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“Todo poder es una conspiración permanente”

Honoré de Balzac


           Los primeros rayos del sol iluminaron tenuemente el pavimento de la rampa que a paso firme, pero sin apariencia de prisa, cruzaba el grupo de seis hombres.

           Era todo menos un grupo uniforme.  Sus diferencias no eran solamente de edad.  A lo largo de sus vidas éstos hombres, algunos de los cuales apenas se conocían, habían profesado ideas disímiles y militado en causas opuestas.  Los juntaban ahora motivaciones de la más diversa índole.  Resultaba incomprensible determinar qué podía haberlos reunido, para una misión tan peligrosa.  A pesar de sus diferencias, estaban unidos por lazos que se entrecruzaban: el poder, la aventura y el dinero.

           Los más jóvenes, el capitán de aviación civil Jesús García y su co-piloto, Juvenal Zavala Chávez, estaban allí como lo hubieran estado en cualquier otra misión que se les hubiere encomendado por paga.  Si bien compartían la finalidad que inspiraba al resto, no eran los mayores entusiastas de la causa.  La razón que justificaba la presencia de los otros cuatro, era por supuesto muy distinta.

           Juan Manuel Sanoja, el más viejo, era un impenitente revolucionario con una interminable lista de aventuras en su haber.  De mediana estatura y complexión fuerte, a sus setenta años, era el líder del grupo.  El respeto que inspiraba en sus compañeros de aquel vuelo obedecía no sólo a su edad, sino a su carácter y don de mando.

           Sólo él conocía realmente en toda su dimensión la complejidad de la misión que empezaba con aquel vuelo misterioso.  Sólo él tenía pleno conocimiento del dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina, el hombre a quien recurrirían en busca de ayuda.  Y probablemente era el único que también percibiera todos los peligros y dificultades que entrañaba la aventura que estaban a punto de emprender.

           No había mucho que decir del resto.  Sin embargo, dos de ellos, Vicente Yáñez Bustamante y Luis Cabrera Sifontes, constituían figuras claves del plan.  El segundo era un ingeniero hidráulico también experto en radio. Ambos hombres serían las piezas operativas fundamentales sin los cuales nada funcionaría.  La presencia del sexto elemento, José Morales Hernández, tenía más bien una razón política.  Su amigo, Eduardo Morales Luengo, ex-capitán de navío exiliado, a quien se proponían visitar, era un feroz adversario del presidente Rómulo Betancourt y un aspirante a sucederle en el poder, por cualquier medio.  La operación a punto de empezar a aquella temprana hora de la mañana, bajo un cielo despejado y prematuramente azul, podía llegar a hacer realidad sus ambiciones.

           Nadie que los hubiera visto caminar en dirección al C-46 que le esperaba en la pista, podía imaginar que allí, en la mañana del viernes 17 de junio de 1960, en el aeropuerto de Maiquetía, de la Guaira, Venezuela, éstos seis hombres estaban a punto de iniciar una de las más fantásticas y arriesgadas aventuras políticas del siglo.

           Los motores del C-46, con las siglas YV-C-ARI de la empresa venezolana Rutas Aéreas Nacionales Sociedad Anónima (RANSA), rompieron el silencio matinal y el piloto se dirigió lentamente hacia la cabecera de la pista.  García verificó los controles y re-examinó con los operadores su plan de vuelo.  A las 5:22 a.m., la torre de control le comunicó que todo estaba libre y el C-46 tomó a toda velocidad la larga pista de concreto y rápidamente ganó altura.  Durante los primeros minutos de vuelo, la nave siguió en dirección hacia el punto previamente fijado, un pequeño aeropuerto privado de un hato propiedad de Carlos Chávez, presidente de RANSA, en El Piñal, situado entre el río Arauca y el río Cunaviche, en el Estado de Apure.

           El piloto del avión cerró contacto con la torre de control de Maiquetía y en el sitio de navegación aérea denominado “Whisky 1 (uno)” cambió repentinamente de rumbo y se dirigió a Ciudad Trujillo.

