En tiempos en los que cada quien procura su propio bien y el camino hacia ello domina nuestras decisiones, resulta urgente recordar que no vivimos aislados, sino formando parte de un entramado mayor que trasciende fronteras, culturas y generaciones. Sentir que participamos en un proyecto universal nos fortalece y nos brinda herramientas para salir de nuestra propia zona de confort y situarnos en el lugar del otro desde la empatía y la solidaridad. Esta postura nos invita a mirar más allá de lo cotidiano y de nuestro propio entorno. Riso (2012) lo plantea así: “Sentir que se está participando en un proyecto universal nos hace fuertes, nos aleja de lo mundano y cuestiona nuestra presencia en el planeta. (p.68)
Participar en un proyecto universal, como la lucha contra el cambio climático, la defensa de los Derechos Humanos, no es una idea abstracta ni lejana, es una necesidad colectiva que otorga un profundo sentido de pertenencia. Entender que somos parte de algo más grande que nosotros mismos nos conduce a una responsabilidad compartida: la de construir un mundo más justo, consciente y solidario. No se trata solo de coexistir, sino de colaborar activamente en la mejora de la sociedad y el planeta.
Riso (2012) explica también que “Aunque no se note inmediatamente, lo que ocurre en otras latitudes tarde o temprano influye sobre ti. “Tú eres el mundo”. (p.72). Por distante que parezca no debemos olvidar que lo que sucede en otros lugares termina impactando nuestras vidas. Las decisiones individuales, los actos cotidianos y las posturas que asumimos tienen repercusiones que se expanden como ondas. En ese sentido, cada persona encarna una porción del mundo.
En definitiva, reconocer que nuestras acciones, por pequeñas que parezcan, contribuyen a definir el rumbo colectivo es una perspectiva que transforma la responsabilidad en una oportunidad: la de vivir con intención de cambio y mejora; empatía y compromiso.
