PUBLICIDAD X
CONTINUAR A ELCARIBE.COM.DO

“Ningún estadista en la historia de la humanidad ha hecho tanto por su patria como Trujillo por la República Dominicana”.

Lema de la propaganda gubernamental durante la Era de Trujillo

“Mi padre me había soñado abogado: quería complacerlo.  Otros desvelos y otras tareas me desviaron del manoseo de pandectas y de códigos.  Mi vocación política era tan absorbente que resultaba incompatible con los pupitres de la Escuela de Leyes”.

Rómulo Betancourt

Memorias

         Nada tenía de extraño que dos hombres tan distintos como lo eran Betancourt y Trujillo, protagonizaran uno de los enfrentamientos más crudos, en la ya ardiente escena política del Caribe. Si bien esta rivalidad se intensificó con la llegada nuevamente al poder de Betancourt, mediante elecciones libres, a comienzos de 1959, sus orígenes se remontaban a finales de los años veinte y comienzos de la década siguiente, época en que éste recorría el Caribe y Centroamérica auspiciando luchas contra la añeja tiranía de Juan Vicente Gómez, en su patria venezolana y otras más jóvenes como la que Trujillo comenzaba a encarnar en la República Dominicana.

         Los ideales de estos hombres los separaban tanto como sus temperamentos.  Trujillo era un dictador, sanguinario y corrupto, que había actuado y seguía haciéndolo con mano impiadosa contra todo asomo de oposición y acumulado enormes fortunas sustraídas de las arcas nacionales.  Betancourt era un viejo e incansable luchador revolucionario, de modesto vivir, con antecedentes marxistas, que detestaba toda forma de tiranía y esclavitud. Sus vidas nunca se cruzaron y entre ellos jamás medió un intercambio epistolar o una conversación neutra, mucho menos amistosa.  Poco probable era que cosas así hubiesen sucedido alguna vez, no obstante Betancourt haber residido temporalmente en la República Dominicana, en los comienzos de su primer exilio, durante la dictadura de Gómez, allá por el 1929.

         Trujillo accedió al poder mediante elecciones amañadas, en 1930, estando ya Betancourt fuera del país.  Pero los discursos de éste exaltado estudiante universitario en plazas y ateneos dominicanos contra las formas de opresión imperantes en América, resultaban inaceptables para aquel hombre que ya entonces se preparaba para asaltar el poder, desde su privilegiada posición de Jefe de la Guardia Nacional, convertida luego en el Ejército dominicano.

         El propio Betancourt recrea esos tiempos en sus papeles: “Cuando veía llegar buques atiborrados de petróleo crudo que había de refinarse en el extranjero por venezolanos que emigraban del país, aunque bien hubieran podido realizar aquello en su tierra, al lado de sus familias y hogares, advertí, antes de estudiarlo en los libros, la enorme cantidad de injusticia social acumulada en la organización económica de la época, y el triste papel que en ese desconcierto desempeñaba mi patria… Era preciso enderezar el mundo y nos preparábamos a hacerlo con cincuenta fusiles viejos… Tras varias andanzas llegamos a Santo Domingo, donde no había entonces ningún déspota y recorrí todo el país dando conferencias contra Gómez y consiguiendo voluntarios para la ansiada invasión…”.

         El joven venezolano cerraría en Santo Domingo la etapa de su vida que él mismo llamaría “garibaldiana”.  La recreación de esos años en sus memorias es rica en detalles: “En julio de 1929 hicimos desde Santo Domingo el penúltimo esfuerzo desesperado de garibaldinismo expedicionario.  En una media noche embarcamos en la goleta “La Gisela”, Simón Betancourt, Raúl Leoni, Carlos Julio Ponte, -quien luego perdió la vida en el Cajón de Arauca, voluntario en una guerrilla organizada desde Colombia por Emilio Arévalo Cedeño-, Pedro Rodríguez Berrotea, ex cadete de la Escuela Militar y uno de los comprometidos en el patriótico movimiento insurreccional del 7 de abril de 1928; Hernando de Castro y yo.  Nos acompañaban unos cuantos voluntarios y un muestreo variado de revólveres y viejos fusiles, adquiridos con el dinero pagado por los asistentes a las docenas de conferencias contra el régimen entonces imperante en Venezuela que dicté en ciudades y pueblos dominicanos.  También con lo producido por la venta del primer libro por mí publicado: En las Huellas de la Pezuña, panfleto contra Gómez, no escrito con tinta, sino con ácido muriático.  Traía un hermoso prólogo, también fustigador del gomezalato, de José Rafael Pocaterra”.

