Exigencia excesiva, sobreprotección, dificultad para poner límites o miedo al conflicto son algunas de las conductas
Las heridas de la infancia no desaparecen con el paso de los años. Aunque muchas veces creemos haber dejado atrás ciertas experiencias, estas pueden permanecer silenciosamente en nuestra forma de pensar, reaccionar y relacionarnos con los demás. La llegada de los hijos suele convertirse en uno de los momentos en que esas marcas emocionales resurgen con más fuerza, influyendo en la manera de educar, poner límites, expresar afecto o enfrentar los conflictos cotidianos.
La terapeuta infantojuvenil Teanny Sierra dijo que sin darnos cuenta, repetimos patrones heredados de nuestros propios padres, tanto los positivos como los que nos causaron dolor.
“Las experiencias dolorosas de la niñez pueden manifestarse en nuestra forma de criar de diversas maneras: si crecimos sintiendo que nunca éramos suficientes, podemos trasladar esas expectativas a nuestros hijos, exigiéndoles perfección o logros constantes, convirtiéndose en un padre con exigencias excesivas. Una crianza autoritaria o, por el contrario, una falta de estructura de orden puede que tenga dificultad para establecer límites sanos”, explicó la especialista de Centro Vida y Familia a elCaribe.
Además, Sierra indicó que si aprendimos a evitar confrontaciones para mantener la paz, podemos caer en la complacencia o en la dificultad para sostener nuestra autoridad como padre, y criar desde el miedo al conflicto. “Si como padre experimentamos abandono o falta de seguridad emocional, podríamos querer proteger a nuestros hijos en exceso, impidiéndoles desarrollar autonomía, convirtiendo esta herida en una sobreprotección”, manifestó.
¿Cómo empezar a sanar?
La terapeuta Sierra expresó que sanar nuestras heridas emocionales no solo nos libera, sino que también les da a nuestros hijos la oportunidad de crecer en un ambiente más saludable.
En ese sentido recomienda: Autoconsciencia: observar nuestras reacciones y patrones sin juzgarnos. Preguntarnos: ¿por qué me afecta tanto esta conducta de mi hijo?
Revisar nuestra historia: Reflexionar sobre cómo fue nuestra infancia, qué heridas quedaron abiertas y cómo influyen en nuestra crianza.
Aprender nuevas herramientas: La crianza consciente nos ofrece estrategias para criar desde el respeto y la conexión, en lugar del miedo y la repetición automática de patrones.
Sanar nuestra propia infancia: iniciar un proceso terapéutica, podemos empezar a reparar esas heridas internas.
Practicar la autocompasión: no existe padre o madre perfecto. Saber, reconocer y entender, y permitirnos mejorar poco a poco es parte del camino.
Sanar no significa evitar que nuestros hijos sufran o no cometer errores, sino darles un modelo de resiliencia y crecimiento. La mejor herencia que podemos dejarles es un vínculo seguro y una crianza desde el amor consciente.
La crianza consciente se enfoca en la conexión emocional, la empatía y el respeto mutuo, en lugar del control autoritario. Implica que los padres gestionen sus propias emociones, practiquen la escucha activa y establezcan límites firmes, reconociendo la búsqueda de identidad y autonomía propia de esta etapa.
Puntos necesarios en la crianza
Sierra comparte los aspectos que considera fundamentales en la crianza: Comunicación asertiva y escucha activa, que se trata de hablar menos y escuchar más; límites claros y flexibles, que es establecer reglas y consecuencias consistentes, pero mostrar flexibilidad en temas negociables, adaptándose a su creciente necesidad de independencia.También el fomento de la autonomía, que no es más que permitir la toma de decisiones y la asunción de responsabilidades propias de su edad para promover la autoconfianza y la responsabilidad.
Por último detalló: “Apoyo, no rescate, que es permitir que los adolescentes se equivoquen y enfrenten las consecuencias naturales de sus actos para desarrollar habilidades de superación y resiliencia; conexión emocional o mantener vínculos amorosos”.
