Los océanos y mares siempre ocuparon un espacio en el límite de la imaginación humana, evocando al tiempo asombro, temor y una atracción irresistible hacia lo desconocido; todo esto incitado por sus insondables profundidades e inmensidad. A lo largo de la historia, como sugiere Dilip M. Menon, los seres humanos se enfrentaron a este desafío: por el comercio y los negocios; por el conocimiento; para conquistar continentes; fundar imperios y someter a otros pueblos. De manera irónica, tanto el colonialismo como los nacionalismos rivales elaboraron imaginarios del espacio y la identidad en gran medida terrestres. Hoy, el océano permanece en la perspectiva de la teorización académica y se considera, en gran medida, como el espacio de lo liminal, lo marginal y lo complementario.
En la actualidad, los nuevos estudios históricos sobre los océanos intentan contrarrestar esta limitada visión de la historia humana, lo que da relieve a la naturaleza simultánea y continua de las conexiones marinas y su profundo entrelazamiento con las historias territoriales; un ejemplo lo obtuvimos de la magistral obra del historiador francés Fernand Braudel, “El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II”, publicada a mediados del siglo pasado, donde elaboró una historia sustentada en lo que denominó la larga duración de la geografía y el medio ambiente, haciendo hincapié en los ritmos del océano y su influencia en los acontecimientos y coyunturas de la historia humana.
El libro que comentaré aquí se enmarca en esta perspectiva y lo escribe la arqueóloga e historiadora mexicana Vera Moya Sordo. Su título, “Reyes del corso: Historia de los corsarios españoles”. En este trabajo la autora se adentra en una historia de mar de larga duración. En concreto, en el proceder de los corsarios, hombres en los que convergieron intereses públicos y privados, pero siempre al acecho de atrapar presas entre abordajes y naufragios. Los corsarios surcaron los mares en nombre de reyes, señores y Estados para hacer fortunas. La investigación propone un recorrido revelador de una de las facetas más olvidadas de la historia naval del imperio español; en definitiva, un fenómeno complejo, profundamente político y cargado de matices.
Un corsario era un agente con un permiso oficial que se dedicaba a capturar embarcaciones enemigas. El pirata hacía lo mismo, pero sin permiso y por su cuenta; en realidad, el corsario es un pirata oficial. Más allá de hacer de aprendices o auxiliares de la marina, fueron una estrategia y una política de Estado a finales del siglo XVII y XVIII, y como prueba de ello, en el escenario del mar Caribe, la especialización económica del puerto de Santo Domingo: una ciudad de corsarios, los más afamados de la región, como afirmó en su tiempo el propio Antonio Sánchez Valverde.
El corso, rastrea la autora, tiene su origen en el mundo antiguo. El historiador Tucídides, en el 400 antes de Cristo, hablaba de mercenarios y bandidos del mar que trabajaban para señores y ciudades-Estado a cambio de un botín, como también se menciona en la Odisea. Desde entonces existió ese proceder, aunque la denominación “corsa” no surgirá hasta la Edad Media, en concreto en el siglo XIII, procedente de la palabra “curso” o “carrera”. El principio de la ganancia siempre existió en la mente de estos hombres.
Ahora bien, el corso fue un elemento central para mantener las armadas tanto en España como en América desde el siglo XVI y hasta el siglo XIX y hubo escuadras de carácter mixto, por ejemplo, protegiendo a las armadas que cargaban la plata, movilizando tropas, llevando situados…, es decir, una colaboración en operaciones convergentes. Sin duda, el corso se consolida con el Estado Moderno, y en concreto tras la guerra de Flandes, donde fueron utilizados por la Monarquía con normas legales y recursos fiscales del erario real. La armada de Dunkerke estuvo conformada por corsarios.
Con la expansión hacia América cumplieron la labor central en la defensa del territorio y en la protección de las rutas del comercio; en general, escoltaban armadas y hacían de guardacostas. El principal rasgo que los caracterizaba era su gran movilidad y cosmopolitismo, navegando de cubierta en cubierta y adaptando muy bien la tecnología naval a las circunstancias de sus misiones. Otro rasgo que los caracterizaba era su carencia de ataduras: cuando estaban en desacuerdo, cambiaban de bandera con bastante facilidad; es decir, eran bastante libres para tomar decisiones. Ahora bien, el Estado negoció con el corso como comunidades ligadas al mar que colaboraban en sociedad y a quienes se les contrataban servicios.
Los corsarios eran individuos multifacéticos: pescadores, contrabandistas, financistas, guardacostas con sólidas redes de poder; en definitiva, empresarios marinos que movían grandes influencias. En muchas ocasiones, y en el Caribe se aprecia, fueron usados como un mecanismo para restaurar la economía. La era de las revoluciones atlánticas fue el inicio de su ocaso, pues se dio un periodo de caos con las patentes que, además, ahora eran otorgadas por estados rebeldes y fueron interpretadas muchas veces como carentes de validez. Desde entonces fue más fácil acusarlos de piratas y ajusticiarlos. La liberación del comercio, la aparición del derecho marítimo y la llegada del vapor significó su declive y disolución.
Se trata de un libro formidable, con gran rigor científico y, para deleite de muchos, con una prosa literaria que hace muy agradable y fácil su lectura. Consta de nueve capítulos que explican el desarrollo del corso desde los orígenes de la guerra naval en Occidente hasta el principio de la construcción de los estados nacionales a comienzos del siglo XIX. Un bello ejercicio de investigación que, si les gusta la historia, no deberían dejar de leer.
Centro estudios caribeños. PUCMM.