         La acción resultó en un estrepitoso fracaso.  “Tal como lo predijo con seguridad el capitán de la goleta, cuando armas en mano se le conminó a viajar hacia costas de Venezuela”, contaría Betancourt, “el barco comenzó a hacer agua y estuvo a punto de zozobrar cuando se alejó del litoral dominicano.  Debimos arribar, derrotados antes de disparar un tiro y con La Gisela en trance de naufragio, al puerto dominicano de Barahona”.

         Aquellos tiempos pasados en República Dominicana, antes del ascenso de Trujillo al poder, serían decisivos para el joven revolucionario venezolano, quien en sus memorias describiría la ayuda que esos tiempos de formación significaron para él más tarde cuando estaba maduro para la concepción del “Plan de Barranquilla”, el punto real de partida de su gran liderazgo.  “Aumentó en esos tiempos (Colombia)”, recuerda, “mi aprendizaje oratorio, ya iniciado en las muchas conferencias pronunciadas en Santo Domingo”.

         Su paso por la República Dominicana dejó también huellas profundas en la conciencia política nacional.  Más de cincuenta años después de esas vivencias juveniles, el ya Presidente Joaquín Balaguer las recrearía con nostalgia en sus Memorias de un Cortesano de la Era de Trujillo. En esta obra recuerda con detalles una conferencia ofrecida por Betancourt, apenas un joven de 21 años, en la “Sociedad Amantes de la Luz”, de Santiago, la segunda ciudad del país, ante una concurrencia adulta en su mayor parte, que congregaba la élite intelectual y política de aquella época.  La conferencia versó sobre los horrores del presidio y la dictadura de Juan Vicente Gómez.  Según Balaguer, la pintura que hizo entonces de la situación de los presos de la dictadura venezolana “causó honda impresión en el público.  La forma patética en que describió la situación de los prisioneros en esas ergástulas, dio lugar a que muchos asistentes, en los pasajes más dramáticos, interrumpieran al orador con exclamaciones de asombro y con aplausos calurosos.  Cuando terminó su disertación, fue frenéticamente aclamado por el público que llenaba el salón y por la numerosa multitud que invadía los alrededores”.

         En común nada tenían el dictador Trujillo y el presidente venezolano, mucho menos en la percepción personal del ejercicio del poder.  Trujillo había dicho: “Y seguiré a caballo…” Era la más feliz de sus frases originales como gobernante. Pronunciada en ocasión de uno de tantos homenajes organizados por sus aduladores para reclamarle su permanencia en el gobierno, se la había exaltado en canciones, poesías, artículos, conferencias y estatuas de bronce, diseminadas por todo el territorio de la República.

         No se podía negar que en conferencias, discursos y hasta libros, el “Jefe” había dejado un legado de ideas con el que se había tejido, a lo largo de casi tres décadas de opresión y personalismo autoritario, el andamiaje ideológico que pretendía dotar de estructura doctrinaria una tiranía que sólo se justificaba y explicaba en la ambición desmedida de un hombre violento e inescrupuloso.  Pero todo aquello era falso.  Tratábase de literatura prestada.  Era la cuota de denigración que él exigía a los intelectuales dóciles alrededor suyo y a los cuales humillaba constantemente removiéndolos, situándolos en desgracia temporal, exponiéndolos esporádicamente al escarnio a través de intrigantes insinuaciones de un Foro público diario que hacía de El Caribe el más temible torturador moral del régimen.

         De cuanto había salido de su mente condicionada desde pequeño para moverse en el campo de la conspiración y la intriga éste “seguiré a caballo” era la más pura y resaltante producción intelectual que Trujillo legara al país.  Lo demás, los discursos oropelescos, las tesis sobre economía, sus opiniones sobre el desarrollo, la salud, la educación, los recursos naturales, eran conceptos ajenos, prestados y bien pagados unas veces, robados en el amplio sentido del vocablo en otras.

         Betancourt, en cambio, poseía los perfiles de un gran pensador político.  El rasgo más notable de su personalidad lo constituía la flexibilidad que le había impedido permanecer estancado con doctrinas e ideas que la evolución del pensamiento dejaba atrás en la historia.  Difícilmente un joven exiliado como él hubiera escapado al influjo de las corrientes del pensamiento marxista.  No obstante, en el fondo fue un reformador que combatió el fascismo sin caer en las redes del totalitarismo leninista.

         Tal vez sea preciso recurrir a sus propias observaciones sobre el discurrir político venezolano y su participación en él para entender el proceso de evolución y adaptación que caracterizó la vida de este hombre.  Entre sus papeles y escritos, merece citarse, a los fines de comprender a plenitud esa evolución personal, el texto titulado Las promesas y los hechos, redactado entre el 4 de julio y el 27 de agosto de 1964.  En este texto, Betancourt admite su simpatía marxista de los años treinta como algo natural a “tantos hombres y mujeres” de aquella época.  Pero esencialmente, el marxismo fue para él más que nada un instrumento eficaz para ayudarle a interpretar fenómenos históricos y procesos sociales que “antes sólo confusión me producían”.

