El maestro de física Estarlin Javier Torres, docente del instituto superior especializado en negocios a distancia (ISEND), ha puesto sobre la mesa un análisis crítico sobre la transformación que atraviesa la educación superior en la República Dominicana, marcada por la consolidación del enfoque por competencias.
En un artículo reciente, el también profesor de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) destaca que los rediseños curriculares impulsados por universidades del país no representan simples ajustes técnicos, sino una redefinición profunda de cómo se forman los profesionales y cuál es su propósito en la sociedad actual.
Torres recuerda que este enfoque tiene raíces en las propuestas del psicólogo David McClelland en la década de 1970, quien promovió la evaluación de las competencias por encima de la inteligencia tradicional, orientando la educación hacia el desempeño práctico y las capacidades demostrables.
El docente subraya que el contexto actual, caracterizado por la innovación tecnológica, la incertidumbre y el auge de la inteligencia artificial, exige una educación más conectada con la realidad. En ese sentido, menciona los esfuerzos del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología para impulsar una transformación estructural del sistema educativo, alineada con el desarrollo económico y el mercado laboral.
No obstante, advierte que el verdadero desafío no radica únicamente en modernizar los programas académicos, sino en definir el tipo de profesional que necesita el país. “Necesita personas con pensamiento crítico, criterio para distinguir información confiable, capacidad para interpretar evidencias y madurez para tomar decisiones con impacto social”, plantea.
Asimismo, Torres resalta que organismos internacionales como la UNESCO han insistido en la necesidad de formar estudiantes que no solo utilicen la inteligencia artificial, sino que también la comprendan, la cuestionen y la empleen de manera ética.
Otro de los puntos centrales de su reflexión es el papel de la investigación en las universidades. Según el docente, esta debe dejar de ser un requisito aislado y convertirse en una práctica transversal que fomente la capacidad de cuestionar, analizar y generar soluciones concretas a los problemas del entorno.
El maestro concluye que el país necesita instituciones de educación superior que vayan más allá de otorgar títulos, apostando por la formación de individuos capaces de aprender de manera continua, producir conocimiento relevante y transformar sus comunidades.
“La República Dominicana necesita universidades que no solo otorguen títulos, sino que formen personas capaces de aprender durante toda la vida, de usar la tecnología con criterio, de producir conocimiento relevante y de transformar sus comunidades. En un mundo en constante cambio, esa quizá sea la competencia más importante de todas”, enfatiza.
Artículo íntegro:
La educación dominicana está viviendo un momento de cambio. El enfoque por competencias, que ya venía ganando espacio en otros niveles del sistema, ahora entra con más fuerza en las instituciones de educación superior. Los rediseños curriculares que hoy realizan muchas universidades no son un simple ajuste técnico; en el fondo, expresan una nueva manera de entender cómo formamos a los profesionales y, sobre todo, para qué los formamos.
Aunque hoy este debate atraviesa todo el sistema educativo, conviene recordar que uno de los impulsos más influyentes del enfoque por competencias apareció en los años setenta con David McClelland. Su planteamiento de evaluar la competencia más que la inteligencia ayudó a mover la discusión hacia el desempeño real, las capacidades demostradas y la formación orientada a la práctica. Con el tiempo, esa mirada encontró en la educación superior, especialmente en la formación docente y en áreas profesionalizantes, uno de sus espacios de aplicación más visibles.
Por eso no resulta extraño que hoy las universidades dominicanas estén colocando este enfoque en el centro de sus reformas. La diferencia es que ahora el contexto es más exigente: vivimos en un mundo que cambia rápido, marcado por la innovación tecnológica, la incertidumbre y la presencia creciente de la inteligencia artificial en la vida cotidiana. En esa dirección, el propio Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología ha hablado recientemente de una transformación estructural del sistema nacional de educación, vinculada de manera más directa con el empleo, el desarrollo económico y las necesidades reales del país.
Ante esta realidad, la pregunta es inevitable: ¿responderá este enfoque a las necesidades formativas que tiene la República Dominicana para enfrentar el presente y el futuro? Para mí, esa pregunta no puede responderse solo con nuevos documentos curriculares ni con discursos sobre modernización. Lo que está en juego es el tipo de estudiante y de profesional que estamos formando.
Un país como el nuestro no necesita únicamente jóvenes que sepan usar herramientas digitales o repetir conceptos modernos. Necesita personas con pensamiento crítico, criterio para distinguir información confiable, capacidad para interpretar evidencias y madurez para tomar decisiones con impacto social. Eso significa que las universidades no pueden conformarse con enseñar a usar plataformas o aplicaciones. Tampoco basta con agregar una asignatura sobre tecnología y dar el tema por resuelto.
Formar para este tiempo exige algo más profundo: estudiantes con dominio de su área, capacidad para contrastar información, habilidad para interpretar evidencias y compromiso para actuar con responsabilidad transformando sus contextos. La propia UNESCO ha insistido en que la educación debe preparar a los estudiantes no solo para usar la inteligencia artificial, sino también para comprenderla, cuestionarla y participar en ella de manera ética y significativa. Su marco de competencias en IA para estudiantes organiza ese desafío en 12 competencias distribuidas en cuatro dimensiones.
Además, las instituciones de educación superior tienen que asumir la investigación como un verdadero motor para producir conocimiento pertinente para cada territorio. Esa investigación no puede seguir viéndose como algo aislado, reservado solo para una tesis, una monografía o un requisito de graduación. Debe convertirse en una cultura transversal que atraviese toda la vida universitaria, desde el grado hasta el posgrado, y que forme estudiantes capaces de preguntar, analizar, crear y diseñar soluciones desde lo que saben. Cuando la investigación se integra de verdad a la formación, no solo fortalece las competencias académicas y profesionales, sino que también permite que los futuros egresados comprendan mejor su contexto laboral y social, y puedan transformarlo con propuestas concretas, útiles y con sentido.
La República Dominicana necesita universidades que no solo otorguen títulos, sino que formen personas capaces de aprender durante toda la vida, de usar la tecnología con criterio, de producir conocimiento relevante y de transformar sus comunidades. En un mundo en constante cambio, esa quizá sea la competencia más importante de todas.