           Sanoja sonrió y preguntó al piloto si había alguna novedad.  Todo marchaba como estaba planeado.  De los ocupantes del aparato, sólo aquel viejo general, conocía a sus próximos anfitriones en el punto de destino.  Su conocimiento de aquel lugar no era superficial. Sanoja había llegado a la República Dominicana más de veinte años atrás, habiéndose establecido en Moca, una pequeña y próspera ciudad del noreste central, donde, entre otras actividades se había dedicado a la odontología.  Allí nacieron varios de sus catorce hijos y dos de ellos, Gilberto y Juan Manuel, eran dentistas profesionales y oficiales de las Fuerzas Armadas del dictador Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo Molina, de quien era amigo.

           Para los residentes de la lejana localidad de Moca, donde había vivido por largos años, Sanoja no era el intrépido y temerario general de luchas revolucionarias, que había pasado de las cárceles del tirano Juan Vicente Gómez, en su natal Venezuela, a las filas de la revolución mexicana, sino un tranquilo y amable ciudadano que dedicaba horas enteras para tratar problemas dentales a todo aquel que los tuviera en Moca y a sus alrededores.  Pero esa imagen de pacífico profesional pueblerino, constituía sólo una faceta de su compleja y diversa personalidad.  En realidad, era un hombre acostumbrado al peligro y la misión a la que iba en este vuelo secreto lo devolvía a su ambiente verdadero; al de las luchas clandestinas, al centro de la aventura y el peligro.

           Sanoja se estableció en Moca a comienzos de los años treinta como exiliado de la dictadura de Juan Vicente Gómez.  Su aversión a Betancourt provenía probablemente ya de aquella lejana época.  Este era entonces un fogoso líder estudiantil de ideas marxistas.  Esta faceta en la vida del presidente venezolano había bastado para marcarlo para siempre como enemigo en el pensar sico-rígido del viejo general, un hombre de ideas profundamente conservadoras.  Unos años antes de la llegada de Sanoja a la República Dominicana, Betancourt había ya recorrido, curiosamente, muchos de los pueblos por donde aquel estableciera después vínculos de afectos con familias dominicanas.

           Sin embargo, eran muy contados, si existían, los que podían dar en el país testimonio de alguna expresión contraria del viejo luchador contra el joven estudiante. Aquellos que tuvieron la oportunidad de tratar a ambos, no podían explicarse los sentimientos que Betancourt inspiraba en este aventurero, rodeado de leyendas.  Algunos de estos mitos se habían forjado en la propia ciudad de Moca, donde se comentaba en secreto que el curtido general ejercía la odontología sin título universitario, cosa nada rara en aquella época.

           En buena medida, gran parte de la simpatía que Sanoja inspiraba entre los mocanos emanaba de su esposa, una joven mejicana de agradable apariencia y sencillos modales.  Por lo menos uno de sus hijos, Pedro Pablo Sanoja Aguilar, un brillante estudiante que luego se establecería en Venezuela como abogado, nació en aquellas tranquilas tierras dominicanas.  A despecho de su carácter medio tosco, el general tenía un fácil trato, no obstante su personalidad contradictoria.  Por ejemplo, los que llegaron a conocerle entonces recuerdan que su aversión a Juan Vicente Gómez no se reflejaba, por lo menos con la misma intensidad, hacia Trujillo, en esos lejanos días de apacible existencia en Moca.

           Era, sobre todo, muy apegado a la familia, aunque le rodeaba una fama, no se sabe si bien ganada, de conquistador, reputación probablemente conseguida con los laureles del generalato alcanzado no se sabía cómo en México.  Nadie, empero, en la pequeña localidad dominicana podría dar constancia de aquella fama, cimentada tal vez en el hecho de que se le atribuyera una pronunciada inclinación por las fiestas, a las que usualmente iba acompañado de sus hijos.

           Una de sus grandes pasiones era, según testigos de la época, la figura del Libertador Simón Bolívar, nombre con que bautizó una escuela normal particular que fundara en Moca en los años siguientes a su llegada.  Esta escuela, que llegaría a alcanzar prestigio en toda la comarca, funcionaba en un pequeño local en la calle independencia, próximo a la 26 de Julio, colindante casi con la casa de Pichilín Michel, un patriarca del lugar. Allí estudiaron muchos hombres y mujeres que más tarde serían prominentes en la vida política y social dominicana.