         Lector de Hegel, Marx, Engels y otros autores de la corriente materialista, llegaría a sostener que esas mismas lecturas le condujeron a apreciar con sentido crítico al propio marxismo y “a no aceptar todas sus conclusiones, como quien admite verdades reveladas”.  Según Juan Liscano, co-autor de Multimagen de Rómulo, Betancourt distinguía clara y fundamentalmente la diferencia entre “un espíritu crítico abierto, en búsqueda de respuestas, capaz de servirse del análisis marxista, sin alienarse de él, y la actitud general de quien al seguir el mismo camino, termina aceptándolo todo en bloque, teoría y práctica, para sumirse en la autocensura y el servilismo o bien insurge tras años de servicio, contra la fe aceptada, en acto de herejía emocional”.

         En otras palabras, Betancourt era un convencido de que el marxismo llegaba a convertir en un sectario y fanático, a todo aquel que lo aceptara como una religión.  Lo admitía, simplemente, como un método de interpretación de los acontecimientos económicos y sociales, no como una teología o un dogma religioso.  Esta concepción era determinante para entender a cabalidad el pensamiento de aquel hombre.  Por ejemplo, creía que ese método de análisis de la realidad y la dialéctica que de él se derivaba, usado con inteligencia y libertad, según Liscano, “permitía elaborar la propia crítica, sobre todo a nivel de la práctica política”.

         Sin duda el caso más sobresaliente había sido el terrible impacto que en Betancourt produjo la lectura de un texto de Marx y Engels saludando alborozados la guerra emprendida por los Estados Unidos contra México, en los días del Presidente Polk, para anexarse Texas.  La reacción de Betancourt fue la de un latinoamericano que veía en esa interpretación, basada en un desconocimiento de las realidades hemisféricas, una falsa y errática concepción de política internacional que otorgaba, de hecho, una Patente de Corso al expansionismo imperialista norteamericano.

         Fue precisamente en las lecturas del marxismo, en la profundización del conocimiento del desarrollo de la Revolución Rusa que el joven líder venezolano encontró la senda del desencanto; lo que le permitió alejarse de esa doctrina.  Nos lo explica de manera inobjetable en sus escritos, cuando dice:

         “… para atemperar el entusiasmo hacia lo que se estaba haciendo en Rusia, y aún transformar la simpatía en repudio, comenzó a llegar a América el testimonio de León Trotsky.  Mi vida, su autobiografía escrita en Prinkipo, ejerció una decisiva influencia sobre mí; y definitivamente me substrajo a la tentación de ser un militante sometido a la disciplina vertical, totalitaria, castradora de toda espíritu  crítico, del Partido, como los burócratas  de la Tercera Internacional llaman su organización.  Así, simplemente, el Partido, como quien invoca una deidad terrible, siempre en posesión de la primera y última palabra.  Los crímenes del stalinismo descritos por Trotsky, tres décadas antes del famoso XX Congreso del Partido Bolchevique de la U.R.S.S. en el que Kruschev oficializó los espeluznantes relatos, fueron para mí un revulsivo contra el régimen soviético.”

         Algunos compañeros suyos desterrados, no asociaban la importancia en aquella época de sus afanosas lecturas de los teóricos del socialismo con el acontecer venezolano y latinoamericano.  Un dominicano, sin embargo, Juan Bosch –que sería en 1963 el primer presidente electo democráticamente- reconocía el valor de esas lecturas.  “El joven desterrado creía que sí había relación, buscaba el destino de Venezuela en el vasto mar de las ideas universales”.  Betancourt hace mención de esta cita de Bosch, escrito en 1950, época en la que entonces era “muy amigo mío y quien ahora (muchos años más tarde) no lo es, después de haber descubierto su Estrella de Belén en el sanhedrín del Tribunal Russell”.

         Betancourt admitía que los libros de Trotsky contribuyeron a su anti-stalinismo, sin llegar a convertirlo en un trotskista.

         “Era que existía una contradicción evidente entre su condenatoria de los crímenes del régimen staliniano, combinada con la airada denuncia a las violaciones en Rusia de los principios humanísticos del socialismo, y la obligación que se reclamaba a todos los revolucionarios del mundo de cumplir con una prioritaria e inexorable obligación: la de defender la Patria del Proletariado”.

