Las Dansk Vestindien o Indias Occidentales Danesas eran un pequeño trío insular situado en el Caribe oriental que formaba parte de las Antillas Menores. Estuvo habitado originalmente por pueblos arawacos y, cuando arribaron los navegantes españoles, asombrados con la belleza de los cayos que las rodeaban, las bautizaron como Santa Úrsula y las 11 mil vírgenes, en referencia a la leyenda de la doncella romano-britona martirizada por Atila junto a ese número de doncellas.
El imperio español, al igual que las Antillas holandesas, las dejó sin ocupar pues, al carecer de riquezas minerales o agrarias, las consideraron “islas inútiles”, y solo fueron utilizadas a comienzos del siglo XVI para conseguir esclavizados para la minería, tras el desplome demográfico de las grandes islas, dando paso al comienzo de la trata humana y al inicio del proceso de occidentalización de la región del Caribe. Desde la tercera década del siglo XVII, colonos ingleses, holandeses y franceses se sucedieron para ocuparlas e instalarse en la mayor de las islas: Santa Cruz. Esta diversidad y competencia llevó a conflictos entre ellos. Los holandeses se mudaron a las vecinas Saint Martin y Saint Eustatius, y los franceses hacia Guadalupe, aunque volvieron para expulsar a los británicos. Ante la imposibilidad de hacerlas productivas, las abandonaron en 1696 para marcharse a la isla de Santo Domingo, mucho más atractiva por su tamaño y riquezas naturales.
Esta situación fue aprovechada por el monarca danés Christian V quien, usando una cláusula del Tratado de Copenhague firmado con Gran Bretaña en 1670, que abría la posibilidad de establecer una colonia en una isla deshabitada del Caribe, se asentó en Santo Tomás (Saint Thomas) y, en 1718, en San Juan (Saint Jean). Quince años más tarde, por iniciativa de la Compañía Danesa de las Indias Occidentales, compraron Saint Croix a Francia y, de ese modo, las Jomfruøerne (Islas Vírgenes) pasaron a ser las De dansk-vestindiske øer o Indias Occidentales Danesas.
La compañía se dedicó fundamentalmente a cultivar azúcar y producir ron, aunque también existió una producción pequeña de añil, algodón y tabaco, usada como moneda de intercambio al escasear habitualmente el numerario. A mitad de siglo, la corona danesa debió asumir, por el quiebre de la compañía, el mantenimiento de las islas. Durante las guerras napoleónicas, los daneses, aliados de Francia, sufrieron un ataque inglés que les despojó del archipiélago, aunque en 1815 les fue devuelto tras el Tratado de París, a cambio de unas islas en el mar del Norte. Los daneses continuaron con su pequeña actividad agraria y comercial desarrollada con mano de obra esclavizada, pero este modelo económico inició su fin hacia 1848, cuando se aprobó el fin de la esclavitud de forma progresiva. Ello conllevó un deterioro progresivo de su economía agraria, aunque se convirtió en un estratégico puerto franco facilitador del comercio en la región, dinamizando la economía atlántica y los lazos con Europa del Norte y otros lugares del continente americano, como demuestra la prolija investigación de la historiadora dominicana María Amelia Finke Brugal, que estudia las relaciones de Puerto Plata con la isla de Saint Thomas.
En ese entonces, los Estados Unidos empezaron a interesarse por adquirir las islas, pues se trataba de un puerto potencialmente interesante para fortalecer su presencia en el mar Caribe y, sobre todo, para competir con Prusia, que se había posicionado como líder comercial en la región desde mediados del siglo XIX. De esta manera inició una contienda entre ambas potencias que duraría hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos ayudó a la Unión Soviética a derrotar a Alemania y poner fin al III Reich.
Las negociaciones comenzaron en 1866 y fueron lideradas por el secretario de Estado William H. Seward, quien temía que Prusia o Austria se anexionaran el archipiélago porque habían derrotado a Dinamarca en la recién terminada Guerra de los Ducados. Un año después, tras un referéndum convocado entre la población local, se vendieron a los estadounidenses Saint Thomas y Saint Jean por siete millones y medio de dólares, aunque al final se paralizó la operación. La cuestión revivió en 1898 al correr el rumor de que Alemania también estaba interesada.
Entre 1911 y 1912 se reanudaron las conversaciones sin llegar a acuerdo alguno, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 cambió el rumbo de la negociación y la estimuló nuevamente. Estados Unidos temía la invasión de Dinamarca y con ello la pérdida de su neutralidad, lo que permitiría la expansión de los alemanes y sus submarinos por el mar Caribe. De otro lado, se acababa de inaugurar el Canal de Panamá en 1914 y a los norteamericanos les venía bien el control del archipiélago.
Definitivamente, en 1916 el ministro danés Constantin Brun y el secretario de Estado de los Estados Unidos Robert Lansing firmaron un acuerdo por veinticinco millones de dólares, en el que fue el tercer tratado de venta. El acto fue apoyado por una población isleña cansada de la lejanía y de la inseguridad que ello producía en la economía. Desde ese momento, las tres islas pasaron a manos de Estados Unidos. El archipiélago recuperó su antiguo nombre de Islas Vírgenes, pero ahora de los Estados Unidos.
La adquisición de las islas constituyó un negocio modesto desde el punto de vista económico porque son poco productivas, más allá del turismo, fundamentalmente crucerista, y de su mencionado valor estratégico, hoy sin demasiado sentido. Pero también han sido señaladas por su utilidad para la evasión de impuestos, pues los capitales guardados en las islas gozan de ventajas fiscales dentro del sistema estadounidense, lo que las convirtió en un importante centro financiero para corporaciones y grandes fortunas. El Caribe, desde siempre, una frontera al servicio de los imperios
Universidad Pablo de Olavide
