​¿Qué tienen en común el diagnóstico de anemia en un paciente y la observación de un pulpo en las costas del mar Egeo en el siglo IV antes de Cristo?

Si escudriñas encuentras la respuesta: Aristóteles

​Por: Dra. Minerva Cornelio

Mucho antes de que existieran los microscopios, los hemogramas o la comprensión de la circulación, la humanidad ya intentaba descifrar el mapa líquido que nos mantiene vivos. Y lo hizo dividiendo el mundo en dos.

​El filósofo estagirita, considerado el padre de la biología, se dio cuenta de que la naturaleza compartía un código de color. En sus tratados zoológicos, clasificó al reino animal utilizando la presencia o ausencia de un fluido vital rojizo. Así nacieron dos conceptos que marcarían el rumbo de la ciencia: los Enaima (los animales «con sangre») y los Anaima (los seres «sin sangre»).

​Para Aristóteles, los Enaima —donde nos incluimos junto a mamíferos, aves y peces— poseían el monopolio del «calor innato», una energía mística que residía en el corazón y que permitía a los nutrientes ser transformados en vida. Por otro lado, los Anaima —como los insectos, pulpos y cangrejos— albergaban un líquido transparente o linfático que el filósofo consideraba de menor jerarquía espiritual. Sin saberlo, con esta división binaria, Aristóteles estaba dibujando de forma casi milimétrica la frontera entre lo que hoy la medicina y la biología moderna denominan vertebrados e invertebrados.

​El eco de aquella intuición macroscópica resuena con fuerza en los pasillos de las centros de salud. La palabra Anaima (sin sangre) es la madre biológica y etimológica de un término que los médicos pronuncian a diario: anemia. Pacientes que clinicamente se caracterizan por palidez, debilidad, cansancio, edema de miembros inferiores, taquicardia, alteraciones del patrón menstrual, alteraciones neurológicas y gastrointestinales, nos revelan un descenso en su nivel de hemoglobina; pareceria como si usaramos el lente de los antiguos griegos, claro, despejado de misticismo.

Los pacientes con anemia deben ser investigados, sus causas son múltiples: carencias de vitaminas (hierro, B12, ácido fólico), hereditarios ( Falcemia, Talasemias), enfermedades crónicas ( Diabetes, Lupus), enfermedades malignas (Leucemias, Mieloma, Cáncer de colon), dentro de muchas otras situaciones clinicas, por lo tanto, implican un accionar diferente desde el punto de vista de investigación, tratamientos y pronósticos.

Cruzar el puente entre la filosofía griega y la hematología del siglo XXI nos recuerda que la ciencia no avanza borrando el pasado, sino releyéndolo. Aquellos pensadores que observaban el mar buscando el origen de la vida nos heredaron algo más que palabras: nos legaron la estructura lógica con la que hoy seguimos intentando comprender los misterios de nuestra propia salud.

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