         La cuestión, en su complejidad, resultaba simple.  Betancourt estaba interesado, por ser venezolano y no ruso, en defender primero los valores democráticos de Venezuela.  En segundo lugar estaban los de América Latina y, por último, los del resto del mundo.

         No hay lugar a interpretaciones en el sentido de que fue ese conocimiento pleno del curso de la Revolución moscovita lo que distanció a Betancourt, desde muy joven, de las filas de la izquierda extrema.  Como muy pocos de su tiempo, entendió a la perfección que tanto Lenin, como Stalin y el propio Trostky no eran en realidad, en la práctica, revolucionarios internacionalistas, sino fervientes nacionalistas rusos.

         Trujillo estaba muy lejos de esas inquietudes doctrinarias.  Su preocupación única era el poder y él lo ejercía en toda su dimensión.  A diferencia de Betancourt, con Trujillo los únicos métodos válidos de interpretación de la realidad, fuera política, social o económica, eran la represión y la intimidación, en cuya aplicación se le reconocía, sobre todo en los círculos de oposición, verdadero virtuosismo.

         A su frase de “y seguiré a caballo”, que le había inmortalizado ante sus servidores, podía anteponerse aquella posterior expresión de Betancourt que mejor compendiaba su concepción del poder y la democracia: “Otros tesoros, si los tuviera, pudiera perderlos, por los azares de la tornadiza fortuna.  Este tesoro, muy mío y no cotizable en bolsas de valores, de salir del ejercicio de la Presidencia de la República después de haber aportado un tenaz esfuerzo de alfarero para contribuir a la modelación de una Venezuela democrática, es algo que nadie podrá arrebatarme.  No aspiro ni deseo, después que Venezuela me ha dado en dos etapas de su historia la oportunidad de conducir sus destinos, a nada más y a nada menos que ayudar a nuestro país a seguir caminando por la buena vía que  trajina.  Los más suspicaces  y prejuiciados apreciarán cómo hago buenas mis palabras de no ser en el futuro factor activo y beligerante en la vida pública de la nación”.

         Ahí estribaba fundamentalmente la diferencia.  Por la mente de Trujillo, aferrado al poder y con largo historial de ejercitada voluntad de lucha para retenerlo a toda costa, no habría pasado nunca la idea de abandonarlo.  Mientras para uno la finalidad del Gobierno residía en la oportunidad de contribuir a edificar una democracia, para el otro consistía, pura y simplemente, en su “derecho” a ejercerlo contra toda voluntad ajena.

         Estos dos hombres eran capaces de generar los sentimientos más profundos a su alrededor.  Se les quería o admiraba con los mismos impulsos con que solía combatírseles.  Del mismo modo que frente a Trujillo se daban pasiones subalternas, así ocurría también con Betancourt.  Existían por igual trujillistas y anti-trujillistas como betancuristas y anti-betancuristas.

         Contrario a como sucedía con el dictador dominicano, el líder venezolano podía despertar entre sus adversarios políticos cierto grado de respeto o de neutralidad, aún en la peor de las situaciones.  Ejemplo eran  los exiliados dominicanos residentes en Venezuela opuestos a su política frente a la revolución castrista.  Los más radicales de estos grupos, solían reconocerle a Betancourt méritos imposibles de encontrar en Trujillo por sus opositores.

         Tal era el caso del doctor Dato Pagán Perdomo, un dirigente de izquierda del exilio dominicano, quien no obstante sus reservas a la política anti guerrilla del presidente venezolano, veía en él a un líder con un historial de grandes servicios a la causa de la libertad.  Pagán entendía, según entrevista con el autor, que Betancourt “con sus defectos, era digno de respeto y un demócrata”.

         Frente a Trujillo, en cambio, no existían términos medios.  Su régimen, demasiado prolongado y violento, no dejaba espacios a la neutralidad.

         La fuerte e irracional veneración que despertaban entre legiones de seguidores, era, quizás, el único lazo común entre ellos.  Separado por el tiempo y la distancia, ambos habían provocado escenas de fervor casi religioso en sus países.  Liscano menciona el caso siguiente: “Era de mañana y el calor estaba ya crecido.  Cuando el Presidente salió del estrecho local colmado de gente, transpiraba.  Yo iba detrás de él.  Vestía de dril blanco, estaba encorbatado con camisa azul y tocado con sombrero de Panamá.  El Presidente y la comitiva, rodeados de gente, apresuraban el paso hacia los autos para seguir viaje.  Sentí de pronto que me empujaban hacia atrás y se me adelantaban.  Se pusieron detrás del Presidente Betancourt, en el sitio que yo había ocupado.  Llevaban algo que le acercaron a la nuca.  El Presidente volteó la cabeza llevándose la mano al sitio rozado.  Ya habían desaparecido.  Me dejé ir hacia ellas.  Una desplegaba el pañuelo y le decía a la otra, arrobada: ‘Sí, aquí la tengo’.  Mostraba la leve humedad del sudor recogido de esa manera subrepticia.  Más allá, mujeres y hombres humildes se agolpaban al borde de la carretera para aplaudirlo y saludarlo.  En una ocasión en que el vehículo se detuvo, una madre renegrida que cargaba a su hijo, lo metió hasta medio cuerpo por la ventanilla, rogándole al Presidente que le pusiera la mano en la cabeza para que al niño ‘le saliera algo en la vida’.

