Hay épocas en las que el periodismo siente que corre detrás de los hechos. Y hay otras, más raras, más inquietantes, en las que descubre que corre detrás de algo todavía más escurridizo: la atención humana. En Santo Domingo, este martes 16 de diciembre de 2025, la conferencia magistral del periodista y escritor Boris Muñoz tuvo un título que no disimuló el tamaño del problema: “La guerra por la atención: medios, IA y Venezuela”, donde ofreció un mapa de ruta para entender por qué hoy el ecosistema informativo se parece menos a una plaza pública y más a una tormenta eléctrica.
La actividad formó parte de la agenda impulsada por la Fundación y el Grupo de Comunicación El Demócrata, en un contexto que, como se recordó en la convocatoria y la cobertura local, coloca a la región ante presiones simultáneas: crisis de confianza, fragmentación mediática y aceleración tecnológica.
Muñoz no habló desde la nostalgia, habló desde el oficio. Y desde una credencial precisa: en 2016 fundó la página de Opinión de The New York Times en Español y trabajó como editor senior para América Latina en la página de opinión en inglés, además de una trayectoria reconocida en periodismo y academia. Pero el valor de su charla no estuvo en el currículo, sino en una idea insistente que atravesó cada tramo: la tecnología puede amplificar la verdad, sí; pero su mayor poder contemporáneo es amplificar la duda.
Confundir lo viral con lo relevante
La primera advertencia de Muñoz es incómoda porque golpea donde más duele: la ilusión de estar informados. “Tenemos más noticias, más videos, más titulares y más alertas que nunca. Sin embargo, esa abundancia no produce necesariamente comprensión. Produce, con frecuencia, fragmentos: datos sueltos, emociones reactivas, certezas de espuma”.
En ese contexto, la “economía de la atención”, advierte, impone un truco psicológico: si algo es viral, sentimos que debe ser importante. Pero viralidad y relevancia rara vez son lo mismo, y Muñoz lo advierte señalando el peligro existente en el periodismo actual que da muestras de perseguir el impacto emocional por encima del rigor.
“La mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor” afirma, recordando la idea de Gabriel García Márquez en el imaginario periodístico, que encierra una disciplina: mejor no significa más largo; significa más verificado, más contextual, más honesto en lo que sabe y en lo que no sabe.
Muñoz lo ejemplificó con una rueda de prensa internacional en Oslo donde participó y en donde los creadores de contenido ocuparon posiciones privilegiadas, mientras periodistas de investigación quedaban relegados al fondo. La escena no fue solo logística: fue simbólica. El poder de fijar agenda ya no lo monopolizan los medios tradicionales; se reparte entre plataformas que premian rapidez y conexión emocional.
“El efecto de ese reordenamiento puede ser grave: si quienes hacen las preguntas más difíciles pierden espacio, el escrutinio público se debilita. Y sin escrutinio, la democracia se vuelve más vulnerable”, sostiene.
La nueva arquitectura de la duda
Con ese preámbulo, Muñoz alertó sobre la entrada de la amenaza de la IA que, a su juicio, no se reduce a la mentira convincente. Entre deepfakes, voces clonadas, imágenes alteradas, titulares fabricados, Muñoz empujó la idea hacia un terreno más profundo. A su juicio, lo decisivo es que la IA permite construir un ecosistema del engaño a escala industrial, donde el objetivo no es que aceptes una falsedad concreta, sino que termines dudando de todo.
“La consecuencia no es teórica: es social. Cuando la verdad se vuelve trabajosa, cuando cada dato exige sospecha, cada video exige peritaje, la ciudadanía se fatiga. Y esa fatiga puede volverse abandono, personas que, por ansiedad, saturación o desconfianza, eligen reducir o evitar el consumo informativo. En otras palabras: la desinformación gana no solo cuando convence, sino cuando expulsa a la gente de la conversación pública. Y si la gente se va, la democracia se queda hablando sola”.
El poder subutilizado del periodismo de opinión
Muñoz también dedicó una parte sustantiva a un terreno que muchos medios tratan como “relleno” o “costumbre”: la opinión. Su punto fue claro: en el ruido contemporáneo, la opinión de calidad no es lujo; es herramienta de orientación. No solo informa: da sentido.
Desde su experiencia, explicó cómo en The New York Times se expandió la producción de opinión en los años recientes, respondiendo a una demanda creciente de contexto. Asimismo, se aventuró a ofrecer hallazgos de un estudio propio sobre opinión en medios dominicanos, y señaló oportunidades en la curaduría, el uso de recursos digitales y equilibrio de género.
“La opinión bien editada crea lealtad. Construye autores con voz y, a la vez, fortalece la credibilidad del medio. Pero para lograrlo hay que tratarla como producto periodístico: con edición, estándares, transparencia de intereses, evidencia mínima, y diversidad real de miradas. Para ser motor de deliberación democrática, la opinión necesita menos rótulos y más curaduría”, sentenció.
Pensamiento crítico: la herramienta
Finalmente, Muñoz aterrizó en la necesidad de la formación de pensamiento crítico frente a los cambios en la tecnología, periodismo y ciudadanía. “Ese pensamiento crítico no es solo ‘dudar de todo’. Es aprender a preguntar mejor, a verificar por pasos, a identificar incentivos, a reconocer sesgos propios. También es una disciplina institucional: protocolos de verificación, editores con autoridad, y culturas de redacción donde ‘no sé’ no es debilidad, sino honestidad profesional”.
Advierte Muñoz que, tanto aquí como en el resto de América Latina, ese punto tiene un filo adicional. “Cuando el espacio público se contamina, no solo se daña la prensa; se dañan decisiones cotidianas (salud, educación, seguridad), se polarizan comunidades, y se vuelve más fácil vender soluciones autoritarias a problemas complejos. Por eso no hablamos de tecnología, hablamos de democracia. Y el periodismo aparece ahí no como industria, sino como servicio: una institución imperfecta, pero necesaria para que la sociedad no viva atrapada en el rumor.
