Marcio Veloz Maggiolo: ‘Creonte’ y la literatura dramática como arma

Marcio Veloz Maggiolo.

En pleno abril, ‘Mes del Libro y el Bibliotecario’ es tiempo propicio para hacer notar, justamente, la magnífica labor de custodia y conservación de la Biblioteca PUCMM, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra –en la persona de quien fuera por varias décadas su destacada Directora, Dulce María Núñez-. Investigadores y público lector, podemos encontrar en su catálogo y anaqueles, en perfecto registro, prácticamente la totalidad de los libros de Marcio Veloz Maggiolo.

Imposible substraernos al impulso de escribir en memoria de nuestro Marcio Veloz Maggiolo, fallecido recientemente. No sólo por su fabulosa narrativa, que selló todo un período especial de la literatura dominicana, sino además por su personalidad y presencia cultural. Me referiré a una serie de relatos del novelista e historiador que la colección editorial ‘Arquero’, dirigida entonces por Antonio Fernandez Spencer publicó en 1963. Se trata de un selectivo conjunto de cuentos breves, más el conocido texto de literatura dramática ‘Creonte’. De forma significativa la pieza da título a la publicación, que incluye los relatos ‘Lázaro’, ‘El Dídimo’, ‘Las bodas de Canán’ en obvia alusión al período de Semana Santa en aquella fecha en la que fueron escritos, es decir, abril de 1960.

Escrita al final de treinta años de dictadura, ‘Creonte’ planteó en la literatura dramática la realidad nacional vistiéndola de las antiguas formas griegas para proponer un nuevo orden político. La obra de Veloz Maggiolo recreaba a Sófocles centrándose en el personaje que le da nombre y al que se agregan otros de nueva invención. La trama comienza tras la derrota de los argivos en el asalto a las siete puertas de Tebas cuando Creonte se instala con el poder en la ciudad, tras haber sido muertos Etéocles y Polinices y enlaza con el tema clásico relatando los amores de Antígona y su prometido Hemón, hijo de Creonte. El motivo de la tragedia es la impiedad del tirano al negarse a enterrar a los muertos vencidos incurriendo en una grave ofensa religiosa. Al espinoso pecado de dejar los cadáveres insepultos se unía la irreverente aspiración a ser elevado a la estatura divina, como un nuevo Dios. Sobre un fondo de nepotismo se proyecta la insurrección, que logra la caída del déspota.

La pieza daba continuidad a una ola de manifestaciones literarias que alzaron voces con clave de símbolo proclamando libertad en todas las áreas de la vida civil. Entre las primeras de aquellas obras destaca ‘Espigas maduras’ de Franklin Domínguez escrita y representada con inusitado éxito en todo el país en 1958; en octubre 12 del mismo año subió a las tablas una recreación en tres actos del ‘Prometeo’ de Esquilo, de la autoría de Héctor Incháustegui Cabral: se exponía —de forma simbólica— el drama de la decadencia del poder autócrata.

Vale decir además que en 1958 tuvo lugar la edición de un conjunto de tres piezas por demás representivas del preciosismo simbolista: ‘Una gota de agua’ de Miguel Ángel Jiménez -interesante autor dominicano y el primero nativo en ser llevado a escena por el TEAN, Teatro Escuela de Arte Nacional- ; ‘Historia de caracoles’ de Margarita Vallejo de Paredes; y de Domínguez ‘La niña que quería ser princesa’.

En marzo de 1959 el Teatro Escuela estrenaba ‘Las manos vacías’ de Máximo Avilés Blonda que se repuso varias noches seguidas; otro himno a la libertad. El 14 de junio un grupo de dominicanos e internacionalistas provenientes de varios países desembarcaron, o intentaron desembarcar, por tres puntos de la geografía dominicana: Constanza, Maimón y Estero Hondo. La expedición, aunque fallida, marcó el principio del derrocamiento de la tiranía de tres décadas impuesta por Rafael Leónidas Trujillo Molina intensificando el clima de protestas a tal extremo que las conspiraciones para derrocar al tirano envolvían a personas de todos los círculos sociales.

