“Brito”, la primera obra teatral sobre un personaje brillante

La puesta en escena de “Brito”, que se vio dos fines de semana en el escenario de la Sala Ravelo, fue una síntesis de la obra dramática escrita por Reynaldo Disla.

Se podría decir que Eduardo Brito (su nombre real era Eleuterio Brito Aragonés) fue el padre del canto lírico en República Dominicana, porque su calidad vocal y su carrera, inspiraron a los posteriores artistas del llamado bel canto y la ópera en República Dominicana.

Dueño de una vida fabulosa; a golpe de talento salió de los estratos menos favorecidos, escapó de las “heridas” del hambre y la miseria y llegó a convertirse en la máxima expresión del canto lírico dominicano y en uno de los más sobresalientes de toda Latinoamérica a inicios del siglo XX.

Hay que negarse a pensar que la imagen final del barítono dominicano, muerto en un manicomio de Nigua, en San Cristóbal, el 5 de enero de 1946, con apenas 39 años, sea la de un loco sifilítico, con toda la carga despectiva que esto implica en el imaginario popular.

El acercamiento a la figura del artista, en el primer biopic teatral que lo aborda, vista en play back resulta un poco descuidada y al desgaire. ¿Acaso falto tiempo para curar la síntesis de la obra original de Disla y adecuarla?
Inmerecido el sabor que deja, para la inmensidad del más grande artista dominicano de aquella época. Logró tal éxito en Europa que llegó a tener su propia compañía en España y “bailar en casa del trompo” cantando zarzuelas. Se presentó en países como Hungría, Rumanía, Checoslovaquia, Bulgaria. Lugares que siguen siendo, casi un siglo después, mercados pendientes para los músicos dominicanos de hoy, incluido el mismísimo Juan Luis Guerra.

¿Por qué toda la vida?

Hubiera sido preferible centrarse en una etapa o en un aspecto de la vida de Brito, porque llevar su vida entera al teatro, no es fácil ni cabe en hora y media. Sobre todo cuando la obra original es más voluminosa y se vieron obligados a seleccionar parte de lo escrito por Disla, un dramaturgo Premio Cristóbal de Llerena y Premio Casa de las Américas.

Escribir una semana después de vista la obra y cuando ya salió de cartelera, lo reconozco, es ser condescendiente con las dificultades que la producción ha tenido para lograr respaldos económicos, cuando Brito debió tener un respaldo importante no solo de los privados, sino del Estado. Que sería un alivio si acaso la Ley de Mecenazgo funcionara. Sin embargo, amor no mata conocimiento. Creo con responsabilidad que por momentos la vida de Brito fue “defifarrada”, para decirlo en dominicano muy coloquial.

Merecía Brito una escenografía y un ambiente no opacos, donde brillara quien tanto brilló. Algo que tal vez hubiese podido funcionar con una pantalla gigante detrás, funcional para atmósferas y ambientes de época.

Para destacar el diseño de vestuario, peluquería y maquillaje. Y a pesar de ser un elemento de teatro pobre, la solución de los paneles en los cuales escribían ciudad y año, fue, al menos, funcional.

Las actuaciones

La selección del admirado artista Héctor Aníbal para el rol principal estuvo bien en cuanto a lo fisionómico del personaje -según las imágenes que se tienen del artista-, y en su desempeño. Aunque no todo el tiempo, porque fue pobre en los momentos de cantar como el fenomenal intérprete. Esa no es su tesitura y hay que sumar a eso que estuvo acompañado por una guitarrita desafinada y torpe.

El papel de madre del artista, asumido por Lidia Ariza, fue caricaturesco y recordaba más a Felipa, la de Macario, en “Romance campesino”, aquel primer programa de humor del canal 4 de La Voz Dominicana. Lidia hizo otro rol más aceptable.

En general existieron problemas con los diferentes personajes. Y descuidos imperdonables: uno de los cuatro jóvenes recién graduados, desentonaba enfáticamente, siendo varón, con un moño recogido, que para nada tenía que ver con aquella época. ¿Qué hubiese pensado el mismísimo Eduardo Brito?

Desde mi punto de vista, Elvira Taveras estuvo bien en su rol. Ernesto Báez regular. Michelle Cruz aceptable, como también Orestes Amador, en el papel de Kid Chocolate, aunque caricaturesco en el enfrentamiento boxístico con el cantante y en el estilo escogido para el habla del que fuera campeón mundial de peso pluma, en el boxeo profesional.

Quien redacta tuvo la oportunidad de conversar brevemente en al menos dos ocasiones con Kid Chocolate (1910-1988), cuando iba a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) a buscar ayudas que le daba Nicolás Guillén de su propio bolsillo. El Kid Chocolate que conocí, anciano y con dificultades para caminar, debido a un derrame cerebral que había padecido, hablaba muy correctamente, sin el argot ni el estilo de guapería del submundo cubano de la época en la que conoció a Brito, o de los años 80. Aunque, quien quita que en el ambiente de la época lo usara.

El teatro es texto pero es acción. Lo que en la puesta de escena se decía, a modo de síntesis de las cosas que no se mostraban, resultaba un déjà vu del teatro hablado aficionado de los años 70. Esto, por el estilo, por las transiciones de una escena a otra y por la consecución de datos (información) que ofrecía.

De “Brito” me quedo con la mejor actuación, y lo mejor que he visto del actor en estos 25 años: los seis roles tan diversos uno de otro, asumidos magistralmente por Augusto Feria. Su versatilidad de gran actor, fue del escritor Julio González Herrera (autor del libro que sirvió de información a Disla para escribir la obra); a Bartolo (el alcohólico en el manicomio, tal vez la mejor de sus interpretaciones); y claro a Pancho García; José María; Pedro Vargas; y finalmente El loco del manicomio (que mata hormigas imaginarias) y que es el menos complicado y más aplaudido de todos.

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