Miedo a la página en blanco

Me preguntan con frecuencia cómo comienzo un libro. Casi siempre la respuesta es sencilla.

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Nunca he sentido miedo ante una página en blanco. En este siglo XXI, además, resulta difícil alegar falta de asuntos. Vivimos rodeados de información, acontecimientos, opiniones, imágenes y voces. El problema del escritor contemporáneo no parece ser la ausencia de temas, sino aprender a escoger entre demasiados.

A pesar de vivir en esta época, sigo escribiendo los primeros borradores con lápiz y papel. No he conseguido desprenderme de esa costumbre. También tomo notas en el celular, porque uno termina aceptando ciertas comodidades del tiempo que le ha tocado vivir. Pero todavía necesito una libreta cerca. Hay ideas que me parecen distintas cuando pasan por la mano antes de llegar al computador.

A veces recuerdo el sonido de las máquinas de escribir. A principios de los años noventa me costó abandonarlas. Ya tenía computadora y, sin embargo, continuaba escribiendo a máquina. Conservo una de aquellas y también algunas páginas de un libro de poesía escrito entonces, con letras que el tiempo ha ido borrando. En aquellos años podía sentirse físicamente el acto de escribir: cada palabra ocupaba un lugar definitivo hasta que llegaba la corrección.

Con la poesía mantengo un rito todavía más antiguo. Escribo sobre papel sin rayas y con tinta verde. La costumbre comenzó en los años ochenta, durante un viaje a Chile. Visité Isla Negra, la casa de Pablo Neruda, y descubrí su conocida preferencia por la tinta verde. Desde entonces adopté aquel color como un homenaje privado. Han pasado décadas y sigo escribiendo así los poemas. No sé si llamarlo disciplina, superstición o fidelidad. Quizás sea las tres cosas.

Los artículos obedecen a otro procedimiento. Pienso los temas, anoto una frase, una pregunta o un dato en el teléfono o en alguna libreta. Algunas veces debo investigar, comprobar una fecha, revisar una cifra. Cuando me siento frente al computador, escribo de principio a fin. Hace años leí sobre el método de redacción de The Kansas City Star y su guía de estilo. Aquella lectura me enseñó la utilidad de la claridad, la economía verbal y la frase directa. Con el tiempo adopte esas enseñanzas a mi manera de escribir. Un método sirve mientras no termine convirtiéndose en una cárcel.

La novela exige otra paciencia. Me gusta escribir una primera versión desde el comienzo hasta el final y después dejarla descansar. Necesito alejarme de ella durante semanas o meses para poder regresar con una mirada menos complaciente. Entonces empieza el trabajo verdadero. Corto, cambio, corrijo, traslado capítulos y escucho mejor a los personajes. Nunca he terminado una novela exactamente como la imaginé al comenzar. En algún momento los personajes adquieren una voluntad propia y la historia toma decisiones que yo no había previsto. Esa pérdida parcial del control constituye uno de los placeres de la narrativa.

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Ya no escribo con prisa. Tengo cuatro libros inéditos de poesía guardados. Regreso a ellos, leo lentamente, sustituyo una palabra, elimino un verso y vuelvo a guardarlos. He aprendido que publicar no debe confundirse con terminar. Un libro puede estar completo y todavía necesitar tiempo.

Cada primero de octubre, sin embargo, comienzo un proyecto nuevo. Coloco delante de mí otra página en blanco y acepto nuevamente el desafío. Para finales de este año espero poner a circular en Círculo de Poesía, en México, un libro sobre Borges. También continúo trabajando en un libro sobre mi infancia. Ese manuscrito lleva más de diez años conmigo. Lo escribo, lo deshago, vuelvo a escribirlo. Ningún otro libro me ha exigido tanto porque allí no trabajo solamente con recuerdos: trabajo con mi propia sentimentalidad, y esa materia se resiste a la corrección.

Me preguntan con frecuencia cómo comienzo un libro. Casi siempre la respuesta es sencilla: comienzo con algo que me ha ocurrido. Después interviene la imaginación. La experiencia proporciona el primer impulso; la literatura decide hasta dónde puede llegar.

Procuro que ningún día termine sin haber escrito al menos una página. Es una rutina, pero me permite conservar una relación cotidiana con el oficio y conmigo mismo. No siempre será una página buena. Tampoco importa demasiado. La escritura necesita continuidad antes que solemnidad.

En los últimos veinte años he vivido entre dos vocaciones que a veces discuten entre sí: el narrador y el poeta. Empecé escribiendo poesía y allí continúo sintiéndome pleno. En la novela y el cuento, en cambio, encuentro una libertad distinta y una mayor necesidad de aprender técnica. La narrativa me obliga a estudiar mecanismos, estructuras, perspectivas y tiempos; la poesía me devuelve a una concentración más íntima del lenguaje.

En los últimos años he conseguido apaciguar esa disputa. Leo sobre todo poesía y algunos premios Nobel, sin imponerme programas demasiado rigurosos. Escribo lo que reclama ser escrito y dejo que cada género encuentre su momento.

Por eso no temo a la página en blanco. A mi edad he comprendido que la página no exige valentía, sino perseverancia. El escritor debe sentarse, comenzar y aceptar que muchas veces tendrá que borrar lo escrito. Mi miedo sería otro: llegar al final de un día y descubrir que, teniendo todavía algo que decir, no escribí una sola línea.

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