Ya desde finales de septiembre (1961), los Estados Unidos habían modificado su posición respecto a la factibilidad de una salida democrática con Ramfis Trujillo y comenzaron a alentar la búsqueda de un acuerdo para la formación de un gobierno de coalición. Washington parecía convencido de la buena fe de Ramfis y creía que podían contar con él para ese esfuerzo.
Los puntos de vistas norteamericanos fueron expuestos por el embajador DeLesseps Morrison a un grupo de exiliados dominicanos, en una reunión celebrada en San Juan, Puerto Rico, la noche del 23 de septiembre. Los detalles de esa reunión fueron comunicados en un memorándum sin firma escrito a ambos lados de una página por el doctor Wenceslao Vega y enviado por avión con su sobrino, el doctor José Augusto Vega Imbert, al doctor Ramón Cáceres Troncoso, miembro de la dirección central de la Unión Cívica.
Vega Imbert había viajado a Puerto Rico para unas breves vacaciones, después de que un virulento discurso suyo en una manifestación pública de UCN en Santiago, llamó excesivamente la atención de las autoridades sobre su persona. Su apellido materno, Imbert, lo hacía sospechoso. Antonio Imbert Barrera, uno de los dos únicos sobrevivientes del grupo de acción que asesinó a Trujillo, estaba siendo afanosamente buscado por los servicios de seguridad del gobierno.
Muchos amigos aconsejaron a Vega Imbert la conveniencia de alejarse un tiempo del escenario. El siguió los prudentes consejos y obtuvo un visado para ingresar a Puerto Rico. Allí, sin embargo, no permaneció inactivo. Prueba de ello era el arrugado papel de cebolla donde Vega, su tío, había escrito el memorándum de la reunión con el embajador Morrison que él traía de regreso en sus bolsillos. El conocimiento de los puntos tratados por el diplomático permitiría a Unión Cívica conocer de muy buena fuente el parecer del gobierno de los Estados Unidos.
El memorándum era una “síntesis” redactada rápidamente “para que pudiera irse en el avión” que salía con destino a Ciudad Trujillo el mediodía del 24 de septiembre, según explicaba Wencelaslao Vega a Cáceres Troncoso. Enumeraba los puntos básicos que, a su juicio, planteara el embajador Morrison en su reunión de la noche anterior con los exiliados y políticos dominicanos. Vega extraía de tan ilustrativa conversación, estas conclusiones:
Los Estados Unidos consideran que “es desastrosa la situación económica en la República Dominicana” y que la crisis tiende a agravarse cada día. -Morrison relató sus largas conversaciones con Ramfis y había quedado “convencido” de su buena fe. Ramfis, decía, “ha cumplido siempre lo que ha prometido a las Fuerzas Armadas y a eso se debe su prestigio en ellas”.
Según el embajador, Ramfis quería irse del país “pero en forma decorosa para reivindicar su apellido” y había prometido hacerlo “bajo ciertas condiciones” esperándose que firmara un documento a “ese respecto”.
Morrison estaba convencido de que la única salida consistía en un gobierno de coalición y entendía lo desastroso que resultaría que la Unión Cívica, “que representa el ochenta por ciento de la oposición” no participara en un gobierno de ese tipo. Admitía que el pueblo, en un noventa por ciento, odia a Ramfis en tanto cree “en la seriedad y buena fe de los jóvenes militares”.
Morrison confirmó la solicitud del gobierno norteamericano a Balaguer para que “saque del país a los comunistas” y estaba firmemente seguro de que las personas recientemente expulsadas eran militantes de esa ideología. Con respecto a las sanciones, Morrison expuso la posibilidad de que éstas condujeran a un golpe contra Ramfis, lo cual “sería desastroso para la democratización”.
Los Estados Unidos no eran indiferentes al problema de la fortuna de los Trujillos. Ramfis deseaba instituir una fundación “con el dinero de la familia para obras de carácter popular en el país”.
Acerca de recientes incidentes en los alrededores del puente colgante de entrada a la ciudad, en los que había resultado muerto a balazos el profesor Víctor Estrella Liz, Morrison creía que “fueron instigados por los rojos”.
El memorándum proseguía señalando la creencia norteamericana de que los culpables de los últimos atropellos cometidos por las autoridades dominicanas ya habían sido sancionados. Insistía en el temor, expresado por Morrison, de que a Ramfis le resultaría difícil “controlar a las Fuerzas Armadas” y que algunos miembros de la comisión de sanciones de la OEA tenían reservas de tipo legal a las mismas y que aparentemente sólo se consideraba “la peligrosidad” del gobierno en el ámbito internacional.