           Con el tiempo, en torno a su persona llegarían a tejerse toda clase de historias, como aquellas de que solía cobrar por sus servicios como dentista de acuerdo con una personal apreciación del paciente que nadie podía descifrar.  Frente a su consultorio de la calle Colón solían formarse diariamente largas colas.  El hecho de que un hombre de su experiencia mundana escogiera la bucólica tranquilidad de Moca en vez de la más colorida y relativamente agitada vida de la capital o Santiago, la segunda ciudad del país, se explicaba, tal vez, en la prometedora prosperidad que allí se observaba.

           A sus casi cincuenta años, a mediados de la década de 1930, Sanoja podía ser confundido con el típico personaje que, cansado de inútiles luchas revolucionarias, decide emprender un nuevo sueño. El vuelo que lo traía de vuelta a Ciudad Trujillo en misión secreta parecía la mejor explicación de que aquella vena aventurera estaba aún latente en él.

           Costaba imaginarse a un hombre de su historial de resistencia a la tiranía de Gómez, aliado con Trujillo en un plan contra el gobierno democrático de Betancourt. No era la Presidencia, como símbolo primario del poder, lo que le guiaba.  A su edad, ésta se le mostraba más distante que la muerte.  Tampoco lo sería el dinero, que una vez aparentemente estuviera cerca de obtenerlo en México.  Sanoja conservó por mucho tiempo pruebas de esa riqueza, sin valor material alguno. A sus amigos en Ciudad Trujillo les había mostrado una vez un viejo y gigantesco baúl repleto de billetes mexicanos antiguos, ya fuera de circulación.  Removiéndolos con sus gruesas y callosas manos, había dicho: “Vean, podría ser rico, ¿De qué sirven?”

           Sanoja estaba sumido en sus pensamientos cuando el piloto de la aeronave le comunicó que había entrado en contacto por radio con Ciudad Trujillo.

           A una hora exacta de vuelo de su destino, el C-46 hizo contacto por primera vez con el “Control Radhamés”, en la base aérea de San Isidro, en la frecuencia de 3023.5. El viejo general se levantó de su asiento y se dirigió a la cabina del piloto, al que entregó un papel escrito apresuradamente a mano.  El capitán García leyó por radio el breve mensaje: “Avisar al Generalísimo que el general Sanoja va a bordo del avión.  También avisar al coronel (Johnny) Abbes García”.

           Cabrera Sifontes añadió otro mensaje cifrado que el piloto se apresuró en transmitir: “Avisar Carrasco que Carrasco va a bordo”.  En el punto lejano de recepción, el operador se limitó a contestar que estaba “informando”.  Dentro del avión se hizo un silencio pesado, mientras la espera se tornaba angustiante.  Al cabo de pocos minutos, les llegó la respuesta autorizándole a aterrizar en la base militar, ubicada entre el aeropuerto y Ciudad Trujillo.

           Como estaba previamente acordado, la comunicación prosiguió sin identificar al avión.  Desde la base se escuchó la señal: “Control Radhamés 2, llamando, cambio”, cuando el C-46 se aproximaba a unas 25 millas de distancia. El piloto confirmó la recepción del mensaje y la torre de control proporcionó información sobre la dirección e intensidad del viento, con una orden final: “Libre aterrizar a la pista 12”.

           El avión se deslizó suavemente sobre el pavimento y durante el carreteo sus seis ocupantes pudieron percatarse de que estaban siendo escoltados por vehículos de guerra.  Siguiendo las instrucciones que ahora se les daban por señas desde un vehículo militar, el piloto condujo despacio la nave al punto más lejano del aeropuerto.

           Las medidas de seguridad eran extremas.  Lógicas, sin embargo, tratándose de un avión de matrícula de un país con el cual se han roto las relaciones diplomáticas.  Varios aviones del tipo Vampiro, a reacción, y P-51 “Mustang” permanecían a un lado de la pista con los motores encendidos, prestos a despegar, mientras tanques apuntando sus largos cañones hacia la nave recién llegada se veían a ambos lados del aeropuerto.  Tropas en trajes de zafarrancho estaban colocadas en sitios estratégicos, próximos a donde podían verse varios “Mercedes Benz” y jeeps militares.  El capitán García apuntó bien la hora de aterrizaje en su hoja de vuelo: 07:47 (7:47 a.m.), hora local.

