Don Ramón

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Retrato de Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888; Buenos Aires, 1963). Óleo sobre lienzo de Diego Rivera, 1915.

“Rey Ramón. Toca en su flor de losa y acuden manantiales, muestra el silencio sus categorías”.

Pablo NERUDA, Oda

“Ramón ha sido uno de los más potentes iluminadores de la vida diaria y del
lenguaje diario en la cultura española”.

Paco UMBRAL

De Ramón Gómez de la Serna dicen que todo lo que se le ocurría lo escribía, todo lo que escribía lo publicaba y todo lo que publicaba lo regalaba. Muy poco, de verdad, se vendían los libros de aquel virtuoso que, con chaleco y corbata de lazo y un geranio en el extremo de la pipa, exprimía el pescuezo de las palabras hasta hacerlas gritar: “la luna es el ojo de buey del barco de la noche”.

Ramón (como le gustaba que lo llamaran) ofrecía una charla vestido de torero, o con tricornio de Napoleón; al lado de una botella de Anís del Mono oficiaba una misa bohemia en la Cripta del café de Pombo, o se subía a un trapecio en el centro de Madrid para presentar uno de sus libros. En su estudio de la calle de Velázquez había bolas de cristal, una muñeca de cera con la que se hacía las fotos para los periódicos, lápidas de cementerio, sellos de Sumatra, estampas y retratos, máscaras, pisapapeles y un enorme espejo cóncavo…

Pero Gómez de la Serna, a contrapelo de toda convención, forjó una obra tan insólita como extensa. En sus crónicas de los 20, él trae la voz de las vanguardias europeas.

Prologa un libro de Apollinaire y Neruda lo abraza como el “Picasso de nuestra prosa maternal”. Con el eje centrado en la ‘greguería’ (humorismo + metáfora = greguería), Ramón produce un centenar de volúmenes entre novelas, teatro, biografías, ensayos y crónica periodística.

La guerra española de 1936 lo arroja a Buenos Aires. A fines de los 40 inicia la escritura de su resignada autobiografía: Automoribundia. Entre 1953 y 1960, él redacta doce libros, algunos millares de artículos periodísticas y algunas retahilas de nuevas greguerías.

Decae su salud en 1962 y fallece el 12 enero de 1963 en Buenos Aires.
“Al entierro de Ramón –relata Paco Umbral-- fuimos con César, Alcántara, Olano y el maestro Agustín Lara, que se había traído sus músicos y le tocaron a Ramón el chotis “Madrid”. Era un día marceño, creo que 1963, y a Ramón lo pusimos encima de Larra en la Sacramental de san Justo, al otro lado del río”.

Automoribundia (fragmentos)

Ramón Gómez de la Serna

Prólogo

Titulo este libro “Automoribundia”, porque un libro de esta clase es más que nada la historia de cómo ha ido muriendo un hombre y más si se trata de un escritor al que se le va la vida más suicidamente al estar escribiendo sobre el mundo y sus aventuras. En realidad, esta es la historia de un joven que se hizo viejo sin apercibirse de que sucedía eso, contando algo de lo que pasó o tuvo a su alrededor, y que le obligó a pensar en pensamientos independientes.

Se verá también al literato que no tuvo miedo a morir por su esfuerzo, pues cuando un artista tiene miedo a ese deshacerse día a día ya no ve las cosas que sólo dicta la muerte escondida y misteriosa.

Ahora voy descubriendo que la muerte va llegando por carestía de temas. En las futuras ediciones que volverán más cabal esta autobiografía se irá sabiendo en qué quedó esta lucha entre la nada y el algo. Ya soy inmortal.

¿Y ahora qué?

Capítulo I

Nací o me nacieron –que no sé cómo hay que decirlo– el día 3 de julio de 1888, a las siete y veinte minutos de la tarde, en Madrid, en la calle de las Rejas número 5, piso segundo. ¿Para qué ocultar la fecha de mi nacimiento?

Yo nací para llamarme Ramón, y hasta podría decir que tengo la cara redonda y carillena de Ramón, digna de esa gran O sobre la que carga el nombre, y que es exaltada por su acento que sólo la imprenta me escamotea porque las mayúsculas no suelen estar acentuadas.

Capítulo XXV

La adolescencia es cosa bárbara, es comerse con la mirada los langostinos crudos que se ven en las pescaderías, querer cazar osos blancos en los escaparates de las peleterías, pedir un periódico que no se vende nada y que no tienen en el puesto de diarios, temer convertirse en regadera y creer que una mujer hermosa pura y vacante nos va a detener en la calle para decirnos que nos adora.

