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Deténgase un instante (observe que tenemos, ciertamente, como dice Pedro Mir, “un buen pedazo de cielo”). Recuerde tantos y tantos versos por ella (desde siempre los poetas le han rendido homenaje a su amorosa figura de mujer hecha de verde y piedra). Repase sus momentos de gloria (goce la paz de sus ruinas entre sus palomas y el recuerdo de sus gestas). Reviva los momentos de cuando era niño (al amparo de canciones de escuela, maroteos e ingenuas audacias entre sus arrecifes y aceras): Santo Domingo debe ser siempre una ciudad bella y nuestra. Entonces, ponga su conciencia ciudadana en alto, ponga toda su voluntad y límpiela, ámela.

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