Prof. Gina Esther Díaz Gómez, M.A.
Centro de Estudios Caribeños, PUCMM
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Del 21 al 24 de septiembre de 2026 tuve la oportunidad de presentar en la Universidad del Magdalena, en Santa Marta, Colombia y en el Centro Cultural del Banco de la República en Santa Marta el libro “Panorama actual del Caribe 2024-2026”, coordinado por el Dr. Antonino Vidal Ortega desde el Centro de Estudios Caribeños de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y financiado por la Embajada de Estados Unidos en Santo Domingo. La obra reúne los aportes de Jacqueline Laguardia Martínez, Jorge Rodríguez Beruff, Etna Bayona Velásquez y Joaquín Viloria de la Hoz, y analiza la región desde tres dimensiones: desarrollo y relaciones internacionales, seguridad y relaciones económicas y comerciales.
Durante la presentación surgió una pregunta que me pareció tan sencilla como profunda: si el Caribe ocupa una posición geográfica tan estratégica, ¿por qué continúa siendo tan dependiente de potencias externas y por qué persisten condiciones económicas y sociales tan precarias? No existe una respuesta única. Por eso, más que ofrecer una conclusión cerrada, prefiero abordar esta aparente contradicción desde varias perspectivas.
La primera es histórica. Muchos problemas actuales del Caribe tienen raíces en su pasado colonial. Durante siglos, las economías de la región fueron organizadas para responder a las necesidades de potencias externas. Primero mediante las plantaciones y la producción de materias primas destinadas a los mercados europeos y, más adelante, mediante modelos económicos caracterizados por la exportación de productos con poco valor agregado, la dependencia de mercados extranjeros y la importación de una amplia variedad de bienes. Laguardia Martínez (2026) señala que la región todavía arrastra un patrón de inserción internacional marcado por fuertes niveles de vulnerabilidad y dependencia.
Aunque nuestras sociedades han cambiado, parte de esa estructura permanece. En cierta medida, nuestro pasado histórico sigue siendo un lastre. Incluso hoy existen territorios caribeños que no son Estados independientes y mantienen vínculos políticos con antiguas potencias coloniales. El colonialismo, por tanto, no es solo un tema del pasado: su herencia todavía influye en la organización política y económica regional.
La segunda perspectiva tiene que ver con la falta de integración. El Caribe es una región profundamente heterogénea. Existen diferencias de tamaño, población, idioma, sistemas políticos, desarrollo e historia colonial. Esa diversidad constituye una gran riqueza cultural, pero también dificulta la construcción de una verdadera unidad regional.
Un ejemplo sencillo ayuda a comprenderlo. Desde la República Dominicana resulta relativamente fácil encontrar vuelos directos hacia Estados Unidos o hacia varias ciudades de América del Sur. Sin embargo, viajar a algunas islas caribeñas geográficamente mucho más cercanas puede convertirse en una pequeña odisea: escalas, largas conexiones y, en ocasiones, casi un día entero de viaje.
Puede parecer un problema de transporte, pero refleja algo más profundo: históricamente, el Caribe ha estado mejor conectado con los grandes centros externos de poder económico que consigo mismo. Si mover personas, mercancías, conocimientos y servicios dentro de la región resulta difícil o costoso, también se vuelve más complicado fortalecer el comercio intrarregional, desarrollar cadenas productivas compartidas, impulsar el turismo entre nuestros propios países o construir proyectos comunes.
Por eso, la dependencia del Caribe no puede explicarse únicamente por la influencia de las grandes potencias. También debemos mirar nuestras debilidades estructurales y preguntarnos hasta qué punto la falta de integración limita nuestra capacidad para aprovechar colectivamente una de nuestras mayores fortalezas. Aquí aparece una idea importante: estar situado en un lugar estratégico no significa necesariamente controlar las oportunidades que esa posición genera.
Bayona Velásquez y Viloria de la Hoz (2026) muestran que la Cuenca del Gran Caribe despierta el interés de potencias económicas por sus recursos, su posición marítima, sus posibilidades de inversión y su importancia para el comercio internacional. Estados Unidos continúa siendo un socio dominante y la presencia de China ha aumentado en comercio, infraestructura, telecomunicaciones y financiamiento. Esa diversificación puede ofrecer oportunidades, pero también plantea el riesgo de sustituir una dependencia por otra.
El reto, entonces, no consiste en dejar de relacionarnos con las grandes potencias. El Caribe necesita comercio, inversión, tecnología y cooperación internacional. Ninguna región puede desarrollarse completamente aislada. La cuestión central es desde qué posición negocia esas relaciones.
Si cada país actúa de manera aislada, su capacidad de negociación frente a grandes economías, empresas multinacionales o instituciones financieras internacionales será limitada. En cambio, una región más integrada puede defender mejor sus intereses, negociar condiciones más favorables y construir proyectos comunes en áreas como transporte, energía, seguridad alimentaria, turismo, educación, investigación, tecnología y respuesta ante desastres.
“Panorama actual del Caribe 2024-2026” insiste en la necesidad de revitalizar mecanismos regionales como Caricom, el SICA y la Asociación de Estados del Caribe, y de fortalecer la capacidad de la región para relacionarse con socios externos desde una posición menos asimétrica (Laguardia Martínez, 2026; Vidal Ortega, 2026). A mi juicio, ese es uno de los grandes desafíos del Caribe contemporáneo: dejar de ser únicamente un espacio estratégico para otros y convertirse en un actor estratégico para sí mismo.
Durante siglos, la región ha sido importante para potencias, para Estados Unidos, para Europa y, más recientemente, para China y otros actores emergentes. Sin embargo, esa importancia no siempre se ha traducido en desarrollo, integración o mayor autonomía para los propios países caribeños. La geografía nos ha dado una posición privilegiada, pero la geografía por sí sola no garantiza bienestar. Son las instituciones, las políticas públicas, la educación, la capacidad productiva y la cooperación regional las que pueden transformar esa ventaja geográfica en desarrollo.
Por eso, el desafío de evitar que nuestra vinculación con el exterior siga reproduciendo las mismas asimetrías del pasado. Tampoco se trata de sustituir a una potencia por otra, sino de ampliar las opciones del Caribe y fortalecer su capacidad de decisión.
Tal vez ahí se encuentre la respuesta a la pregunta de aquel estudiante: el Caribe es estratégico, sí, pero todavía no ha logrado convertir plenamente esa importancia geográfica en poder económico y político propio. El gran reto es que nuestra ubicación deje de ser únicamente una ventaja para quienes miran hacia el Caribe desde fuera y se convierta en una herramienta para quienes vivimos dentro.
Porque estar en el centro de las rutas del mundo no es suficiente. También tenemos que aprender a encontrarnos entre nosotros.
