Estados Unidos ha vuelto a estremecerse. Esta vez fue en Mineápolis, donde un joven transgénero, Robin Westman, abrió fuego durante una misa en una iglesia católica, matando a dos niños e contratando a 17 personas. El atacante, que había cambiado su identidad en 2020, murió en el lugar. Las imágenes de niños cubriendo a sus compañeros recorren redes sociales como símbolo de una tragedia que revive debates aún más profundos.
El vicepresidente JD Vance no se guardó nada. “Nos estamos medicando hasta el desastre”, dijo, al denunciar que EE.UU. «es el país que más consume psicofármacos en el mundo.
“Tenemos una crisis de salud mental”, aseguró JD Vance. Su llamado ha prendido fuego en los medios y redes, que ahora miran con lupa la relación entre tratamientos hormonales, salud mental y violencia juvenil.
Salud mental, género y una sociedad polarizada
La Casa Blanca admitió que el país vive “una crisis de salud mental”, mientras se investiga si las terapias de afirmación de género en menores tienen algún vínculo con esta ola de violencia. Figuras como Marjorie Taylor Greene han explotado el tema, asegurando que la disforia es “una enfermedad mental” y que la industria farmacéutica manipula a los jóvenes.
Activistas trans y defensores de derechos humanos han calificado las declaraciones de “estigmatizantes y peligrosas”.
Mientras tanto, el debate sigue encendido: ¿estamos criminalizando a una comunidad o señalando un problema real? Lo cierto es que el ataque ha dividido aún más a un país ya al borde del colapso emocional.