           Un grupo de altos oficiales dominicanos les recibió al pie del avión, saludando al general Sanoja, quien fue el primero en descender. Pero tenían órdenes de esperar allí.  Al cabo de 45 minutos llegó en un vehículo militar el capitán de navío retirado de la Marina venezolana Eduardo Morales Luengo. Sanoja hizo la debida presentación y el grupo se dirigió a una residencia en las afueras de Ciudad Trujillo, donde residía temporalmente Morales Luengo.

           El plan que entraba ahora en su fase final, había comenzado a urdirse a mediados de mayo, cuando Sanoja viajó a Madrid por encargo de Trujillo.  En la capital española entabló contacto con Morales Luengo, exiliado en España desde su expulsión de Venezuela por actividades conspirativas.  La reunión entre ambos se realizó en el hotel donde estaba hospedado Sanoja, quien le explicó sus vínculos con el “Jefe” y la importancia de su inmediato traslado a Ciudad Trujillo.

           Todo estaba preparado en Venezuela para una “revolución”.  Los dos conspiradores se pusieron de acuerdo, y el 27 de mayo salieron de Barcelona en un vuelo de Air France hacia la capital dominicana, haciendo escalas en París, Montreal, Bahamas y Kingston.  Arribaron a su destino final el 30 de mayo. La reunión con Trujillo no tardó en producirse y como resultado de la misma, el ex oficial venezolano fue instalado en una casa en las afueras de la ciudad, propiedad de Romeo Trujillo, sobrino del dictador.

           Fue allí donde se les unió el coronel Abbes García, jefe del temible Servicio de Inteligencia Militar (SIM).  De apariencia apacible, mediana estatura y fino bigote, a la usanza de la época, Abbes podía pasar como un simple burócrata a la espera de una anhelada ascensión de rango. Su aspecto físico mostraba una pronunciada tendencia a la obesidad.  A excepción de su mirada fría, que acentuaba al achicar sus ojos de color café, no había nada excepcional en este hombre de carnes ligeramente caídas en el rostro.  Físicamente era una persona sin brillo.  Su personalidad, fuera de sus ámbitos de jefe supremo de los servicios de seguridad del Estado, era tan corriente que podía confundirse fácilmente con el escenario.  No había en él nada que llamara la atención que no fuera su fama de sádico y asesino.

           Abbes era una de las personalidades más siniestras del régimen.  Todos le temían, hasta sus superiores.  Se le tenía y temía como “un hombre de acción violenta”.  Era, a decir de Robert D. Crassweller, autor de Trujillo: la trágica herencia del poder personal, un hombre singularmente apropiado “para presidir la decadencia y el colapso de la Era de Trujillo”.

           El Jefe, como se le llamaba en señal de veneración, había estado acompañado siempre, a lo largo de sus ya treinta años de dictadura, de hombres violentos y desalmados. Aquellos hombres habían contribuido a afianzar su poder, eliminando opositores y toda señal de resistencia política, por inofensiva que fuese. Pero Abbes parecía superarlos a todos.  Era un conspirador nato que había alentado a Trujillo a involucrarse en operaciones y aventuras de ultramar.

           Hasta mediados de la década de 1950, Abbes había sido un colaborador del régimen como redactor deportivo en las páginas de los diarios oficialistas La Nación y El Caribe, con esporádicas intervenciones como cronista de la radio.  Fue a mediados de esa década, cuando entró directamente en contacto con su verdadera v ico y Centroamérica, cumpliendo misiones para el régimen.  En México su trabajo consistió en vigilar las actividades de los exiliados dominicanos, lo que aprovechó para profundizar sus conocimientos sobre el tenebroso mundo del espionaje.

           Tal vez de todas sus experiencias, la que más influyó en el desarrollo de su personalidad tuvo lugar en ese país. Allí contrajo matrimonio con una mujer que supuestamente, según Crassweller, le había salvado la vida en el curso “de una de las conspiraciones que se urdían regularmente en el submundo político de Centroamérica”. Era una mujer “corpulenta, gorda, fea, sin distinción y ordinaria” y según el historiador norteamericano “se sentía ofendida por los numerosos asuntos de su marido con otras mujeres”.  Esta ruda mujer llegaría con el tiempo a ejercer una especie de dominio sobre él, similar al que Abbes llegaría a poseer sobre toda la estructura de mando del régimen trujillista, con la sola excepción del propio dictador.

