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De presidente más popular a reo de la justicia

En el 2009, el mercado de consumo contaba con decenas de millones de nuevos consumidores provenientes de Brasil.

En el 2009, el mercado de consumo contaba con decenas de millones de nuevos consumidores provenientes de Brasil.Esta realidad era festejada en todas partes, no solo por la alegría que como latinoamericanos se sentía de ver a uno de los nuestros “pasar la asignatura” de la pobreza y entrar al club de las economías que compiten por los primeros diez lugares a nivel mundial, sino también por el contagio de esperanza – o envidia- que esparce a su alrededor el éxito mismo.

Ese festejo no se quedaba en Latinoamérica, sino que Europa y los Estados Unidos lo compartían. Luis Inácio Lula Da Silva, aquel presidente, antiguo obrero metalúrgico, era el artífice del milagro económico de Brasil.

Ese milagro lo había llevado a convertirse en “el tipo de Obama” quien, en abril de 2009 en la reunión del G20, al saludarle expreso: “This is my man, right there. I love this guy”, y luego, señalando a Lula y llamando la atención a quienes estaban ahí en ese momento añadió: “The most popular politician on Earth”.

Estas palabras de elogio eran dirigidas por el hombre más poderoso del planeta al de un país sudamericano quien incluso, por el desconocimiento del idioma inglés, no hizo más que asentir con la cabeza. Lula había logrado la mayor proeza económica de su país, lo que lo convirtió en el más popular presidente brasileño post dictadura. Huelga señalar que Obama no sabe hablar portugués tampoco, so…

Había logrado Lula esa proeza obedeciendo a una vieja tradición comercial de Brasil: exportación de materias primas, esta vez en un momento de alta demanda internacional, lo que produjo la movilidad económica inmediata de la gente sin necesidad de tocar la renta de los más ricos.

Entre mis hobbies está ver videos de discursos o apariciones públicas de líderes carismáticos. Lula y Obama, independientemente de la contraposición ideológica, están dentro de mis favoritos. Ambos encarnan personalidades eclipsantes con un manejo impecable de recursos interpretativos de dicción y fluidez retórica sumamente vastos. No le faltan tampoco elementos vastos de teatralidad.

Hoy he visto un video de Lula Da Silva que en YouTube lleva el título de “Rio 2016 Lula Comemoração da Vitória” –ojalá puedan ustedes verlo- en el que aparece, el 2 de octubre de 2009, luego de que Brasil ganara la sede de las olimpiadas a Japón, Estados Unidos y España.

Aparecía allí como el presidente redentor de Brasil. Aquel que había mostrado a los delegados que deciden la sede de estos eventos que su país era poseedor de los suficientes méritos políticos y económicos para producir unas olimpiadas maravillosas, tanto o mejor que si se produjeran en Tokio, Chicago o Madrid. Aquel que, según pronunciamientos del Banco Mundial para entonces, había colocado a Brasil en la perspectiva de convertirse para el 2016 –algo que no se produjo- en la quinta economía del planeta.

Bromeó Lula –lágrimas incluidas- con quienes disputaba la sede de ese magno evento diciendo“(…) eu sou amigo do Obama e do Zapatero, ainda nao virei amigo do Hatoyama, mais vou ficar. O Japao so tem um problema, que a gente fala bom dia para o Primer Ministro y fala boa tarde para outro (sic)”. Todo esto lo hacía rodeado de personas que destilaban admiración, respeto y perceptible conexión emotiva.

Detrás de él, en ese video, se alcanza a ver el rostro indescifrable de Michel Temer, el ex vicepresidente de Dilma Rousseff y ahora, con la destitución de ésta, presidente de Brasil, quien había sido reelecto como diputado con escasos 99,000 votos y a quien el partido de Lula Da Silva y de Dilma, el PT, a la sazón le había llevado a la presidencia de la cámara de diputados.

En ese momento la figura de Lula eclipsaba por completo a quienes estaban allí como es normal. El entonces presidente, llamándoles por su nombre, agradeció a todos los presentes, menos a Temer.

Alguien luego le susurra “Michel”, entonces lo menciona sin mucho afán, sin saber que unos años después iba a ser la persona que, desde dentro del propio palacio serviría como quinta columna para, aprovechando que en el gobierno de Dilma se rompió el encanto con las ejecutorias del Partido de los Trabajadores (PT) y que los más ricos se volvieron sus enemigos, articular vías que llevaran al cadalso no solo a Rousseff, sino también al propio Lula Da Silva. Los cables de WikiLeaks dirían que Temer era un informante asiduo de la embajada estadounidense en Brasilia.

Volviendo al presente, con Dilma echada del gobierno, en una sociedad brasileña que, aun creciendo económicamente, nunca resolvió la integralidad de su fraccionamiento social y político, y Rousseff era la última barrera que separaba a la derecha brasileña de la cabeza del expresidente, los días de Lula se complicarán significativamente.

Ahora con Dilma fuera del Planalto, todos los cañones apuntan a Lula, quien desde el principio de las protestas a Rousseff, ha sido el verdadero objetivo de todas las acciones y quien, sea que se celebren elecciones anticipadas o no, es la persona a las que, dentro y fuera de Brasil se percibe con mayores posibilidades de convertirse de nuevo en presidente.

La derecha contraataca. Hace dos días el fiscal federal de Brasil ha imputado formalmente al otrora “más popular político sobre la tierra” en palabras de Obama, como el “comandante supremo” del esquema de corrupción que han denominado como Lava Jato, convirtiéndolo automáticamente en reo de la justicia.

Brasil a la izquierda

El oscuro escenario en el futuro político inmediato de Lula Da Silva en Brasil parece ser similar al de la izquierda en Latinoamérica.

El continente parece virar decididamente hacia la derechización luego de agotar un periodo de su historia moderna, en la primera década de este nuevo siglo, en la que sus presidentes respondían a ideologías de izquierda.

Antes cayó Mel Zelaya en Honduras y Fernando Lugo fue destituido por un juicio político acelerado en Paraguay.

En Venezuela no parece que el gobierno de Maduro, heredero de Hugo Chávez subsista un nuevo periodo. El presidente Correa de Ecuador ha dicho hace unas semanas que no se presentará a las elecciones de febrero próximo, para lo que, de no ser así, tendría que someter el tema de la reelección a referendo.

Evo Morales en Bolivia perdió el referendo consultivo sobre la reelección lo que lo inhabilita para presentarse de nuevo. Cristina Fernández salió del gobierno el año pasado en Argentina y su retorno podría no ser tan fácil.

Brasil será el escenario de lucha entre la izquierda o “lulismo” de Lula y la derecha tradicional. Todo dependerá de lo que este proceso de judicialización de la política arroje y de que la salud de un Lula sobreviviente de cáncer no le abandone.

Con todo esto, fuera de la peculiar izquierda de Nicaragua con Ortega y del particularísimo caso de Cuba, parece ser Brasil la última esperanza de la izquierda moderna en Latinoamérica.

Con toda esta situación la derecha debe decidir entre tres escenarios: Lula muerto se convierte en un héroe, si logran encarcelarlo lo convertirían en un mártir y, si ninguna de las anteriores sucede, el pueblo lo convertirá en su presidente.

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