Cuarenta y un años después, aunque el tiempo haya dejado marcas, volvimos a mirarnos con los mismos ojos de adolescentes. Bastó ese primer abrazo para entender que, en tiempos dominados por pantallas y mensajes instantáneos, el contacto humano sigue siendo una de las fuerzas más reparadoras que existen.
Lo que comenzó como una simple reunión de la promoción 84 del Instituto Tecnológico San Ignacio de Loyola (ITESIL), de Dajabón, terminó siendo una experiencia profundamente transformadora. Más que un encuentro de antiguos alumnos, fue un espacio para redescubrir lo que significa estar juntos, mirarse a los ojos y reconocerse en las historias que nos formaron.
Está documentado
Lo sostienen tratadistas, y lo comprobamos nosotros: la socialización no es solo intercambio de palabras, sino una energía vital que moldea identidades y refuerza vínculos. Los reencuentros presenciales entre personas con una historia compartida actúan como plataformas de regeneración emocional, intelectual y social.
Este encuentro permitió reconstruir un lenguaje común, redescubrir códigos olvidados y reactivar emociones dormidas. Comprendimos que la memoria no es una línea estática del pasado, sino una narrativa viva que se reescribe con cada abrazo, cada risa y cada silencio lleno de complicidad.
Estudios recientes confirman que las experiencias relacionales del pasado influyen directamente en la calidad de las interacciones presentes. Compartir recuerdos fortalece el ánimo, mejora la satisfacción vital y reduce la sensación de soledad. Por eso los reencuentros entre excompañeros son verdaderos ejercicios de cuidado mutuo: cada historia revivida y cada anécdota contada tejen un entramado invisible de pertenencia y apoyo.
Reírse de lo que antes provocó vergüenza tiene un poder liberador. También lo tiene descubrir detalles que en su momento pasaron inadvertidos y que hoy hacen valorar más lo vivido. Esos intercambios —ligeros en apariencia— abren espacio para la gratitud y la comprensión del camino recorrido. Nos permiten mirar atrás no con nostalgia, sino con sentido.


Experiencia trascendente
El impacto de esta socialización va más allá de lo personal. En el reencuentro de egresados de ITESIL surgieron desafíos comunes que alcanzan a nuestras familias y comunidades. De ahí nacieron ideas que comienzan a tomar forma: mentorías, proyectos de recuperación de la memoria institucional y actividades intergeneracionales. Pequeños pasos que, sumados, delinean un compromiso social.
Como señalan los autores de Characterizing the mechanisms of social connection (2023), “las recompensas que brindan las interacciones sociales positivas fomentan la capacidad de compartir perspectivas y preferencias, lo que a su vez promueve el bienestar”. Esa idea se hizo visible entre nosotros. Cada conversación y cada gesto espontáneo reforzaron la certeza de que la amistad también puede ser un acto de resiliencia colectiva.
Este encuentro demostró que la oralidad y las redes comunitarias son tejidos esenciales, y que reencontrarse no es un simple acto social, sino una forma de reparación y reconstrucción del sentido. Mostró que todavía es posible reconfigurar el presente desde la fortaleza emocional y la memoria compartida.
Y como si hiciera falta más, lo vivido tocó también lo trascendente. Lo que comenzó como un festejo se transformó en una experiencia espiritual y social. Los egresados de 1984 volvimos a sentir el eco de aquella frase que marcó nuestra formación ignaciana: “En todo, amar y servir.” El antiguo colegio, otrora distante, se ha vuelto nuevamente un espacio vivo, con historia y propósito, donde el pasado inspira nuevas acciones.



En defensa de la conversación
En contraste con la “huida de la conversación” que Sherry Turkle describe en En defensa de la conversación, donde la conexión digital tiende a fragmentar la atención y debilitar los lazos, este reencuentro reafirmó el valor de la palabra compartida. Redescubrimos, como dice Turkle, que conversar sigue siendo “el acto más humano y más humanizador”, el que renueva la empatía y la introspección. Invertir tiempo en mirarnos y recordar juntos no es mirar atrás: es renovar raíces.
Como símbolo de ese renacer, la jornada concluyó con una visita a la Casa Cultural Josián Espinal. Allí, Pedro Espinal —quien nos acompañó en la prueba final antes de ingresar a Loyola— volvió a recibirnos, predicando con el ejemplo desde un espacio que siembra arte, memoria y comunidad.
El encuentro entre excompañeros del Instituto Tecnológico San Ignacio de Loyola deja una lección inspiradora: cuando un grupo de amigos decide reencontrarse, lo que realmente hace es volver a encender una llama —la del afecto que da sentido, la de la memoria que une, la del compromiso que transforma.