         Similares escenas de devoción se producían con Trujillo.  El doctor Joaquín Balaguer, el último de sus cuatro presidentes “postizos”, como él se llama a sí mismo en Memorias de un Cortesano de la Era de Trujillo, relata en otra obra, La Palabra Encadenada, que si el dictador “penetró hondamente en el corazón del pueblo hasta conseguir que se le venerara como a un ídolo en muchos hogares humildes y en muchos rincones del territorio nacional hasta donde llegó su fama revestida de cierta aura mística, fue porque supo conducirse como un intérprete perfecto del alma dominicana”.

         En sus seis años de desempeño bajo el régimen trujillista, como Secretario de Estado de Educación, Balaguer llegaría a ver en muchas escuelas rurales, algunas de ellas perdidas en plena montaña, “una vela encendida al pie de un retrato de Trujillo, señalándolo a la niñez que lo venerara como un santo”.

         Las mayores diferencias entre estos dos colosos, cada uno en su dimensión, residían, sin embargo, en sus vidas privadas.

         Betancourt contrajo matrimonio con una maestra de primaria, Carmen Valverde Zeledón, durante los días difíciles de exilio en la época de Gómez.  De esa unión nació Virginia, su única hija.  Fueron, hasta la muerte de su esposa Carmen, los grandes amores de su vida, además de la política.  No se les conocían extravíos en el aspecto sentimental y su matrimonio sobrevivió por décadas a los avatares de las cruentas luchas políticas, los exilios y las revoluciones.   No le quitaba el sueño el dinero y en los años de mayor gloria, cuando ejercía el poder, carecía de vivienda propia, residiendo en una quinta alquilada, llamada “Los Núñez”.

         En cambio, Trujillo amaba demasiado el dinero y de él emanaba buena parte de su poder real.  Robert D. Crassweller, uno de sus biógrafos más importantes, lo describe así: “Fue un ególatra, en ocasiones hasta rayar en la megalomanía.  Era codicioso.  Su sensualidad y su instinto sexual fueron extraordinarios.  No era meramente amoral, sino profundamente inmoral.  Amó desmesuradamente la pompa y el drama en cada acto de su vida: la deliberada teatralidad de su régimen, especialmente en los últimos años, nunca fue enteramente comprendida, ni siquiera por los más cercanos de los observadores extranjeros”.

         Algunos de esos defectos pronunciados de su personalidad tendían a recrudecerse a medida que se hacía viejo y su régimen se corrompía.

         Trujillo mostraba debilidad y aprecio excesivo por los homenajes y las condecoraciones, aunque el doctor Balaguer, uno de sus principales colaboradores a lo largo de sus tres décadas como “jefe” único del país, escribiría que ese “amor desmedido” a las condecoraciones, a los uniformes vistosos y a los espectáculos, “fue también uno de los sistemas que utilizó para influir sobre el corazón impresionable y sencillo de gran parte de la población dominicana”.

         Por su parte, Betancourt manifestaba cierta tendencia al desprecio de estas manifestaciones de la vanidad.  La clase de homenaje que le atraía era aquel que significó, en 1961, la visita a Caracas del Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, un hombre a quien admiraba sinceramente y quien llegara a aclamarlo a él por haber realizado “un sólido y responsable programa de progreso económico después de una década de falsa demostración, dispendio e indiferencia a las necesidades del pueblo venezolano”.

         Aún en sus concepciones concernientes a sus respectivas herencias materiales, estos hombres diferían.  Trujillo se inclinaba por la pompa, que ayudaba a encubrir sus complejos sociales y las construcciones de plantas físicas.  Llenó el país de edificios y puentes, muchos de los cuales no sobrevivieron a su régimen.  Cada una de esas edificaciones, en el fondo, constituía un monumento a sí mismo.  “Tenía afición”, dice Crassweller, “a construir, a producir grandes y sorprendentes efectos, y a transformar el terreno.  Siempre estuvo suspendido sobre algún abismo interior, algún sentimiento repulsa, en el que insatisfechas aspiraciones sociales jugaron su parte”.

