Los 16 innings de marichal que estremecieron al mundo (III)

Estamos en el comienzo de la tercera entrada de un juego histórico

(T1)
Estamos en el inicio del tercer inning. Marichal se encara contra su rival Warren Spahn, quien no representa un gran problema con el bate. Cree él. Spahn, que se sepa no le da ni a un coco con una tabla y, efectivamente, con el primer lanzamiento consigue un rolincito al pícher para morir por la vía 1-3, pícher-primera. La verdadera rivalidad de estos dos peloteros es en la condición de píchers, aunque muchos fanáticos todavía vean en ellos dos razas que se enfrentan y que hasta hace muy poco vivieron los primeros jugadores negros y latinos. No valió la lucha enorme de Jackie Robinson cuando lucía el número 42 de los Dodgers de Brooklyn, donde demostró su habilidad y humanidad en el deporte favorito de los Estados Unidos. No valió la lucha de Rosa Parks, quien se negó a cederle su asiento a un pasajero, irrespetuoso y troglodita, en una guagua pública. Todavía los peloteros negros debían alojarse en casas particulares de personas negras que servían de pensiones para acoger a negros y latinos que no podían comer en los restaurantes y hoteles. Esto es, un siglo después de que se aboliera la esclavitud y de que las tropas del General Grant vencieran al Sur comandadas por Robert Lee. Willie Mays, McCovey, Marichal, Peruchín Cepeda, Felipe Alou, Mateíto, vivieron y sufrieron esa discriminación racial en el país “más democrático del planeta”. Era un odio social innecesario que se trasladaba al deporte y que, en gran medida, los latinos contribuyeron a romper por no entrar en ese estúpido juego. Cuatro años más tarde y por la persistencia del racismo se hizo la película ¿Sabes quién viene a cenar? con Sidney Poitier. No es hasta 1990 cuando se termina el apartheid en Sudáfrica para llevar a Mandela a la presidencia, después de estar en prisión desde 1964. Pero no vaya nadie a pensar que es Mandela quien termina solo el apartheid, también es el presidente cubano Fidel Castro quien había enviado tropas a África para liberar Angola, Namibia y Sudáfrica. Alex Pompez, de las Negro Leagues, pasó a San Francisco como scout; a él le pidieron que les diera el sermón de cómo tenían que comportarse sin molestar a la fanaticada blanca. Hacía justamente 100 años desde que Lincoln, en Gettysburg, hiciera su discurso magistral contra la esclavitud. No era un duelo de dos excelentes lanzadores lo que se veía. El espíritu que vivió el país en 1910, luego de la derrota de James Jeffries en el ring, volvía cada vez que había un negro y un blanco en rivalidad, fuese en boxeo o en pelota.

(T2)
El abridor Lee Maye se presentó por segunda vez al home plate. Desde lo lejos se le veía su entusiasmo en la sonrisa que se percibía desde los blichers más lejanos del Candlestick Park.
El primer lanzamiento lo dejó pasar, cosa que Marichal sabía de antemano, por lo que le regaló una recta por el mismo centro de la zona de strikes. La única incomodidad para Marichal era que Maye era zurdo. A Maye, por supuesto, le incomodaba que Marichal fuese derecho y además que se escondiera detrás de su pierna izquierda desde donde soltaba sus riflazos. En Santo Domingo serían ya las once de la noche y la gente ya se acostumbraba a Juan Bosch, aunque el padre Láutico García no le sacaba el guante, lo mismo que el periodista Bonillita, en una campaña sucia que le montaron para luego derrocarlo. Los ánimos nacionalistas hacían que la población se identificara con los Gigantes, donde había jugado Osvaldo Virgil, el primer dominicano en Las Grandes Ligas. Más aun con Marichal, Felipe, Mateo, Jesús. Maye falló para el segundo out. (T3) El segunda base, Bolling, tenía cara de entusiasmo al enfrentarse ahora por segunda vez. Un entusiasmo que no le duró mucho ya que al segundo lanzamiento murió con un flaicito a tercera. Caminando para buscar su guante trataba de disimular su rabia y pensó en su abuelo que había venido a la República Dominicana en 1916 como simple soldado y que jugaba en la misma base que él y conectaba unos jonrones larguísimos que iban a parar al mar cerca de donde estaba encallado el USS Memphis. Su abuelo se desempeñaba en cazar “gavilleros” por Higüey, Hato Mayor, y cuando regresaban a la base, que estaba donde queda hoy el parque Cervantes, en el malecón de Santo Domingo, organizaban partidos e integraban a algunos dominicanos, un vínculo y epidemia que quedó después de que se fueron en 1924 y que quedó grabado en una narración de Pedro Peix: Los Muchachos del Memphis. El béisbol es la mayor muestra de dependencia y neocolonialismo de la República Dominicana. Para los brasileños, argentinos y chilenos no hay juego más aburrido. Nueve jugadores en el terreno, diez con el bateador y sólo entre el pícher y el quécher hay acción continua, dicen. Lo que al principio era una diversión dominguera se constituyó en una obsesión para muchos de los que practicaban ese entretenimiento. El objetivo del juego pasó a ser de diversión a profesión y, más luego, a estrellato.