           Nacido de un matrimonio de padre norteamericano de ascendencia alemana y madre dominicana, Abbes nació en la entonces Santo Domingo, convertida luego en Ciudad Trujillo, en 1924.  Nada en el carácter de sus padres podía anticipar, lo que Crassweller define como “las perversas tendencias del hijo, que se vislumbraron por primera vez cuando, siendo niño, le encontraron entreteniéndose en arrancarle los ojos a los pollos”.

           La fama que precedía a este hombre estaba bien fundada.  Todo su poder radicaba en la organización que presidía y que él había ayudado a organizar desde 1957.

           Abbes había sustituido al frente del SIM al general Arturo Espaillat, cuya reputación de crueldad le había ganado el sobrenombre de Navajita, basado en la leyenda de que daba muerte a sus prisioneros cortándole él mismo la garganta con una navaja afilada.

           El SIM era el organismo represivo mediante el cual Trujillo se aseguraba el control efectivo del país y de sus habitantes.  Sus ramas tenían copada todas las actividades públicas y privadas del país. En su larga nómina figuraban miles de hombres y mujeres, que ocupaban las más disímiles posiciones, desde meseros de restaurantes, hasta oficiales de las Fuerzas Armadas.  Estos espías a sueldo estaban en la obligación de rendir informes diarios de cuanto veían y escuchaban a su alrededor. Muchos de estos informes, frecuentemente prejuiciados e incompletos, habían llevado a la muerte o al presidio a miles de ciudadanos, poniendo fin a veces a prometedoras y exitosas carreras militares y civiles. Abbes era el centro de todo este complejo aparato de seguridad y represión.

           El brazo del SIM se extendía más allá de las fronteras dominicanas y los planes que se proponían llevar a cabo Morales Luengo, Sanoja y el resto del grupo de venezolanos que acababa de cumplir este primer vuelo secreto entre Maiquetía y la base aérea de San Isidro, serían la evidencia más palpable de ello.  En la fama de la organización pendía el nada honroso mérito del asesinato del coronel Carlos Castillo Armas, presidente de Guatemala, ocurrido en su propia Casa Presidencial, el 27 de julio de 1957.

           Sin duda, Abbes era el cerebro de todas esas y otras conspiraciones que habían trasladado el terror trujillista a otros lugares de la región.

           Mientras esperaban por el desayuno que había ordenado preparar Morales Luengo, Abbes llamó por teléfono a Trujillo, para informarle de la llegada del avión por el que habían estado esperando.  Entretanto, el grupo se dividió subiendo Morales Hernández y Morales Luengo a la habitación de éste último, por un momento.  Al unirse más tarde al resto, tuvieron tiempo todavía de escuchar a Cabrera Sifontes, que había sacado una libreta de un maletín de mano, relatar una serie de hechos que describía como ilegales cometidos por el gobierno de Venezuela.  Cabrera Sifontes analizó brevemente las posibilidades de éxito de una insurrección contra el presidente Betancourt y mencionó una lista de oficiales, ex oficiales y civiles prominentes  que, dijo, estarían dispuestos a secundar los planes contra el gobierno de Acción Democrática.

           -Yo tengo un aparato, por si a ustedes les puede interesar, que es electrónico, trabaja a base de micro-ondas y su poder explosivo es de 65 kilos de TNT-, intervino en la conversación el coronel Abbes García.

           La plática continuó durante el desayuno y al final de éste llegó Trujillo a la casa.  Después de una breve presentación, subieron al segundo piso donde Morales Luengo pidió a Cabrera Sifontes que explicara a Trujillo la situación en Venezuela.  El dictador ofreció su respaldo a los conspiradores diciendo:

           -Al enemigo hay que darle fuerte, pues si no se lo hacemos nosotros, él se lo hace a uno.

           Trujillo se interesó sobre la procedencia y naturaleza del respaldo con que podían contar sus visitantes.  Y les inquirió en tono casi cortante:

           -¿Los curas están con ustedes o no están?