         Betancourt era lo opuesto.  Su legado material, en términos de construcciones físicas, no sería tan visible.  El tipo de edificación que obsesionaba a Trujillo jamás ocupó lugar importante dentro de sus prioridades.  Su huella sobre la nación resultaría, empero, mucho más profunda.  Sus aportes al futuro venezolano serían de otra naturaleza, como la reducción del analfabetismo, el desarrollo de la industria petroquímica, el mejoramiento de la seguridad social, el fortalecimiento de las instituciones democráticas y la exaltación de la dignidad ciudadana.  La fortaleza de esa herencia era inexpugnable.  En esto estribaba la cuestión: a uno le obsesionaba la temporalidad, lo fácilmente tangible.  El otro trataba de penetrar el futuro.

         El dictador antillano era la encarnación viva del poder en su esencia más rudimentaria.  Betancourt creía en la democracia y luchaba por ella.

         Constituiría una imperdonable equivocación, sin embargo, subestimar la capacidad de Trujillo en lo referente a sus obligaciones dentro de su percepción personal del poder.  Crassweller profundiza en ese aspecto de la personalidad del Generalísimo.

         “Se le ha comparado con Napoleón; con los emperadores de Bizancio que encarnaron tanto a Cristo como al Anticristo; con Kemal Ataturk, el fundador de la Turquía moderna, quien ahorcó a sus opositores y construyó un Estado; con los refinados príncipes y los tiranos de la Italia del Renacimiento; con César Borgia, el hijo del Papa, cuyas sutiles intrigas proveyeron las máximas de Maquiavelo; con Maquiavelo mismo; con una larga serie de caudillos hispanoamericanos; con Stalin, cuyo poder interno fue probablemente menos completo que el de Trujillo, con Hitler y, según el propio Trujillo aprobaba, con Constantino el Grande y Pipino el Breve”.

         Fue, en esencia, una mezcla de todos ellos y según Crassweller si necesario fuera incurrir en comparaciones, su esencia y su estilo hallaron sus más cercanos parangones en los déspotas orientales de los tiempos antiguos –los soberanos de Persia, de la India y de la China-, cuyos sistemas de poder absoluto siguen siendo hoy la más pura expresión de dominio personal en la historia.

         No hay dudas de que también fue un genio del poder, como admite su biógrafo.  “Las contradicciones, flaquezas y caprichos de su personalidad encuadran en una especie de patrón una vez que unas y otros son agrupados en torno del instinto del poder como una corriente central.  El poder fue el gran río de su ser, que corre de una extremidad a otra de su vida.  De él fueron tributarias todas las demás cualidades de su mente, de su espíritu y de su voluntad”.

         Los testimonios de aquellos que permanecieron a su lado, fuera en los años de gloria como en los tiempos de decadencia, han resultado útiles para entender la personalidad del dictador.  Uno de los hombres que tal vez mejor lo comprendió, fue el doctor Balaguer.  En La Palabra Encadenada, para algunos un intento de justificación de su propio papel en aquel régimen, el después siete veces Presidente dominicano relata: “Los diferentes grupos de colaboradores actuaban en las actividades que le eran naturalmente asignadas.  Ante sus servidores honestos, ante los hombres decentes del país, Trujillo apareció siempre como un dechado de virtudes.  Jamás se le hubiera ocurrido mencionar un crimen fuera del círculo de los hombres a quienes tenía escogidos para esa clase de actividades”.

         “Los colaboradores de su mayor confianza se enteraban de las atrocidades que cometían los agentes del Servicio de Seguridad en la misma forma que el resto del país: por el rumor público o por la inserción tergiversada de la noticia en los diarios oficiales”.

         Según Balaguer, cada uno de los miles de hombres que pasaron frente al escritorio del déspota en el curso de sus treinta años de dictadura, produjeron en él una impresión distinta.  “Unos les complacieron, otros le causaron un efecto desagradable, y muchos fueron objeto de su antipatía y a todos los trató a puntapiés cuando lo creyó necesario.  Cuando decía ‘no me gusta fulano’, era porque adivinaba en el sujeto algo que no le hacía acreedor de su confianza.  Rara vez fallaba.  El mismo conocimiento que tuvo del corazón ajeno, desarrolló en él un triste concepto sobre la condición humana.  No creyó en la buena fe ni en la decencia de los hombres.  Todos tenían su precio y todos eran capaces de venderse por un cargo o por una suma de dinero.  Por esto trató a puntapiés a la mayoría de sus colaboradores.  Por eso sólo abrió a muy pocos su bolsa y a ninguno su corazón”.

