El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo que influye en la forma en que un niño se comunica, se relaciona y entiende su entorno. Se manifiesta con dificultades en la interacción social y en el lenguaje, junto a conductas repetitivas o patrones de comportamiento restringidos, aunque no se presenta de la misma manera en todos los casos.
La médico familiar y comunitaria Diana Ulloa explicó que algunos niños pueden mostrar poco contacto visual, escasa respuesta a su nombre, retraso en el desarrollo del lenguaje o dificultad para compartir intereses y emociones.

También pueden aparecer conductas repetitivas, apego a rutinas o reacciones intensas ante sonidos y texturas. La especialista advierte que estas señales varían mucho entre un niño y otro, lo que en ocasiones retrasa su identificación.
Las primeras alertas pueden surgir desde los primeros meses de vida. Entre ellas menciona la falta de respuesta al nombre alrededor de los 9 meses, el uso limitado de gestos, la ausencia de juego social, la falta de imitación y, en algunos casos, la pérdida de habilidades que el niño ya había adquirido. Aunque el diagnóstico suele confirmarse a partir de los 3 años, entre los 18 y 24 meses ya pueden observarse indicios con suficiente claridad cuando hay evaluación especializada.
Para Ulloa, el tiempo es determinante. Insiste en que la detección temprana permite iniciar intervenciones que favorecen el desarrollo de la comunicación, la conducta y las habilidades funcionales.

Ante la sospecha, la recomendación es actuar sin demora. La experta enfatizó que no se debe esperar a que el niño “madure solo”, ya que esto puede retrasar oportunidades importantes de intervención. Consultar a tiempo, acceder a programas de apoyo y dar seguimiento a las orientaciones médicas puede marcar una diferencia significativa, especialmente en los primeros años.
El manejo del TEA no responde a una única fórmula. Cada niño requiere un abordaje adaptado a sus necesidades, que generalmente incluye terapia del lenguaje, intervenciones conductuales y del desarrollo, acompañamiento a los padres y apoyo en el entorno escolar. Ulloa aclaró que los medicamentos no corrigen los síntomas centrales del autismo, pero en algunos casos pueden utilizarse para tratar condiciones asociadas como ansiedad, hiperactividad o problemas del sueño.
El proceso involucra a distintos profesionales, desde pediatras y neuropediatras hasta psicólogos, terapeutas del lenguaje, ocupacionales y especialistas en conducta, organizados según las necesidades de cada caso.

El impacto del autismo también se refleja en la vida diaria de las familias. Puede influir en la comunicación, el aprendizaje, la alimentación, el sueño y la adaptación a cambios de rutina. A esto se suma una carga emocional importante, que incluye estrés, agotamiento y retos económicos, por lo que el acompañamiento debe extenderse más allá del niño.
En el marco del Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, Ulloa llamó a cambiar la forma en que se asume esta condición.
Señaló que la sospecha o el diagnóstico no debe verse como una sentencia, sino como una oportunidad para buscar ayuda a tiempo. Muchos niños logran avances cuando reciben el apoyo adecuado y cuando su entorno también cuenta con orientación y acompañamiento.