           A una señal de asentimiento, prosiguió:

           -Ténganles cuidado, porque ellos (los curas) son muy traicioneros, hoy traicionan al que está y mañana los traicionan a ustedes.  Aquí se me quisieron alzar, pero yo los metí en cintura.

           Trujillo pidió entonces a Morales Luengo una lista del material que pudiera hacerles falta.  El piloto y el co-piloto del C-46 bajaron a la primera planta mientras el resto continuó por un tiempo la conversación en la habitación del piso superior.  Trujillo se retiró poco después y en las horas siguientes, Morales Luengo recibió la visita de numerosos oficiales dominicanos y familiares del Generalísimo.

           Siguiendo el plan revisado momentos antes, el C-46 partió de regreso a Venezuela a las 14:40 (2:40 p.m.) con su misma tripulación –los capitanes García y Juvenal Zavala-, pero uno sólo de los pasajeros, José Morales Hernández.

           Sanoja, Cabrera Sifontes y Yánez Bustamante permanecieron como huéspedes de su compatriota Morales Luengo.  Sólo que por muy poco tiempo.  En las horas siguientes estuvieron muy ocupados observando como el “Jefe” cumplía su promesa de apoyar con armas y explosivos sus esfuerzos conspirativos para derrocar al presidente Betancourt.

           Abbes García había informado días antes a Morales Luengo del arribo del grupo con la contraseña de que el 17 llegaría el “Cabrito”, tras recibirse un cablegrama en clave de Sanoja.  Al despedirse del piloto, Morales Luengo le entregó un breve mensaje escrito dirigido a su cuñado, el capitán de aviación civil Carlos Chávez, principal ejecutivo de la línea RANSA:  

           “Carlos envíame mañana por última vez el “Cabrito”.  Un abrazo de Eduardo”.

Esa noche, Sanoja pernoctó en una residencia ubicada en la esquina de las calles Cervantes y Santiago, del entonces exclusivo sector de Gazcue de Ciudad Trujillo.  Allí residía uno de sus hijos, Gilberto Sanoja Aguilar, teniente y miembro del Cuerpo Dental de las Fuerzas Armadas dominicanas. 

Gilberto contaría después a su amigo y compadre Rafael Kasse  Acta, médico odontólogo de 32 años, acerca de una acalorada discusión que él sostuviera, al parecer aquella misma noche, con su progenitor.

Aparentemente, padre e hijo discrepaban respecto de la forma de combatir a Betancourt.

           Bajo  las mismas condiciones del tiempo del día anterior, y dotado de la misma tripulación, el C-46 de la línea RANSA, dedicada al transporte único de carga, despegó del aeropuerto de Maiquetía, con un falso plan de vuelo hacia un hato en El Piñal, Estado de Apure, a las 05:23 (5:23 a.m.), del 18 de junio.

           En el mismo punto que la vez anterior, el capitán García repitió el cambio de ruta “Whisky 1”, llamó a “Control Radhamés” y se dirigió nuevamente a la base aérea de San Isidro.  El piloto apuntó meticulosamente la hora de aterrizaje: 08:03 (8:03 a.m.), hora local.

           Una vez en tierra, los aviadores fueron conducidos en vehículos militares a la residencia donde les esperaban Morales Luengo y los tres compañeros del viaje anterior.  Allí después de desayunar se les unió Trujillo.

           Esta vez los pilotos permanecieron en la parte baja de la casa, mientras el resto acompañaba al dictador a las habitaciones del piso superior.  Media hora más tarde, el grupo bajó y el capitán García les planteó la conveniencia de despegar temprano, a fin de no despertar sospechas sobre el vuelo.  Podía hacerse muy tarde para aterrizar en el hato La Uriosa, del Estado Guárico, Venezuela, destino final de esta travesía cuya primera fase se iniciara a primera hora de la mañana del día anterior en Maiquetía.

           Por fin, el C-46 alzó vuelo en San Isidro a las 13:00 (1:00 p.m.) hora de Venezuela.  Llevaba un cargamento de 1,800 libras de armas, entre las que figuraban pistolas, revólveres, ametralladoras y proyectiles.  Lo más preciado del cargamento, sin embargo, estaba contenido en dos maletas verdes.  En el interior de ambas había un sofisticado receptor y explosivos suficientes para provocar una gran destrucción.  Eran igualmente seis los ocupantes: la tripulación de dos, y tres de los cuatro pasajeros del vuelo inicial.  El capitán de navío retirado Eduardo Morales Luengo ocupaba el lugar que había dejado José Morales Hernández, quien se había quedado en Venezuela al final del primer vuelo, el día anterior.