         Una anécdota extraída del círculo íntimo que le rodeaba proyecta la verdadera dimensión de la personalidad de Trujillo.  En las postrimerías de 1956, varios de sus colaboradores comentaron en su presencia, según narra Balaguer en el libro citado, la última encíclica del Papa Pío XII.  Con el propósito de halagar al Generalísimo, uno de sus cortesanos, Rafael Paíno Pichardo, expresó que así como el Papa era el representante de Dios ante el género humano, Trujillo lo era a su vez en la República Dominicana.  Sorprendido “y acaso desagradado por aquella comparación bombástica”, el dictador reaccionó exclamando con ademán autoritario:

-¡No señor, a quien yo represento aquí es a Satanás!

         Trujillo carecía del sentido de la amistad verdadera.  Conforme al relato de Balaguer “su amistad estaba siempre llena de recelos, cargada de reservas”.

         Obvio resulta que mientras para Trujillo el poder era parte de su instinto, para Betancourt era sólo un instrumento para el logro de metas e ideales definidos.  Dos líderes así no podían jamás comunicarse ni entenderse.

         Rafael Leonidas Trujillo Molina nació en el pequeño poblado de San Cristóbal, veinte kilómetros al suroeste de Santo Domino, el 24 de octubre de 1891.  Sus padres fueron José Trujillo Valdez, mediano comerciante, y Altagracia Julia Molina, hija de un campesino dominicano y de una mujer hija a su vez de un oficial haitiano de los tiempos de la ocupación entre 1822 y 1844.

         Su infancia es la historia normal de un chico de cualquier aldea de un país pobre y subdesarrollado en los tormentosos años finales del siglo pasado y comienzos del actual.

         Su educación no hizo de él ningún ilustre pensador.  Pero desde muy pequeño evidenció síntomas de las inclinaciones que marcarían los derroteros de su existencia.  Se distinguió de sus compañeros y hermanos por su irrefrenable decisión de superar las limitaciones que su condición le imponía.  Siendo un mozalbete comenzó a diferenciarse del resto de los muchachos de su edad por su pulcritud en el vestir.  Esta marcada preferencia por lucir bien, solía granjearle riñas con uno de sus tíos, Plinio Pina, a causa de que se ponía las mejores ropas de éste.  Con el tiempo, el buen vestir se convertiría en una de sus grandes obsesiones.

         Una de las etapas más importantes de su formación transcurrió entre 1910 y 1916, período en el que se le acusó de actividades delictivas, como hurto de ganado y falsificación de un cheque o pagaré, delito este último por el cual fue enviado a la cárcel.  Fue la época en que también contrajo el primero de sus tres matrimonios, 1913, del cual naciera su primera hija, Flor de Oro.

         El camino que lo condujo directamente al poder se abrió para él durante el período de la primera ocupación norteamericana iniciada en 1916, que lo transportaría de un empleo sin demasiadas perspectivas en un ingenio azucarero a las filas de la recién formada Guardia Nacional, de la que llegaría a ser, en el plazo de pocos años, su comandante en jefe.  Su ingreso al cuerpo ha sido establecido por biógrafos e historiadores en el año de 1918, cuando después de desarmar a la población, el Gobierno Militar norteamericano procedió a crear lo que sería después la base del ejército del país.

         Confiado en que el nuevo cuerpo armado ampliaría sus oportunidades, solicitó su ingreso enviando una carta al coronel D.F. Williams, acompañada de una recomendación escrita de la administración del ingenio donde trabajaba.  El Gobierno de ocupación aprobó su solicitud el 27 de diciembre de 1918 y el 11 de enero siguiente lograba su ingreso como teniente.  Para entonces había sólo dieciséis personas con ese rango y él figuraba en la lista con el número quince.

         Fue en esos tiempos, aún casado con su primera esposa, una humilde campesina de San Cristóbal, que sufriría su primer fracaso social, al serle rechazada una solicitud de ingreso al club social de El Seibo, una ciudad situada en el extremo oriental del país.  Este rechazo alimentó en él resentimientos de tipo social que dominarían más tarde actuaciones suyas como gobernante.

         No obstante, las perspectivas lucían excelentes para este pujante oficial que en 1921 dio un paso adelante al permitírsele su ingreso a una Academia Militar creada por el ejército de ocupación.  A partir de este momento emprende una vertiginosa carrera de ascenso que culminaría con su designación como general de brigada en 1927.

