Había una vez…

    Un país donde la gente mostraba una inconformidad creciente con la situación que se vivía. Lo hacía a través de la televisión y los demás medios digitales; la prensa escrita había dejado de existir en el 2042.

    Se quejaba de que los políticos tenían una marcada vocación hacia el gasto improductivo, lo que generaba un elevado nivel de gasto público, imposible financiar con los impuestos que pagaba.

    Este señalamiento sorprendía a los economistas del Fondo Económico Global (FEG), el Instituto Interamericano de Fomento (IIF) y el Banco Global (BG), todos con sede en Shangai, pues el gasto público en aquel país era el segundo más bajo de la región, por debajo únicamente de Gatuvelandia.

    La mayoría se quejaba por la gran cantidad de impuestos que pagaban, pero sobre todo, por las elevadas tasas que prevalecían.

    Los expertos del FEG, el IIG y el BG seguían desconcertados. “¿Cómo puede ser ésa la posición predominante en Derecholandia, un país con la segunda presión tributaria más baja y con la mayor cantidad de exenciones tributarias de la región?

    Como si esto fuera poco, se le exigía al gobierno de turno y a la clase política en general, que en adición al 7% del PIB que por ley debía invertir en educación pública, duplicaran la inversión en salud pública, la cual alcanzaba el 3% del PIB, nivel establecido por ley en el 2028.

    Insistían también que había que mejorar los salarios de los miembros de la Agencia Central de la Seguridad Ciudadana y las 39 Agencias Descentralizadas que operaban en cada una las provincias del país.

    Exigían además un aumento considerable de las remuneraciones de todos los miembros de la Institucionalidad Judicial Autónoma. Más y mejores autopistas y carreteras. Dos líneas más del Metro para Ciudad Derecho que se agregarían a las seis existentes y tres líneas más para el principal centro urbano de la Zona Libre del Noroeste.

    Las demandas no se limitaban al ámbito del gasto público. Las empresas argumentaban que las exenciones eran insuficientes y requerían que el centenar que recibían los sectores privilegiados en el Compendio de Tributos y Exenciones de Derecholandia, fuesen extendidas a otros sectores claves para el desarrollo.

    Mientras eso sucedía, se criticaba duramente a los diferentes gobiernos por incurrir en crecientes déficit fiscales, pero sobre todo, por el endeudamiento público acelerado que estos generaban. La tensión permanente que provocaba el encuentro del creciente superávit de derechos y el galopante déficit de responsabilidades, había venido expandiendo el déficit público de Derecholandia en los últimos 35 años.

    Durante más de tres décadas se realizaron múltiples esfuerzos, la mayoría con la buena voluntad y disposición de todos los sectores, para llegar a Acuerdos, Consensos, Concertaciones, Pactos, Concilios y Cumbres, con la meta de reducir el déficit y comenzar a reducir el nivel de la deuda pública. Todos fracasaron.

    Un nuevo partido, el Partido Libertario Puro (PLP), fundado en el 2032, ganó las elecciones a principios del 2046. Durante la campaña electoral, el candidato y líder supremo de esa organización política, Ermenegildo Zegna Rodríguez, bisnieto del afamado empresario italiano, había cautivado a la población con un discurso directo y excepcionalmente franco.

    Zegna, había estudiado “ecosicología” en Trump University, pero quedó atrapado cuando leyó la “Anatomía del Estado” de Murray Rothbard, uno de los más controversiales pensadores de la Escuela Austríaca. Para Rothbard, el Estado era “esa organización de la sociedad que intenta mantener un monopolio del uso de la fuerza y la violencia y un área territorial determinada; en particular, es la única organización en la sociedad que obtiene sus ingresos, no por contribución voluntaria o pagos por servicios prestados, sino por coerción”.

    Rothbard sostenía que “si queremos saber cómo consideran los libertarios al estado y sus actos, pensemos simplemente en el estado como una banda criminal”. Llegaba más lejos al concluir que “como organización criminal, con todos sus ingresos y activos derivados del crimen de los impuestos, el Estado no puede poseer ninguna propiedad justa.”

    Acompañado del lema de su campaña “El Estado es un Criminal y los Impuestos un Robo”, Zegna recorrió las 39 provincias del país enarbolando este insólito pero atractivo mensaje para una población que estaba harta, cansada y aburrida de 35 años de acumulación de déficit y deuda pública. Para muchos, Zegna estaba loco, pero por alguna razón, su discurso estaba calando. El PLP, que participó sin aliados, ganó las elecciones del 2046 con el 59%, el nivel el más alto obtenido por partido alguno en la historia de Derecholandia.

    Al asumir el poder, Zegna anunció que el 23 de junio de ese año se realizaría un referéndum, a través del cual la población decidiría sobre dos asuntos fundamentales. El primero era el cambio de nombre del país, lo que se decidiría a través de la siguiente pregunta: ¿Está usted de acuerdo con que el país, en lo adelante, se llame Libertalandia? Sí o No, eran las opciones. La segunda pregunta que se formularía era la siguiente: ¿Está usted de acuerdo con la eliminación del Estado y los Impuestos?

    Los presidentes de los demás países de la región estaban desconcertados. Incluso el Presidente Bimdim de la Federación Asiática, la principal economía del mundo, exhortó a los habitantes de Derecholandia a votar NO.

