No sé a qué hora empezó el repertorio, pero sí recuerdo perfectamente cuándo terminó. Era la 1:42 de la madrugada y la música sonando con un volumen que no permitía dormir. Mi resignación era que al menos eran canciones de Gianluca Grignani, Ricardo Arjona y Marco Antonio Solís.
No sabía cuál de los vecinos era el responsable de aquella serenata involuntaria, así que decidí levantarme y asomarme por la ventana. Entonces lo vi; estaba sentado en una silla, con una bocina a su lado y un cigarrillo entre los dedos, como si la madrugada le perteneciera solo a él.
Mi vecino estaba desvelado… al menos eso parecía. Mi único consuelo era esperar que el sueño finalmente lo venciera, para que quienes no habíamos podido dormir aprovecháramos el silencio que dejara su pausa. Ya eran las 2:00 de la mañana y lo único que atiné fue a escribir sobre él.
Muchas preguntas comenzaron a llegarme a la cabeza. ¿Estaría despechado? ¿Tendría alguna preocupación que no lo dejaba dormir? ¿O simplemente era un imprudente incapaz de pensar en los demás?
Este escrito lo guardé durante meses, sin embargo, lo rescaté por otro vecino, quizá más insoportable que el primero. Éste se autoproclama artista y, cada vez que lanza una canción nueva, convierte la calle en una tarima obligatoria para todos. Saca las bocinas, sube el volumen y no hay manera de descansar, leer, conversar o simplemente relajarse dentro de la propia casa.
Lo más preocupante no es solamente el ruido. Es la resignación de la mayoría. Muchos terminan doblegándose, prefiriendo guardar silencio antes que enfrentar el problema o crear conciencia sobre el derecho que también tienen los demás a la tranquilidad. Porque cuando finalmente ellos se acuestan y duermen tranquilos, dejan detrás una comunidad agotada, irritada y desvelada.
Sobre la situación que siempre converso con mi familia, repetí una frase popular que parece describir perfectamente ciertas conductas: “Mientras más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace”.
