Producción, nuevas variedades y la modernización de los molinos sostienen uno de los principales alimentos de RD
El arroz que llega a la mesa de los hogares dominicanos es el resultado de una actividad que comienza mucho antes de que el grano aparezca empacado en los establecimientos comerciales.
Detrás de cada libra hay productores, semillas, preparación de terrenos, labores de cultivo, cosecha, secado, limpieza, molienda y una red de comercialización que conecta el campo con el consumidor.
La industria arrocera comprende al productor, procesador o molinero, comercializador y los suplidores de materias primas e insumos. Cada parte cumple una función dentro del proceso y sus resultados dependen, en buena medida, de que las etapas agrícolas e industriales puedan desarrollarse coordinadas.
En las fincas se decide una parte importante de la calidad y del rendimiento que tendrá la cosecha. La variedad utilizada, las condiciones del terreno, el agua disponible, el manejo de las malezas y las enfermedades, así como el momento de la siembra, influyen en el resultado. Luego, la cosecha debe pasar por procesos que permitan conservar el grano y prepararlo para su transformación.
La producción nacional de arroz blanco pasó de aproximadamente 9.2 millones de quintales en 2005 a cerca de 14.8 millones en 2025, de acuerdo con cifras presentadas por las autoridades este año. En ese último período, la productividad alcanzó 5,477.75 kilogramos de arroz paddy (recién cosechado, en cáscara antes de llegar al molino) por hectárea.
Entre las variedades que se han extendido en los campos arroceros figuran la LRC Juma 69-20, Lucero, LRC Juma 70-22, Sabina FL, Torazo FL y Juma 68-18. En datos presentados en 2025, las seis concentraban alrededor del 90% del área nacional sembrada, mientras otras variedades ocupaban la superficie restante. La LRC Juma 69-20 representaba 44.87% del área y Lucero, 29.76%; las demás tenían participaciones menores.
En la trayectoria de la investigación arrocera dominicana aparecen, además, Prosequisa 4, Prosequisa 5, Juma 67, IDIAF 1, Yocahú CFX 18, Cristal 100, Prosequisa 10, Palmar 18, Quisqueya, Cultá y Jaragua. Estas variedades difieren en su ciclo vegetativo y en otras características de la planta y del grano. Yocahú CFX 18 y Cristal 100 han sido valoradas por sus rendimientos en molino y su calidad culinaria. Los avances más recientes incluyen las variedades LRC Juma 69-20 y LRC Juma 70-22, además del potencial de la Juma 71-25, señalada por su tolerancia a determinadas moléculas herbicidas. Esa característica puede ayudar al control de malezas y contribuir a reducir los costos de producción, aunque sus resultados deben evaluarse según las condiciones de uso y manejo en el campo.
También se ha trabajado con la línea J4056-1-2, tolerante al herbicida isoxaflutole. La investigación busca ofrecer herramientas para controlar malezas, incluidos arroces rojos o contaminantes, y recuperar terrenos afectados por esos problemas. La tecnología descrita corresponde a inducción mutagénica, un procedimiento que provoca cambios en el material genético sin introducir genes de otras especies. Según la información suministrada por Bio-Arroz a elCaribe, el país no comercializa variedades de arroz genéticamente modificadas.
La siembra del arroz se organiza en dos etapas en República Dominicana; la primera de ellas es la de primavera. Comienza en diciembre y se extiende hasta mayo; la segunda va de junio a noviembre. Las siembras realizadas entre septiembre y noviembre suelen considerarse marginales por los rendimientos más bajos que pueden ofrecer. La primera etapa tiene mayor importancia productiva, mientras que la segunda está más expuesta a condiciones que pueden afectar el resultado de las cosechas. Una vez recogido, el arroz debe acondicionarse para que pueda almacenarse y procesarse.
El secado reduce la humedad del grano; la limpieza separa materiales extraños y restos de la cosecha. Después, el producto pasa a la molienda, donde se retira la cáscara y se realizan las operaciones necesarias para obtener el arroz blanco. El manejo en estas fases influye en la conservación y la proporción de grano entero que puede comercializarse.
La modernización de los molinos ha incorporado equipos para secar, limpiar, clasificar y procesar el cereal con mayor precisión. Parte de esa tecnología procede de Alemania y otros países europeos, así como de Brasil, Japón y China.
La selección industrial permite retirar granos que no cumplen con los parámetros visuales buscados y separar el producto según su calidad. El color, el brillo, la homogeneidad y la proporción de granos partidos inciden en la presentación final. Los sistemas de empaque también han evolucionado para proteger el arroz y darle una apariencia adecuada en supermercados y otros puntos de venta.
La clasificación comercial incluye denominaciones como premium, súper selecto, selecto B, superior A y superior B. Aunque las características específicas dependen de los criterios aplicados, estas categorías se relacionan con la apariencia y la proporción de granos enteros o quebrados. Un arroz homogéneo, sin manchas y con brillo uniforme puede alcanzar una clasificación superior; cuando aumenta la proporción de granos partidos, cambia la categoría comercial.
Entre las factorías del país se encuentran empresas como Coopearroz, Pimentel & Compañía, Bisonó, Font Gamundi y Yuna. La competencia por conservar espacio en el mercado ha impulsado la actualización de equipos y presentaciones. Un molino que no mejora sus procesos se arriesga a perder capacidad para responder a consumidores que comparan la calidad de los productos disponibles. Entre factoría y consumidor intervienen distintos agentes; el precio final no depende exclusivamente del costo de producir arroz en finca.
El costo estimado para la producción de una tarea
De acuerdo con los datos del Ministerio de Agricultura y de Fenarroz, en 2019 el costo estimado de producción de arroz mediante siembra directa era de RD$5,863.42. Dos años después, una estructura de costos variables atribuida a Fenarroz situó la inversión en RD$7,900.40 por tarea, incluidos financiamiento e imprevistos. La diferencia entre ambas cifras era para entonces de RD$2,036.98, equivalente a un 34.7%. Según los números de federación, correspondiente a 2021, los insumos absorbían RD$4,513.50 por tarea, mientras que la mano de obra requería RD$1,267.60 y la preparación del terreno RD$887.50.
Bajo regla
La fijación de precios y las condiciones de venta han estado sujetas a mecanismos de coordinación sectorial