    Zegna quiso hacer honor a su discurso y promesas de campaña. Su objetivo era clausurar el Estado y eliminar los impuestos. Como libertario que era, el italo-derecholandio entendía que los individuos, persiguiendo siempre su beneficio y el de los suyos, aferrados a una ética y moral superior a la que tradicionalmente ha guiado a los miembros de esa “banda criminal” que Rothbard denomina Estado, generarían un nivel de vida muy superior al que prevalecía.

    El 23 de junio del 2046, Derecholandia sacudió al mundo. Con un 65% de los votos a favor del SI en ambas consultas, el nuevo nombre de la nación pasaría a ser Libertalandia. Más trascendental aún, Libertalandia iniciaba a partir de ese momento un experimento único en la historia de la civilización: la decisión de eliminar el Estado.

    Zegna se dirigió esa misma noche al país y anunció que el mandato del pueblo entraría en vigencia en el instante que él concluyera su mensaje. A partir de ese momento, quedaron derogados todos los impuestos, tasas y contribuciones en Libertalandia. Al mismo tiempo, todos los funcionarios y empleados públicos, incluyendo maestros, médicos, enfermeras, policías, militares, jueces, diplomáticos, senadores, diputados y alcaldes, quedaban despedidos. Se dejó a la población, a través de las decisiones individuales de cada uno de sus miembros, decidir como ofrecer educación, salud, seguridad ciudadana, orden, protección, justicia y reglas para la convivencia pacífica. Todos los servicios conocidos como públicos hasta ese momento, dejaban de serlo; los privados tendrían que ponerse de acuerdo para determinar cómo se ofrecerían en lo adelante. Eso aplicaba no sólo a los servicios de salud y educación que se ofrecían en hospitales públicos y las escuelas, sino también a todos los servicios de transporte masivo de pasajeros, de provisión de agua potable, alcantarillado y mantenimiento de carreteras.

    Nunca antes había amanecido tan temprano. Por alguna razón la gente, no logró concitar el sueño en la medida en que la incertidumbre sobre como funcionaría el país en lo adelante, lo impedía. Los primeros que no pegaron un ojo fueron los acreedores extranjeros y nacionales del Estado de Derecholandia. Durante años habían adquirido bonos soberanos globales y domésticos; ahora recibían el mensaje de que a través de un referéndum, los derecholandios habían tomado la decisión de eliminar los impuestos, y por tanto, incumplir sus compromisos de deuda.

    Los bancos locales, los fondos de pensiones y miles de derecholandios que habían comprado títulos de deuda del Gobierno, debido al resultado del referéndum, colapsarían y se empobrecerían con la salida del sol.
    La incertidumbre aumentaba porque el Presidente Zegna, en su discurso, dejó claramente establecido que con el cierre del Banco Central, quedaba eliminado el monopolio de la impresión de papel moneda, con lo cual los derecholandios tenían la libertad de imprimir cada uno su propia moneda, “I owe you”, o reglas para el pago a través de trueque.

    Zegna, después de su discurso, se retiró a su hogar. Había cumplido su promesa. Fue el único que logró dormir toda la noche. Despertó abruptamente a las 6:30 de la mañana cuando Yurysleydys, la joven del servicio doméstico, empezó gritar desesperadamente, al observar por las ventanas del apartamento donde vivía el más efímero presidente de la historia de Derecholandia, decenas de columnas de humo negro que surgían de diferentes puntos de Ciudad Derecho.

    Como ya nadie garantizaría la seguridad y el orden, el saqueo y posterior quema de supermercados, centros comerciales, tiendas de electrodomésticos y otros bienes, ferreterías y todo tipo de negocio, era apenas el inicio del caos. Gangas provenientes de los barrios marginados de Ciudad Derecho, armas en mano, comenzaron a penetrar todos los hogares de las zonas de más altos ingresos. La seguridad privada que los protegía estaba preparada para lidiar con un asaltante, no con turbas.

    Al final del primer día de la eliminación del Estado y los impuestos en Libertalandia, la mayoría de las grandes empresas del país habían sido asaltadas y quemadas. Cerca de un millón de personas en todo el país había fallecido defendiendo sus propiedades.

    La mayoría de los empresarios habían perdido sus empresas y millones de trabajadores sus empleos. Las iglesias se convirtieron en refugio para los miles que huían y buscaban protección.

    Los líderes empresariales y sindicales, apoyados por quienes hasta el día anterior ocupaban las principales posiciones de mando de las Fuerzas Militares y la jerarquía de las cuatro religiones dominantes del país, se presentaron a la casa del ex presidente Rigoberto Pérez, para que asumiera transitoriamente el poder, reestableciera el Estado e impusiese el orden.

    Pérez puso una condición: pónganse de acuerdo y díganme ustedes qué quieren que haga el Estado e identifiquen cómo lo vamos a financiar. Pérez en su última administración había tratado de lograr un gran acuerdo fiscal, pero no fue posible.

    Después de dos años de prolongadas discusiones entre todos los sectores, los que pagaban impuestos y los que se beneficiaban de exenciones, no habían podido llegar a un acuerdo sensato. Ahora, sin embargo, con el agua al cuello, en 5 minutos llegaron al siguiente acuerdo: Para nosotros es imposible llegar a un acuerdo; haga usted lo que sea equitativo, justo y necesario. Terminó la anarquía y desapareció el déficit fiscal en Sensatalandia, nuevo nombre dado al país. l

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