           El “Cabrito” aterrizó, según lo programado, a  las 16:30 (4:30 p.m.) en el hato La Uriosa, donde fue parcialmente descargado, con la ayuda del dueño de la propiedad, Pedro González Rincones, el capitán Chávez y Morales Hernández.  El plan marchaba conforme a lo trazado por los conspiradores.

           Morales Luengo y Sanoja se quedaron en poder de las armas y dejaron las maletas con los explosivos al cuidado de Yáñez Bustamante y Cabrera Sifontes, que siguieron vuelo a Maiquetía, a las 17:15 (5:15 p.m.).  Más tarde, el aparato tocó suelo en el aeropuerto de Maiquetía.  La tripulación se despidió de los pasajeros y éstos últimos –Yáñez Bustamante y Cabrera Sifontes- bajaron cuidadosamente las maletas del avión y se trasladaron de inmediato al domicilio del primero, el apartamento número 55 del edificio Venus, en la Avenida París, en la Urbanización La California, de Caracas.  Al apartamento llegaría, horas después, Morales Luengo, aproximadamente a las 00:30 (0:30 a.m.) del día siguiente, 19 de junio.

Según publicaciones basadas en los interrogatorios hechos a los acusados después del atentado a Betancourt, Trujillo y Abbes García ofrecieron “cuanta ayuda fuere necesaria”, quedando virtualmente el complot bajo control del dictador dominicano.  En el número 2 de “Papeles de Archivo: Cuadernos de divulgación histórica”, titulado Rómulo Betancourt: El atentado de Los Próceres, Ediciones Centauro, José Agustín Catalá, editor, Caracas, 1992, se afirma que ante este ofrecimiento “los venezolanos se creyeron obligados a mostrar cierto escrúpulo patriótico y dijeron que no debían aceptar demasiada ayuda que posteriormente pudiera hacerlos parecer como mercenarios del régimen de Trujillo”.  Sin embargo, después de ese “arranque escrupuloso” los conspiradores, según la publicación, decidieron aceptar “el aparato de micro-ondas, cuarenta y cuatro ametralladoras Thompson, diez M-2, fusiles, pistolas y revólveres para doscientas personas, así como doscientas granadas de mano y veinte mil proyectiles”.

Al parecer mientras esperaban por el segundo vuelo del “Cabrito”, Yáñez Bustamante y Cabrera Sifontes fueron sometidos en Ciudad Trujillo a un rápido aprendizaje sobre el uso del aparato electrónico de micro-ondas, que luego emplearían en Caracas. De Abbes García recibió esta recomendación: “Si en lugar de voladuras y actos de sabotaje es necesario hacer un atentado personal, puede agregarse a la carga una cantidad de termita, cuya llama es capaz de atravesar en pocos minutos los más fuertes blindajes hasta de un acorazado”.  La sugerencia alarmó a Cabrera Sifontes, que a nombre de sus compañeros, en otro aparente arranque de escrúpulo, según la publicación, la rechazó: “No, no.  Termita no.  Eso es demasiado”.

         En los días siguientes, Trujillo emprendió uno de sus frecuentes viajes en el yate presidencial por las costas dominicanas.  Había impartido instrucciones al capitán de la fragata Presidente Trujillo para anclar en la base naval de Las Calderas, en la provincia sureña de Baní    , pero a última hora cambió de parecer y ordenó parar en el puerto de Azua, más al oeste de la isla.  Una vez allí tomó el vehículo que le esperaba y partió en dirección a San Juan de la Maguana, donde tendría lugar una manifestación de apoyo a su gestión como estadista.

         Ninguno de los presentes, ni siquiera sus más allegados, aquellos que habían llegado con él en la larga caravana de automóviles y que le habían acompañado en el trayecto por mar hasta Azua, tenían la más ligera noción de qué hablaba cuando, en medio de un brindis, alzó su copa y declaró que muy pronto “algo grande estremecerá el Caribe”.

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