Carne de palabras

Hágase las preguntas. ¿Puede la mente humana crear la vida sólo con las escasas moléculas de un abecedario? ¿Somos capaces de sustraer de la nada unas nociones vaporosas, etéreas y desnudas de materia, que luego cristalicen fuera del pensamiento que las forjó y, ya como entidades de carne y hueso, se hagan perdurables en la memoria de la humanidad?

Hay quienes piensan que el ejercicio de palabrería (que algunos se obstinan en llamar literatura) ha originado seis esencias corpóreas fundamentales: Don Quijote, Sancho, Don Juan, Fausto, Hamlet y Emma Bovary. (Recuérdalo, Critón, le debemos un gallo a Emma Bovary. Porque también ella descubrió una comarca inexplorada del alma humana: esa tristeza que nace cuando la imaginación exige a la realidad más de lo que la realidad puede entregar).

Don Quijote es el sujeto caballeresco, idealista heroico, enfermo de alma, fantástico, flaco y maltrecho, producto de ocho siglos de contiendas y de sueños exaltados. Representa uno de los personajes eternos de la historia humana: el reflejo del mundo fabuloso que España creó, creándose al mismo tiempo. Don Quijote, ha dicho Ortega y Gasset, es “el vencido esencial”, el vencido sin remedio, tanto por el impulso fatal del destino como porque no podría triunfar en sus quiméricas empresas sin dejar de ser lo que él es. Existe el Quijote de la literatura, el de Cervantes, pero vive también el Quijote de la existencia, del alma, de lo eterno: el Quijote de la humanidad. Prometeo bizco, ineficaz, alucinado y sibilino, que no atina en sus culminaciones. Justiciero espontáneo, sencillo y ascético, que hace recordar a Cristo y a Platón a lomos de Rocinante.

Sancho, dirá Unamuno, viene a ser la otra mitad de Don Quijote, como éste es la otra mitad de aquel. Ambos constituyen ejemplos persistentes de la filosofía de la vida. Uno, el soñador indomable; el otro, el aldeano sensato y materialista. Pero Sancho y Don Quijote devienen víctimas de una fusión rara y mordaz: el rudo escudero se contagia de las fantasías del ideal quijotesco; el caballero andante, de su lado, asimila porciones del sentido común de su escudero. A través de ambos, Cervantes mira a lo lejos el alma de la humanidad entera.

No se puede hablar en singular de Don Juan; habrá que referirse, en plural, a los Don Juanes. Don Juan no corresponde a una época ni a un país determinado. “Don Juan no vive por Tirso, aunque le haya adivinado”, dice Valbuena Prat. El donjuanismo es la hinchazón apasionada de la sensualidad. Don Juan recibe sin cesar, pero jamás entrega nada. El Burlador de Tirso encarna la potencia desenfrenada del sexo y no distingue entre una fámula y una princesa. En Zorrilla, el personaje alcanza su apoteosis romántica y termina redimido por el amor de Doña Inés. Pero la fascinación de Don Juan cesa cuando éste se enamora. La redención es su final: la tumba del seductor. Como observó Gregorio Marañón, las actitudes humanas frente al amor oscilan siempre entre la conquista y la entrega.

Fausto, a cambio de anhelos insatisfechos, pacta con el diablo. Mediante la inteligencia intenta subir a las alturas que Don Juan escala con el furor de la sensualidad. Ortega escribió que Fausto sale en busca de su destino íntimo sin dar con su propia vida. No sólo simboliza una época: representa al espíritu humano en su afán de conocimiento. Quiere, según Goethe, “del cielo las estrellas más hermosas, de la tierra los más sublimes deleites”. Recorre la ciencia y la existencia en busca de una verdad que nunca alcanza plenamente. Sin embargo, el esfuerzo de su trabajo termina salvándolo. Su apetencia infinita de saber asciende hacia la eternidad envuelta en la flaqueza de su condición humana.

Hamlet es el melancólico obligado a vengar el asesinato de su padre. La vacilación y la duda retrasan el desquite. Con sus titubeos, su infinita melancolía y la lógica fría que yace detrás de sus dudas, Hamlet es el más moderno de los mitos literarios. Turguénev dividió los caracteres idealistas en dos especies: los quijotescos, que se sacrifican por sus ideales, y los hamletianos, que los convierten en dudas. Invicto héroe de la indecisión, Hamlet inaugura la gran enfermedad moderna: la inquietud por la existencia, el “ser o no ser”, el interrogante que resuena todavía en la conciencia de Occidente.

Cuando Gustave Flaubert publicó Madame Bovary, legó a la literatura una de las revelaciones más profundas de la sensibilidad moderna. Emma Bovary habita la región donde los sueños son demasiado grandes para el mundo. Vive encarcelada en la distancia que separa la vida soñada de la vida posible. Educada por las novelas sentimentales, espera de la existencia una sucesión ininterrumpida de pasiones, fulgores y éxtasis. Pero el mundo le ofrece una realidad más modesta: la rutina, el tedio y las limitaciones de la condición humana. Su tragedia no nace de la pobreza ni de la maldad, sino de la desproporción entre sus deseos y el mundo.

Emma descubre una forma nueva de sufrimiento. No la miseria del cuerpo ni la derrota de los ideales, sino el desencanto de la imaginación. Quiere vivir una vida excepcional y encuentra una vida común; busca el amor absoluto y sólo encuentra seres humanos; persigue la felicidad perfecta y tropieza una y otra vez con la insuficiencia de las cosas. Ninguna conquista la satisface, ningún amor la colma, ningún horizonte permanece brillante después de alcanzado. Por eso Emma representa una figura inequívocamente moderna. Es la patrona secreta de todos los insatisfechos, de cuantos han sentido alguna vez que la realidad les queda estrecha. Antes de ella existían héroes, santos, sabios, aventureros y conquistadores; con ella aparece el individuo que sufre porque el mundo no alcanza la altura de sus fantasías. Como Don Quijote confundió los molinos con gigantes, Emma confunde la realidad con los espejismos de su imaginación. Y acaso por ello continúa viva entre nosotros, porque todos hemos experimentado alguna vez la melancolía de una felicidad imaginada que el mundo se niega obstinadamente a concedernos.

La literatura ha descubierto este puñado de escondidos refugios, estas seis perfiladas facciones del alma humana: la del heroísmo fútil, la del utilitarismo zafio, la de la sensualidad conquistadora, la del “titanismo activo”, la de la afligida cavilación enfermiza y la de la insatisfacción perpetua, encarnada para siempre en Emma Bovary.

¿Podría exigirse más, acaso, al alucinado silencioso que embadurna de letras una página en blanco, al hermético que hurga en la raíz de la vida, al huraño embrujado que descubre el fundamento mismo de las cosas? ¿Qué otra hazaña cabe reclamarle, si ha logrado arrancar del aire estas criaturas incorruptibles que continúan respirando cuando sus autores ya son polvo?

Los imperios se derrumban, las ciudades desaparecen, las estatuas se erosionan bajo la lluvia de los siglos. Pero Don Quijote sigue cabalgando y Sancho sigue acompañándolo; uno persiguiendo imposibles, el otro recordándole los límites del mundo. Hamlet persevera en sus dudas, Don Juan seduce todavía, Fausto persiste en su búsqueda y Emma Bovary vuelve a soñar cada noche con otra existencia.

He aquí el milagro de la literatura: fabricar, con la carne de las palabras, seres más duraderos que la carne de los hombres. Haber levantado, con las escasas moléculas de un alfabeto, criaturas más resistentes que los imperios, más longevas que las estatuas y más difíciles de destruir que la memoria misma.

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