(T1)
El calentamiento de Spahn se interrumpió luego de sus lanzamientos. Alvin Dark se posicionó al lado de la tercera. No había mosquitos, pero todas las señas que él hacía es como si estuviese espantándolos. Chuck Hiller, ya posicionado en home lo miraba de reojo. La tercera seña era la buena: esperar el primer strike y, efectivamente, Spahn lo sabía y sin apuro le envió una recta por el medio que Ken Burkhart no vaciló en cantar como buena. Los 15,921 fanáticos soltaron un ruido sordo aprobando el strike. Los dos siguientes lanzamientos fueron dos bolas afuera y el mismo ruido se oyó, pero detrás del dugout de los Gigantes. Warren Spahn lucía muy serio y se tomaba su tiempo. El quécher pidió un time out y corrió a ver a Spahn. Cuando este levantó el pie derecho hasta las nubes soltó un riflazo que Hiller chocó con todas sus fuerzas para sacar un rolin que botaba candela; pero directo al guante de Bolling quien fácilmente lo remató tirando a primera y dejó a Hiller a medio camino. (T2) El duelo ahora se centró entre Spahn y Marichal. Para cualquiera, picharle al pícher era el “out de mama”, pero no para Marichal, que podía sorprender al mejor pícher y soltarle un estacazo. Así lo pensó Spahn y lo enfrentó con el mismo cuidado que a un bate importante. Marichal dejó pasar los primeros dos lanzamientos, que fueron malos. El tercero se lo cantaron en la esquina de adentro.

Ahora Marichal se cuadraba con más peso, como esperando la buena para desaforrarla y así lo hizo y sacó un flai altísimo que fue a parar a los bleachers de tercera. Con cuenta de 2 y 2 volvió a conectar una línea que se la llevó un fanático en el mismo bleacher que el anterior. Ese era un batazo que repetía desde que, todavía joven, jugaba en el siore en su Montecristi natal y que siguió conectando luego en las Fuerzas Armadas. ¿Fue aquella una salida deportiva o económica? La disciplina de la Guardia le dio una formación de deportista completo como lanzador y como bateador, aunque ese rigor le quitara un poco de placer por el deporte. Todavía con cuenta de 2 y 2 Marichal enganchó una curva de Spahn al center que Jones atrapó con la punta del guante luego de una carrera hacia atrás. Nunca más, en el partido, le volvieron a jugar tan corto en los files. (T3) Con dos outs, Kuenn se presentó al plato y Spahn, pensando que el bateador iba a esperar el primer strike, le lanzó una recta por el centro que rebotó con fuerza en el bate rumbo a la segunda. Allí lo esperaba Bolling que estaba justo en la misma dirección del roletazo que sin dificultad agarró para eliminarlo por la vía 4-3, cerrar el tercer inning y dejar la pizarra cero a cero.
(Escrito sin IA)

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