunque no se puede descartar que él mismo haya tendido la trampa, que se haya plegado a la bestia por razones de simpatía pecuniaria o tal vez por órdenes superiores.

El hecho es que que el embajador sugirió, se limitó a sugerir de alguna manera que tenía conocimiento de que entre Murphy y Tavito había rencillas y rencores y una supuesta enemistad que convertía a Tavito en sospechoso y justificaba una investigación. Pidió una investigación.

A la bestia y a Bernardino les encantó la idea, por supuesto, una idea que facilitaba muchísimo las cosas, y acogieron la petición de inmediato. Había que complacer al señor embajador. No faltaba más.

Tavito y Murphy trabajaban como pilotos en la CDA, tenían por lo tanto una relación armoniosa o conflictiva, pero tenían una relación y Tavito tenía un antecedente funesto. Había una vez dado muerte a un compañero de trabajo que lo había acosado y baleado sexualmente y la historia en parte se repetiría. Le endosarían un expediente similar y lo acusarían de la muerte de Murphy.

Tavito fue arrestado el 17 de diciembre, el mismo día que el embajador presentó su petición, y no saldría vivo de la cárcel. Se le exigiría, en principio, que se declarase culpable, que confesara algo así como que Murphy lo había molestado y en forma probablemente agresiva y que él se había limitado a defenderse, que le había dado muerte, que lo había arrojado al mar, que los tiburones habrían dispuesto de sus restos. Es probable que si Tavito hubiese cedido a las presiones, si se hubiera reconocido culpable del crimen que no había cometido, hubiera sido condenado formalmente, lo habrían encarcelado durante algunos años en condiciones privilegiadas hasta que el caso se enfriara y entonces recobraría su libertad.

A Tavito, sin embargo, no le hizo gracia la propuesta y la rechazó vigorosamente. Empezaron entonces a presionarlo de la manera en que los esbirros de la bestia acostumbraban presionar a los prisioneros, pero Tavito no cedió. Se dice que Ramfis Trujillo, el hijo mayor de la bestia, había intervenido en su defensa cuando se produjo la muerte de Luis Bernardino en Londres, unos tres años antes, y volvió a intervenir en esta ocasión. Tavito pertenecía a la fuerza aérea, de la cual Ramfis era comandante y además era su amigo, su jefe y su amigo, pero su intervención no sirvió de nada. El día 7 de enero de 1957, Octavio de la Maza, alias, Tavito, a los 38 años de edad, amaneció sin vida en su celda del cuartel central de la Policía Nacional. Se había ahorcado, según la versión oficial, con un mosquitero, extrañamente un mosquitero, y había dejado una nota de suicidio donde lo confesaba todo.

El montaje no podía haber sido más burdo, burdo y descarado, desfachatado, y prácticamente nadie se lo creyó. Incluso el mismo FBI consideró que era falso, pero por lo menos se había cumplido con las formalidades de rigor. La versión oficial era esa, la que defendería el gobierno de la bestia cínicamente.

El asesinato de Murphy había puesto, pues, incidentalmente, en manos de los Bernardino la suerte de Tavito. Es posible que la bestia se sintiera compelido a saldar con ellos una deuda de gratitud o se sintiera irritado por la tozudez del inculpado, pero el hecho es que terminó permitiendo a los diabólicos hermanos consumar su venganza. Dicen que un sicario llamado Cesar Oliva García mató a Tavito de uno o varios tubazos en la nuca. Otros aseguran -y eso es lo más probable—que fue Félix Bernardino quien se dio ese gusto.

Paradójicamente, el crédito por el rapto no le corresponde solamente a Felix Bernardino (y quizás, sobre todo, al célebre Navajita) y al servicio secreto de la bestia. Hay quien opina —como Carlos Piera Ansuátegui— que Jesús de Galíndez no fue simplemente raptado, sino entregado en manos de bestia, “sacrificado en el altar mayor de la guerra fría cuando el peligro comunista sustituyó como fantasma al derrotado nazismo y el Gobierno norteamericano pactó con el régimen de Franco en un elocuente ejercicio de la máxima: ‘”El enemigo de mi enemigo es mi amigo’”. (1)

Una opinión parecida e igualmente desoladora sostiene José Luis Barbería:

“A estas alturas parece ya evidente que si Jesús Galíndez fue entregado a los esbirros trujillistas el 12 de marzo de 1956 en el centro de Manhatan no fue sólo para satisfacer la conocida vesania criminal de su jefe, sino también para eliminar a un testigo incómodo, un obstáculo en el espectacular giro estratégico que llevó a Estados Unidos a quebrar su actitud frente al régimen de Franco. En el documental Galíndez, el abogado norteamericano Stuart A. McKeever, viejo investigador del caso, apuntala la teoría de que su desaparición fue una operación urdida por gentes vinculadas a los servicios secretos norteamericanos. Los policías que investigaron el caso y los fiscales que intervinieron en la vista contra los agentes norteamericanos implicados comparten ese juicio”. (2)

(Historia criminal del trujillato [87])

NOTAS:
(1) Carlos Piera Ansuátegui, “La trágica historia de Jesús Galíndez”. (https://www inclusión Govea/cartaespana/es/noticias/Noticia_0349.htm)

(2) Jose Luis barbería “Las últimas verdades sobre el agente Galíndez”| Domingo | EL PAÍS (https://elpais.com/diario/2002/09/22/domingo

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The se hay and times of a caribbean dictator”.

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