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El sueño colombiano: vivir en un país en paz

Colombia está preparada social y políticamente para vivir este momento de júbilo por el acuerdo de alto el fuego y fin de hostilidades logrado entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Colombia está preparada social y políticamente para vivir este momento de júbilo por el acuerdo de alto el fuego y fin de hostilidades logrado entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).Visité Colombia a mediados del pasado año. Siendo parte de aquella generación que creció siendo testigo de las infaustas noticias que llegaban a República Dominicana acerca de la Colombia que recibió Álvaro Uribe, me producía mucha curiosidad conocer la situación real de ese país luego de sus gobiernos y en este tramo posterior, de manos del actual presidente Juan Manuel Santos.

Me produjo mucha alegría ver que ese país, que había sentido en carne propia el filo helado del cuchillo y la ardiente quemazón del plomo penetrando las entrañas de su sociedad hasta desangrar casi por completo a toda una generación, había logrado proezas económicas y avances institucionales sorprendentes, y que esos logros no los había adoquinado en el conformismo, de forma que continuaban preparándose para mucho más, manteniendo latente el sueño de vivir en paz y de reconciliarse como sociedad.

Existe en Colombia una conciencia social generalizada que entiende que el fin del conflicto armado estaba más cerca que nunca, aunque no pocos dejan espacio para el natural escepticismo, justificado incluso, si pensamos que los diálogos de paz del gobierno del presidente Santos con las FARC han estado precedidos por cinco intentos de diferentes gobiernos y que ninguno ha dado resultado hasta lo que vimos hace dos días.

En el plano institucional los colombianos se han planteado lineamientos muy explícitos enmarcados en una planificación metódica que busca crear las condiciones necesarias para el escenario social, político, económico y jurídico que resultará al final del conflicto. Un ejemplo ilustrativo es el caso de la cooperación internacional que recibe, la que orientan hacia políticas públicas definidas para el fortalecimiento de la paz y el Estado post-conflicto, algo que refuerza la imagen de una Colombia con una fuerte planificación.

Nada está acordado hasta que todo esté acordado

Al ver las imágenes del presidente Santos y del máximo líder de las FARC estrecharse las manos e intercambiar los textos de este acuerdo en La Habana, frente al presidente Raúl Castro, recordé aquella foto del año 2012 en la que Castro y Santos dialogaban en ocasión del viaje que realizó este último a Cuba para anunciarle que no sería invitado a la celebración de la VI Cumbre de las Américas que se realizaría en Cartagena en abril de ese año.

Paradójicamente, luego de esa cumbre en la que Obama pasó por un mal momento a raíz del comportamiento de su servicio secreto, se inició el sondeo que llevaría a la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

Haciendo cálculos apoyado en publicaciones posteriores, podría decirse que el anuncio del 27 de agosto de 2012 en Cuba sobre la apertura de los diálogos de paz entre el gobierno de Santos con los líderes de las FARC, coincidía con los aprestos y conversaciones iniciales ultrasecretas de acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, que se producían quizás en algún lugar de Canadá.

Los diálogos de paz iniciaron y Colombia invitó como acompañante a Noruega y, quizás como homenaje a Hugo Chávez, las FARC invitaron a Venezuela. Algunas reuniones de importancia en estos años de negociación se produjeron en Oslo, y otras se producirán allí antes o después de la firma del Acuerdo de Paz definitivo, planteado para el 20 de julio próximo.

Cuba por su parte ha normalizado relaciones con los Estados Unidos y avanzan decididamente hacia estadios de mayor interacción, tanto en lo económico como en lo político. Pareciera una partida de ajedrez en la que todos están felices menos Venezuela.

La situación interna de Venezuela, en la que el pueblo ha tenido que ser testigo del deterioro paulatino, progresivo y, hasta el momento, imparable de su economía, está al borde del colapso de su ordenamiento constitucional con la disyuntiva de una oposición que quiere sacar al presidente Maduro del poder y un gobierno, heredero del legado chavista y con una popularidad en declive, que lucha por no irse.

Penosamente, en Brasil, con una economía mucho más fuerte que la venezolana y con servicios públicos cubiertos en su mayoría, el parlamento, en un golpe legislativo, arrancó –temporalmente dicen- a Dilma Rousseff del solio presidencial, sin que hayan valido las expresiones de organismos internacionales y de gobiernos latinoamericanos abogando para que no se produjera.

Dilma, al borde del juicio político, tuvo que cancelar su viaje a Washington a último momento -adonde acudiría claramente a solicitar apoyo- quizás por desajustes en su agenda o por falta de contrapartes importantes que quisieran recibirla, Obama, por ejemplo.

Si todo este engranaje guarda relación cierta, las FARC no abandonarán al Hugo Chávez que les acompañó en este proceso de diálogo –en la persona de Maduro- a su suerte, y el acercamiento de los últimos días entre EE. UU y el Gobierno venezolano parece no dejar dudas sobre ello.

De ser así, no se producirá en Venezuela lo que pasó en Brasil. Todo indica que Maduro terminará su mandato electoral en el 2019. El proceso que se lleva a cabo en el que se propicia el diálogo debería garantizarlo.

Esta noticia sobre el cese bilateral de hostilidades que pone fin al conflicto colombiano es de importancia medular para toda la “zona de paz” de América Latina y el Caribe.

Ojalá que todas las fichas se muevan como está previsto, de modo que se firme el día 20 de julio el tan anhelado acuerdo de paz definitivo que cierra este doloroso capítulo de la historia.

De lo contrario, no solo se habrá perdido la confianza de un pueblo y de una región en un proceso, sino que habrá perdido el pueblo colombiano la fe en la posibilidad real de vivir en paz.

Importante no olvidar, sin embargo, que este proceso aun no concluye y que la regla número 10 para el funcionamiento del diálogo, plasmada en el Acuerdo del 27 de agosto de 2012 entre las FARC y el Gobierno colombiano dice textualmente: “Nada está acordado hasta que todo esté acordado”.

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