Hogar El Faro “Niños para Cristo”, una casa para la niñez vulnerable

Desde 1986 funciona como refugio para niños, a los que brinda protección, educación y un mejor futuro

En un país donde miles de niños crecen entre carencias, riesgos y silencios que duelen, existe un lugar que se levanta como una promesa encendida. Ese lugar es el Hogar El Faro “Niños para Cristo”, ubicado en la casa número 219 de la calle Club de Leones, en Alma Rosa I, una institución que desde 1986 ilumina la vida de niños y niñas en extrema vulnerabilidad. Todo empezó cuando Pérsida Morla y Tony Cabeza, dos ciudadanos sensibilizados por la realidad de los niños sin hogar, decidieron comprar unos terrenos allí y construir lo que hoy es una obra que acoge actualmente a 30 niños. La pastora Margarita Álvarez, directora del centro, cuenta que Pérsida y Tony no eran familia, pero estaban hermanados por su fe cristiana y esa solidaridad que los movilizó a buscar respaldo en su iglesia, la Asamblea de Dios, para ofrecerles un techo, educación, vestido y alimento a niños en estado de vulnerabilidad por la falta de uno o ambos de sus progenitores.

Un origen marcado

En los primeros años, los menores llegaban a través de juntas de vecinos, Salud Pública y pastores. Eran niños sin un lugar donde dormir, sin comida estable, sin adultos que garantizaran su bienestar. Algunos habían sido testigos y víctimas de violencia extrema. Otros simplemente no tenían a nadie.

Casi cuatro décadas después, las puertas del Hogar siguen abiertas con la misma fuerza, pero con un enfoque aun más robusto y profesionalizado. Hoy reciben a los niños referidos por el Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia (Conani), lo que garantiza procesos más estructurados, diagnósticos más completos y acompañamiento continuo.

El impacto de esta fundación no se mide solo en cifras, sino en vidas transformadas. En jóvenes que llegaron sin nada, ni ropa, ni afecto, ni estabilidad y que hoy son adultos capaces, trabajadores y profundamente agradecidos.

Uno de ellos llegó con apenas ocho meses de vida. Creció entre las paredes del Hogar, rodeado de cuidados y disciplina, y al llegar a la adultez decidió formarse como técnico en electrónica. Hoy es un profesional con sueños propios, un hombre de bien que se convirtió en testimonio vivo del poder del amor y la oportunidad.

Pero no todas las historias comienzan con ternura. Algunas inician en lo más oscuro del dolor humano. El equipo recuerda, con la voz entrecortada, el caso de un niño que fue ingresado con quemaduras en el pecho y las manos, provocadas por su propio padre. O el caso estremecedor de un pequeño al que su madre intentó envenenar con el conocido pesticida “tres pasitos”.

Para los líderes del Hogar, estas historias no solo duelen: los empujan.

Necesidades que quedan por cubrir

La fundación enfrenta necesidades materiales que limitan su capacidad de atender a más niños. Entre ellas: alimentos y productos básicos, paneles solares, que permitirían reducir costos fijos de electricidad y un vehículo para transportar a los niños a la escuela, consultas médicas y actividades formativas.

Además, buscan alianzas educativas, especialmente con Infotep, para que los adolescentes puedan formarse en oficios y habilidades que les permitan insertarse en el mundo laboral de manera digna.

Para donaciones, la Fundación, está participando en Regala Sonrisas 2025 hasta el 05 de enero 2026, una iniciativa de Ágora Mall. Para ayudar pueden acercarse directamente a la Fundación.

El desafío de sanar lo aprendido

Álvarez cuenta que una de las mayores dificultades es modificar los patrones de conducta que los niños traen desde sus entornos de origen. Algunos llegan con miedos profundos, otros con conductas impulsivas, otros con desconfianza absoluta hacia los adultos. Los voluntarios son parte esencial para el desarrollo de la fundación. Algunos ayudan con tareas, otros con actividades recreativas, otros con apoyo emocional. “Para nosotros, que llegue un voluntario es una alegría”, expresan. “Nos apoya, nos descarga y, sobre todo, les da cariño a los niños. Y eso no tiene precio”.

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