Capítulo XXIX

No quiero haber vivido mucho, ni viajado mucho, ni amado mucho, ni escrito mucho, sino haber levantado mucho la vista hacia las cosas asistido por mi alma limpia y altruista de pobre de solemnidad, y haber comprendido en esa contemplación y con tolerancia la inanidad de todo, y que entre lo inane lo que lo es menos es lo bueno y lo bello, entendiendo por bondad el cariño desinteresado por las ideas, por las cosas visibles e invisibles, por las personas nobles, y entendiendo por lo bello lo que ya está revelado como tal o lo que lleva latente y aun en secreto la belleza futura y sólo se sabe que es así por lo que se oye en los sueños y en los suspiros.

Capítulo XLVII

La escritura es una petulancia contra la muerte.

Capítulo XLVIII

Ya estoy metido en la profesión de literato que consiste en perder el dinero que no se gana. Un escritor es lo que se llama un alma en pena, un alma en pena de oraciones, creaciones, palabras, necesidad de vivir la suposición y el invento de algo superior que falta en la vida.

Capítulo LIX

Con todo lo que se vive y lo que se escribe no se logra dominar la vida por un momento encontrándole el sabor indudable e inolvidable. Lo que más he buscado es el asa de la realidad para asirme a ella, para agarrarme. La realidad es mentira.
¿Cuál es el asa fehaciente de la realidad? ¿Ese olor de olla de arroz que acaban de limpiar? ¿Ese momento en que la gallina se baja sus bombachas y pone el huevo? ¿Ese goce de coronas cuando las flores han muerto? ¿Esa maleta nueva en que los punzones de las hebillas aún entran con dificultad en los agujeros de las correas? ¿Ese vibrar de cristales en que el cristalino del ojo entra en inquietud? ¿El disparo de esos cañoncitos de balcón que hacen su salva cuando el rayo de sol meridiano enciende la pólvora con la lupa? ¿El pío- pío de esos pájaros de alero que cuidan las cornisas? ¿El pisar el pedregullo del jardín y tomar chocolate con migas? ¿Ese olor a coche frío de la vuelta de los entierros? ¿Ese cristal hecho como con alambres de niebla y detrás de cuya opaca trama se ve la más indiscreta sombra? ¿Ese babeo de la máquina del tren a la sombra del andén? ¿Quizás el ver al partir de viaje esas luces que corren a través de las ventanillas del tren parado y sin luz en la vía paralela a la nuestra? Estoy en diálogo perpetuo conmigo mismo buscando esa señal de lo real absoluto.
No encuentro la señal, no la encuentro.

Capítulo LXI
Al hablar de las mujeres me refiero entre otras a esas mujeres que se adelantan o se intercalan en nuestro camino para que no nos casemos con otras peores. Hay que ser feliz sin que ellas lo sepan. El hombre debe saber devolver a la noche la mujer que se empeña en irse a la noche.

Capítulo XCVIII

Dios castiga con la muerte a los buenos y a los malos para no equivocarse. Lo malo es oír el canto del pájaro que murió hace mucho. ¿Un cura en el ascensor? Yo me bajo. Me confesaría. El peine entorna los ojos al peinarnos. El polvo está lleno de viejos y olvidados estornudos. La mano es el guante de la sangre.

Capítulo CI

Estoy en ese momento en que exclaman al vernos: “¡Cómo te pareces a tu padre!” Al mirarme en un espejo que súbitamente me refleja me encuentro realmente parecido a mi padre. ¿Seré mi padre? En esa angustia del espejo he querido gritar: “¡No quiero ser mi padre! ¡No quiero ser mi padre!”...veo que el vivir es meterse en ese atolladero sin notarlo. ¿Quién me robó? ¿Es que se quedó con mi posibilidad aquel niño que haciéndose el inocente me preguntó la hora?

Epílogo

En resumidas cuentas, viví y no supe lo que era vivir. No se muere por una enfermedad sino por cansancio de vivir.

Hay que tener también en cuenta que siempre que se muere alguien se repite la muerte de todos. ¡Ah, después que yo me muera ya no veré morir a nadie! Hay un momento en que está uno dispuesto a recibir todas las noticias, hasta la de su muerte. La vida es más corta que lo que se escribió.

Y ahora, después de estas palabras, doy por terminada la edición príncipe de mi autobiografía, en que creo haber dejado concentrada mi conciencia y mi historia, pero si alguien dudase de la veracidad y exactitud de lo que digo: ¡que le fría un huevo!

(Todo lo dicho en este libro vale hasta hoy, 10 de junio de 1948, día en que comienzo a escribir un libro aun más sincero y más escandaloso que se titulará “Lo que no dije en mi Automoribundia”).

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