Morrison expresó también el deseo de Estados Unidos de enviar una comisión de derechos humanos a supervisar la situación de éstos para determinar los avances democráticos desde el asesinato del dictador. Por último, Morrison no parecía prestar demasiada importancia a Negro y Petán Trujillo.
Este sencillo y escueto documento vendría a ser para la dirigencia de Unión Cívica de una enorme utilidad para evaluar la situación y el comportamiento de Washington frente a la crisis.
La democracia, por lo menos en el sentido a que aspiraban la OEA y los Estados Unidos, era un concepto novedoso para la mayoría de los dominicanos. Su aplicación cabal requería de tiempo. Un país sometido durante tanto tiempo a una dictadura excesivamente rigurosa como la de Trujillo, había perdido el sentido y el hábito de la libertad.
Acomodarse a un nuevo orden libre, sin restricciones a la prensa, sin limitaciones al derecho de los ciudadanos a moverse libremente en el país y en el exterior, con la participación amplia de los partidos y los sindicatos en las decisiones de carácter político, constituía en todos los sentidos algo tan raro y excepcional, que resultaba obvio que muy pocos, quizás contados dirigentes, captaban en toda su magnitud y alcance. Las demostraciones en las calles, los comunicados de la UCN y del Catorce de Junio, las declaraciones del PRD, demostraban que el instinto de la libertad no había perecido. Pero la capacidad para aceptar una democracia en toda su amplitud era otra cosa.
Nada dibujaba tan perfectamente esa realidad, como el tema de las sanciones. La UCN había prácticamente basado todo su esfuerzo político a persuadir a los Estados Unidos de la necesidad de que el boicot se mantuviera. En cierta medida, su temor a que el levantamiento de dichas sanciones fortaleciera la posición interna de Ramfis y Balaguer estaba justificada. Al dedicar todas sus energías a este esfuerzo, la UCN, y con ella casi el resto de la oposición, dejaban a un lado cuestiones igualmente trascendentes.
De hecho, los problemas de la pobreza, el desempleo, la insalubridad, el desabastecimiento, el analfabetismo y la marginalidad, quedaban de lado. Con la probable excepción de Bosch, nadie tocaba estos puntos vitales. De vez en cuando, Balaguer, tratando de sacar provecho a las escasas oportunidades que su difícil situación permitían, se refería a estos asuntos.
El exilio temporal de los tíos de Ramfis, fue bien recibido en el exterior. Un editorial del Miami Herald indicó al gobierno que no todo parecía perdido. El 31 de octubre, el influyente diario norteamericano señalaba: “Una marea de Trujillos se aleja de las costas dominicanas dando aliento a las esperanzas de una transición a un régimen democrático”.
Tras conceder crédito a las promesas de Ramfis de abandonar su puesto si la OEA levantaba las sanciones, el diario reflexionaba: “…las cuestiones que la situación de la República Dominicana plantea a los Estados Unidos y a la OEA, así como al propio pueblo dominicano son delicadas”. Y daba razón a los argumentos expuestos repetidas veces por Balaguer de que la nación dominicana “no debe seguir sufriendo por el crimen de un exgobernante muerto”.
La complejidad de la situación quedaba de manifiesto en los párrafos siguientes. El editorial mencionaba los alegatos de la oposición de que levantar las sanciones constituiría “un voto de confianza” al régimen que ellos trataban de derrocar. “Una de sus exigencias es que Ramfis se marche”, recordaba el Miami Herald. “Sin embargo, no se sabe si esto sería lo más ventajoso. La libertad absoluta está aún lejos de ser alcanzada, pero se progresa hacia ella. Y con la constante amenaza de un cambio de gobierno tipo Castro frente a la otra amenaza de un golpe de derecha. Ramfis –que ahora lleva el manto discordante del reformador- acaso sea necesario para mantener el dominio de lo militar”.
El editorial subrayaba la impaciencia del pueblo, pero advertía que la transición de la dictadura a la democracia “no es fácil” y que las elecciones mismas “no son garantías de libertad”. Este razonamiento no resultó del todo agradable a la oposición. En su programa del día siguiente, el vocero oficial de UCN, lamentó que sectores influyentes del periodismo norteamericano se dejen ilusionar “por las falsas actitudes del gobierno trujillista”. El Catorce de Junio llamó al Miami Herald “una expresión genuina de los intereses del imperialismo norteamericano”.
Pocos ponen en duda, sin embargo, la apreciación con la que el diario de Miami resumía el sentido de su editorial. “…sin tradición democrática (las elecciones) pueden ser fácilmente aprovechadas por un demagogo para establecer su propia tiranía en lugar de la vieja”.
No había señalamiento directo. No obstante, la observación podía ser aplicada a cualquiera de los líderes, que tan ansiosamente demandaban un desenlace.
