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El carisma es definido por el diccionario de la RAE como “especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar”. Otro diccionario define el término como “cualidad o don natural que tiene una persona para atraer a los demás por su presencia, su palabra o su personalidad”. Por estas definiciones, se entiende que se trata de una característica muy provechosa para una persona que se dedica a la política. Más aún, cualquiera pudiera pensar que es una cualidad fundamental para tener éxito en esa actividad. Lo cierto es que es un factor que antes era más determinante que ahora. Al menos, eso es lo que se infiere al echar un vistazo a la realidad política local de los últimos años y, sobre todo, a sus protagonistas.

Antes era requisito

Es evidente que en el caso de República Dominicana, el carisma antes tenía una mayor importancia, porque ese don lo poseían las figuras que dominaron la actividad política durante mucho tiempo. No hay dudas de que Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Pena Gómez eran líderes sumamente carismáticos. Y aunque solo los dos primeros llegaron a la Presidencia, el primero ocho veces, y el segundo una vez, la realidad es que esos tres personajes fueron durante muchos años, los más relevantes en la política criolla. Cuando comienzan a salir del escenario, emerge la figura de Leonel Fernández, un joven académicamente muy preparado, con grandes dotes de orador y dueño de eso que se llama carisma. Durante tres periodos, Leonel ejerció la presidencia, con una interrupción de cuatro años. En ese cuatrienio fue Presidente Hipólito Mejía, un hombre espontáneo, repentista y ocurrente, de un lenguaje llano y a veces irreverente. Fernández y Mejía son dos líderes muy distintos, pero tienen algo en común. Poseen ese rasgo especial que se conoce como carisma. De hecho, todavía hoy, son los políticos más carismáticos del patio.

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