El rol del partido languidece durante ejercicio del poder

Nueva ley 33-18 llama a fortalecer capacitación de los cuadros políticos y de líderes con reglas claras y principios éticos

Si el partido es un instrumento para la búsqueda del poder, cuando lo alcanza su rol luce difuso hoy en día en la política dominicana si se trata de entender su papel en la toma de decisiones que ayudan a la gobernanza del Estado.

Al analizar los últimos 22 años de vida democrática, es evidente que las organizaciones han ido perdiendo su rango como “partido gobernante” o no funcionan como contrapeso de manera integral en la oposición, para convertirse solo en instrumentos necesarios para captar votos cada cuatro años.

Con ciertas reservas, antes las decisiones que se tomaban a lo interno de los partidos, de una u otra manera, tenían repercusión en el Ejecutivo, a pesar de que las instrucciones que imperan siempre han sido “a discreción del presidente”.

¿El partido gobierna? Contrario a lo que ocurre en otros países, poco a poco los gobiernos nacionales han ido cerrando puertas en ese sentido; incluso, no está claro si el partido es un canal para estimular la gobernanza, o viceversa.

Cuando el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) asumió el poder en el año 1996, con un joven líder político como Leonel Fernández, aún la figura del profesor Juan Bosch (1906-2001) era una garantía de unidad y las decisiones de la organización morada que fundó en 1973 tenían notable peso para ponerlas a funcionar en el gobierno.

Se recomendaban cargos públicos en las Secretarías (hoy Ministerios); de hecho, el mismo Danilo Medina (quien era una especie de enlace entre el PLD y el gobierno) posicionaba los funcionarios cuando fue secretario de la Presidencia en los dos primeros gobiernos de Leonel (1996-2000 y 2004-2006).

Tras la muerte de Juan Bosch (1 de noviembre de 2001, a los 92 años) y el posterior nacimiento de la rivalidad entre danilistas y leonelistas a lo interno del PLD, es evidente que esas pugnas han obligado a cada una de esas dos corrientes a ser celosas a la hora de determinar cómo el partido se relaciona con el poder y cómo se toma en cuenta a los “compañeros” en la conducción del gobierno.

El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) también tuvo problemas con la cuota de poder en su gobierno del 2000-2004, que encabezó el expresidente Hipólito Mejía, una relación que se agravó cuando éste se impuso con la reelección presidencial a lo interno de esa organización política, lo cual contradecía los principios del partido blanco fundado en 1939 y motivó la salida de varios dirigentes de peso del PRD, como Hatuey De Camps.

Con Danilo Medina se observa un divorcio entre el aparato organizacional del Partido de la Liberación Dominicana y la toma de decisiones en la Administración.

Hay quienes en el PLD, entre ellos leonelistas, se han quejado de que en el gobierno no se les toma en cuenta, al tiempo de señalar a elementos de la sociedad civil como preferidos del Presidente o su entorno para ingresar al tren gubernamental.

Aunque el presidente tiene su gente y sus equipos, se ha entendido que él es quien decide los viceministros, asesores y directores, entre otros cargos de envergadura, sin darle una notable cuota de confianza al partido, organización que carece de un papel definido para sugerir funcionarios.

Pero el PLD sigue siendo la maquinaria responsable de buscar los votos necesarios para ganar elecciones. De ahí que la lucha por su control impacta la unidad interna.

A esto se agrega la ausencia del partido en el poder de los grandes debates políticos y de las decisiones que afectan el país en general. De hecho, queda relegado al olvido en las diferentes instancias, comisiones económicas y políticas, que antes cobraban relevancia para decidir los graves problemas que afectan a la nación.

Pero la escasa partición en los debates de los asuntos nacionales no es única del partido oficial. También es visible la falta de planteamiento institucional o formal de las organizaciones políticas en general.

A lo sumo, se escuchan opiniones disgregadas entre los miembros, muchas veces en contradicción con la línea política de una agrupación determinada. Caso particular de un aliado del gobierno, el PRD, uno de cuyos dirigentes adelantó el jueves pasado su apoyo a la reelección del presidente Medina.

Al menos, la Comisión de Control del Partido Revolucionario Dominicano amonestó públicamente al dirigente por insistir en ese tema.

Las corrientes internas
El problema tiene que ver con las corrientes en disputa a lo interno de los principales partidos, que desarrollan niveles de contradicción a veces de primer tipo, lo que tiende a generar un alejamiento del equipo gobernante. Así, la coherencia partidaria disminuye su capacidad como instrumento fundamental para la construcción del sistema democrático.

En ese sentido, la nueva Ley de Partidos (33-18) considera “que es necesario crear un marco legal que garantice y afiance la democracia interna en los partidos, agrupaciones y movimientos políticos, así como el fortalecimiento de los liderazgos políticos, locales y nacionales, al interior de una democracia de ciudadanía que importantice la formación de talentos, la capacitación de los cuadros políticos y de líderes con reglas claras y principios éticos, capaces de promover y ejercitar la transparencia en el ejercicio político y de representar con amplitud las diversas opciones ideológicas y la pluralidad de sectores de la vida nacional”.

Es perceptible una disminución, por no decir una caída, de la labor formativa de los partidos, agrupaciones y movimientos políticos. En el caso del PLD, el círculo de estudio constituyó una categoría fundamental para el ingreso a esa agrupación.

En su artículo 13, la misma ley 33-18, llama a “fomentar la formación política y cívica de sus afiliados y de la ciudadanía, capacitando ciudadanos para asumir responsabilidad política e incentivando su participación en los procesos electorales y en las instancias públicas del Estado”.

También, “elaborar y ejecutar planes y programas políticos, económicos y sociales que contribuyan a solucionar los problemas nacionales en el marco de la transparencia, la honradez, responsabilidad, la justicia, equidad y solidaridad”.

En pocas palabras, en tiempos modernos, el partido ha devenido en una mera maquinaria para alcanzar el poder, el cual queda relegado tan pronto el grupo dominante pasa a controlar la administración pública.

En otras sociedades, sobre todo, en aquellas de administración centralizada, el partido es el eje dominante del poder, y todas las grandes decisiones tienen que ser previamente decidas por el colectivo partidario.

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