         El historiador dominicano Franklin J. Franco, en su obra El Trujillismo: génesis y rehabilitación, resume de la forma siguiente el rápido tránsito de Trujillo al poder: “A finales de la década de los veinte, el presidente Horacio Vásquez era un presidente solitario.  El país era un hervidero de protestas contra la reelección y la corrupción, era a su vez, un hervidero de conspiraciones. A la cabeza del movimiento de oposición, compartiendo igual posición con los grupos de la oligarquía tradicional, estaba de nuevo la pequeña burguesía urbana y rural, conjuntamente con algunos sectores del comercio importador y exportador, de la región del Cibao y de la capital, principales afectados por los rápidos jalones de la crisis norteamericana.  Cuando la situación estuvo madura, la larga mano de la legación norteamericana movió su ficha clave: Rafael L. Trujillo, para entonces Jefe del Ejército y General de Brigada”.

         Fue en Santiago, según Franco, “donde se originó un movimiento cívico militar cuyo objetivo era el derrocamiento del Presidente Vásquez.

         “El representante civil era el licenciado (Rafael) Estrella Ureña, y Trujillo, el militar.  Los rebeldes planearon un ataque a la fortaleza de Santiago; luego de la toma de la fortaleza partieron hacia la capital”.  Entonces, asediado por todas partes, el Presidente Vásquez llamó al General Trujillo para que hiciera frente a la insurrección.  Trujillo alegó encontrarse imposibilitado de cumplir con esa misión por estar enfermo, y cuando Vásquez se presentó a la fortaleza Ozama, en Santo Domingo, sede del cuartel general del Ejército, Trujillo le aseguró su completa adhesión y lealtad.

         Pero el Jefe del Ejército tenía sus propios planes e ignoró las instrucciones del Presidente colaborando con los rebeldes.  Tras el triunfo del movimiento y la salida de Vásquez del poder, se organizaron elecciones que Trujillo ganó en base al terror y las manipulaciones.  En 1930 se iniciaba así la más larga tiranía que conociera jamás la República Dominicana.

         No existían parangones entre esa carrera hacia el poder y las agotadoras luchas revolucionarias de Rómulo Betancourt, marcadas por períodos de largos exilios.

         Nació en Guaitire, Estado de Miranda, el 22 de febrero de 1908, del matrimonio de Luis Betancourt, un inmigrante canario, y Virginia Bello, una campesina venezolana.  El año de su nacimiento tendría un sentido simbólico en la vida del futuro Presidente de Venezuela, porque fue en ese año que Juan Vicente Gómez, al que él tanto combatió, asumió el poder tomando por el cuello las libertades de su pueblo.

         Luego de estancias compartidas, a veces fugaces, en Curazao, Santo Domingo y Costa Rica, que consolidan su liderazgo en el exilio, Betancourt puede regresar a Venezuela en 1936, tras la muerte de Gómez el año anterior.  Este hecho implica para él nuevas y más arduas batallas políticas.  Pero es en los años siguientes, dentro del contexto de inestabilidad social y política que sacude al país, que se refuerza su liderazgo.

         Los gobiernos de los generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, herederos del poder gomezcista, acentúan las confrontaciones internas que culminan en el golpe del 18 de octubre de 1945 como consecuencia del cual se instala la Junta Revolucionaria de Gobierno.  La junta presidida por Betancourt queda responsable de organizar elecciones democráticas.  En ellas resulta ganador Rómulo Gallegos, a quien Betancourt entrega el solio presidencial en un gesto encomiable de conciencia democrática.

         El país, no obstante, estaba aún bajo los efectos de la agitación y las influencias de las corrientes militares más conservadoras.  En 1948 un golpe militar, que terminaría más tarde elevando al poder al General Marcos Pérez Jiménez, cercena ese primer experimento democrático y obliga a Betancourt a volver al exilio.

         Los acuerdos tomados en 1958 en la ciudad de Nueva York conjuntamente con Jóvito Villalba, líder de Unión Republicana Democrática, y Rafael Caldera, presidente del partido Demócrata Cristiano, COPEI, desatan las movilizaciones de los días 21, 22 y 23 de enero de 1958, que obligan a Pérez Jiménez a renunciar y abandonar el país, poniendo término a una década de sangrienta dictadura.  Su regreso del exilio, cargado del mérito de estas luchas contra el despotismo militar, le sitúa de nuevo al borde del poder. Tras una difícil campaña electoral que culmina el 7 de diciembre de ese mismo año alcanza la Presidencia de la República.

         Con el apoyo del cincuenta por ciento del electorado que votó por él, frente a las candidaturas de Rafael Caldera y el presidente provisional, contralmirante Wolfgang Larrazábal, Betancourt asume por segunda vez la Presidencia de Venezuela, el 13 de febrero de 1959.

         Su ascenso al poder reavivaría las pasiones que habían llevado a los conspiradores de los misteriosos vuelos del “Cabrito” a aliarse a Trujillo para derrocarle o acelerarle el camino hacia la tumba.

Posted in La Ira del Tirano
agency orquidea

Más contenido por Miguel Guerrero