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Los defensores de Putin son los que en el pasado persistían en presentarnos la liberación femenina como evidencia de igualdad de género y superioridad del comunismo sobre la democracia. Pero a excepción del derecho al trabajo rudo, era poco lo que esa sociedad proporcionaba a las mujeres que no hubieran conseguido ya en otros países.

Muchas de las restricciones y prejuicios del absolutismo zarista contra el sexo femenino se mantuvieron durante todo el periodo estalinista e incluso le sobrevivieron.

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin promulgó una ley que puso bien en claro el papel de la mujer en la sociedad proletaria. El breve periodo de liberalidad femenina de los primeros años de la revolución, que permitían el amor libre y condenaban las viejas tradiciones relativas al matrimonio como anacrónicas, quedaba sepultado así con esta iniciativa estalinista.

La disposición prohibió el aborto, permitido en los inicios del bolchevismo, hizo más rígidas las reglas del divorcio y con la eliminación del patronímico y el uso en su lugar de una rayita, equivalente en ruso al “hijo de nadie”, se condenó a la madre y a los hijos naturales con una cláusula de identidad, que se mantuvo vigente 16 años después de la muerte de Stalin.

El régimen estalinista no se diferenció en este aspecto del zarismo. Sus disposiciones contra el divorcio establecían, por ejemplo, la no protección de la “muchacha madre”, es decir, las madres solteras, y lo que se conoció como el castigo anagráfico de sus hijos, a los que se les obligó a llevar el apellido materno sin el patronímico formado con el nombre declinado del padre.

Las restricciones relegaron el papel de la mujer soviética a un plano secundario durante todo el periodo estalinista y muchos años después. La liberación que comenzó a introducirse luego no hizo más que dar a las mujeres soviéticas lo que ya las de Occidente habían alcanzado antes.

Posted in La columna de Miguel Guerrero
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