Nuestras publicaciones periódicas conservadas dan cuenta de que en aquel mismo mes de junio debutó un nuevo grupo de teatro en cierta medida independiente, “La comedia del arte”, que presentó al público una Noche de Farsas, incluidas la francesa ‘Farsa de Micer Mimín’ y la ‘Farsa y Justicia del Corregidor’ de Alejandro Casona. Inequívoco protagonista de la literatura teatral dominicana desde entonces, Franklin Domínguez estrenó su ‘Farsa de los campesinos infieles’.

El ´Creonte´ de Veloz Maggiolo no se editó hasta 1960. La pieza fue representativa del modelo Modernismo Tardío tan propio de la literatura dramática dominicana que prevaleciera durante las cinco primeras décadas de la centuria pasada, como consecuencia de las condiciones socio políticas inherentes al régimen dictatorial. Se escribió enmarcada en aquella vertiente llamada ‘Modernismo’ que junto al ‘Simbolismo’ constituyeron las dos principales secuelas del Parnasianismo, movimiento importante de la cultura occidental que restauró los modelos grecolatinos de la Antiguedad clásica como reacción a los excesos de su antecesor, el llamado Realismo.

El Modernismo en nuestra literatura dramática habría de abarcar dos períodos, el primero en la década inicial del siglo XX con autores como Tulio Manuel Cestero —‘El torrente’, ‘La enemiga’, ‘La medusa’— y Américo Lugo —‘Víspera de boda’, ‘Elvira’. Una segunda etapa del movimiento, ya tardío, tuvo lugar en el transcurso de la tiranía trujillista, que concluyó en ‘El rey Clinejas’, de Manuel Rueda, publicado mucho más tarde, en los ochenta. En los años treinta se destacó en esta vertiente Armando Oscar Pacheco —‘La góndola azul’, ‘Amatista’— y durante los años cuarenta coincidió con la producción de los Sorprendidos, en general artistas cuyo oficio principal fue la poesía, entre los que destacaron Franklin Mieses Burgos —‘La ciudad inefable’— y Carmen Natalia —‘Luna gitana’ de 1943, o Delia Weber con la pieza (‘’lírico-dramática’’) ‘Lo eterno’ de 1944, la comedia ‘La dama del guante’, y su más conocido “Ensayo dramático”, ‘Los viajeros’.

El helenista francés Leconte de Lisle –1818,1894– fue fundador y el principal exponente del Parnasianismo. Como en la mayoría de las naciones de Hispanoamérica, en la nuestra prevalecieron como modelos D’Anuncio y Rubén Darío y rasgos esenciales fueron el rechazo a la realidad cotidiana, la huida en el tiempo, el refinamiento y prolijidad en el lenguaje y las imágenes plásticas así como la búsqueda de la perfección formal; una estética simbolista que, conforme al Modernismo, fue ajustada convenientemente en medio de las limitaciones a la expresión artística.

A diferencia de la pieza homóloga también inspirada en la antigüedad clásica –el ‘Prometeo’ de Incháustegui- la obra de Veloz Maggiolo proponía un punto de vista más conservador y conciliatorio. En un exhaustivo estudio, Gallardo Saborido hizo notar que el elemento teológico y divino que imprime la deidad de Apolo sugiere una mayor fuerza a la pieza como agente de cambio en el contexto histórico real -Emilio Gallardo Saborido, “Tiranicidios de papel: Teatro y oposición al trujillato” en ‘Latin American Theatre Review’, vol. 41, No.1, 2007, pp. 79-97-.

En efecto, la contienda contra Creonte debía estar basada en las fuerzas de la esperanza. Así puede apreciarse en las numerosas llamadas del Anciano profeta —personaje nuevo en la tragedia— a esperar por una madurez de la situación donde los acontecimientos no fuesen forzados, sino que fluyan naturalmente. En una posición definitivamente estoica que distinguirá buena parte de su narrativa, Veloz maggiolo se muestra pacificador y magnánimo. Así, cuando los mandos del tirano van a resquebrajarse, la espera es la única arma con que puede el hombre defenderse: “Vete Hemón, no es de guerra ni de males la lección del oráculo…’’. Os invito a disfrutarla; ojalá se edite de nuevo. ‘Creonte’, editorial Arquero, Santo Domingo, 1963.

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