Música en un mundo nuevo

George Gershwin.
Si me dejan escribir todas las baladas de una nación, no me importa quién escriba las leyes.
Andrew Fletcher

Sólo en tres lugares, dentro de la vasija multicolor del Nuevo Mundo, fue dable el surgimiento de una música popular trascendente y vigorosa, de originalidad irrefutable. Esta epifanía aconteció en Estados Unidos, Brasil y Cuba.

Músicos señeros e insignes los hubo siempre en otras comarcas de la región. Pero nunca un testimonio musical de tal categoría, cobrado como esencia viva de un conglomerado humano, logró nacer con anterioridad en este universo que abría los ojos. Ecos y asombros inesperados e insólitos; ritmos y enlaces armónicos que enderezaban melodías y estados poéticos desprendidos de una nueva educación sentimental.

La clave de tan asombrosa andanada creativa tendría, así, razones étnicas y de índole socioeconómica. En los tres espacios nombrados prosperó, durante siglos, un modelo de economía de plantación. Eran millares de negros africanos que servían, en condiciones de esclavitud, a un férreo establecimiento económico y político propiedad de blancos, descendientes de europeos. La insalvable distancia entre ambas etnias –un trayecto cargado de intensidad emocional no menos que de hechizo antropológico-- constituyó, sin dudarlo, el catalizador de aquel milagro que hubo de ser la musicalidad de nuestro continente.

De un lado, notemos que la percepción musical del indígena fue siempre primaria, infantil. De incas a mapuches y araucanos, de taínos a caribes, de mayas y aztecas hasta sioux y apaches: tan sólo entonación plañidera con maracas y flautillas y tamboriles. La simbiosis del indio con el blanco, más tarde, sobrevino culpable de una extensa familia de tonadas, canturreos y salmodias (casi siempre a la usanza del vals, a tres por cuatro) que entonan, conmovidos, bolivianos, peruanos, ecuatorianos y colombianos de la alta montaña. En estado de pureza, asimismo, el ingrediente negro (Haití sería la mejor demostración) convoca a lo sumo intuiciones rítmicas: estridencia de atabales, batahola de pellejos azotados, algarabía de burdos y rituales aspavientos.

Al otro extremo, lo blanco estricto, sin añadiduras (Argentina, digamos), resulta en expresiones artísticas cerradas (con cabriolas y giros en torno a su propio eje), en la vecindad de algunas formas de música popular europea. El tango (“Sentimiento triste que se baila”, al decir de Enrique Santos Discépolo) es furor de sangre mediterránea (italiana, per lo piú), preñada de poético tormento por el ostracismo, por el aislamiento y la dureza de aquel Sur eternamente irreal.

En nuestra isla, el intenso cruce racial entre blancos y negros (acaecido tras las Devastaciones, a principios del siglo XVII) desdibujó las diferencias y, a la vez, deshizo las raíces culturales del europeo y del africano. Durante doscientos años nos nivelamos, fuimos iguales, o peores. Los indios, así, extinguidos casi en su totalidad, se convirtieron en espectros; los mulatos en “indios claros”, los negros en “blancos de la tierra”. Y el hibridismo, al final, nos hizo musicalmente estériles, infecundos melódicamente. Luego, ahora sin lazos intangibles que nos ataran a Europa y al Senegal, la música que hilaban nuestros paisanos se hizo dependiente, subalterna de la cubana. Copiamos, pues, los argumentos, las melodías, las formas orquestales, las cadencias…

Porque, repito, la auténtica novedad musical de América hubo de germinar en el contacto fulgurante, en la chispa nacida de ese roce cotidiano e inmaterial entre dos purezas antagónicas. En esa suerte de prolongada asimilación dentro de un ámbito magnetizado y abierto (aunque sin contacto físico) entre dos etnias reluctantes, contrapuestas como el día y la noche.

La circunstancia de los Estados Unidos es peculiar. Todo inicia con un negro esclavo que canta su blues —su azul, su tristeza— desde la plantación de algodón, y otro esclavo lejano que responde también con la azulada melancolía de su calvario. Y sigue después en ese borroso analfabeto, ahora manumiso, que toca el dixieland vestido de mamarracho en los muelles del Mississippi. O en aquel otro que canta un spiritual en la reclusión festiva de la parroquia.

Después, el esclavo libre que emigra al Norte y trabaja en las fábricas de automóviles de Henry Ford. Y, pronto, el jazz de King Oliver, Louis Armstrong, Pee Wee Russell y Jelly Roll Morton. Más tarde, las creaciones de Benny Carter, Coleman Hawkins (el “inventor del saxo”) y Duke Ellington. Entonces la guerra y el swing de Glenn Miller y el be-bop y Charlie Parker y Thellonius y Gillespie y Bud Powell. Más tarde, el middle jazz de Benny Goodman, el jazz cool, el hard bop, la revolución de John Coltrane y Ornette Coleman, el free jazz de Cecil Taylor, el post free de Miles Davis y Herbie Hancock y Chick Corea.

Al mismo tiempo fructifica allí una enérgica tendencia encabezada por músicos de raza blanca que asimilan las novedades y los hallazgos imaginativos del jazz y los traen a los escenarios de Broadway: George Gershwin, Irving Berlin, Cole Porter, Jerome Kern, Richard Rogers. La vasta y opulenta música popular de los estadounidenses constituye, sin discusión, un organismo espléndidamente vivo —negro y blanco, a la vez— con innovaciones permanentes y cifras de asombrosa inteligencia creadora.

Los grupos de esclavos llevados al Brasil, que durante dos siglos de inmigración poblaron la vastedad de aquella antigua colonia portuguesa, mantienen todavía una identidad ardiente, con dialectos, formas rituales y prácticas religiosas que miran hacia el origen. La ciudad de Bahía representa el prodigio de una auténtica ciudad africana, envuelta en las brumas de la macumba y el candomblé.

La negritud aporta el catereté, la batucada, el congo, la machicha, el samba. Los blancos y mulatos contribuyen con el choro y la modinha (emparentada con la melancólica saudade portuguesa). Pero en Brasil, desde los primeros decenios del período colonial, las misiones jesuitas concibieron la instrucción musical de la población indígena basada en la enseñanza de las creaciones europeas, que luego los artistas autóctonos tomaron como modelos.

La música de Brasil es una mezcla de desbordamiento rítmico, profundidad armónica, pureza poética y melodía en estado de gracia. La bossa-nova y el tropicalismo son los frutos más recientes y señeros de la alucinante imaginación del brasileño.
Los autores musicales son numerosos e ilustres: Ary Barroso, Pixinguinha, Cyro Monteiro, Cartola, Dorival Caymmi, Antonio Carlos Jobim, Vinicius de Moraes, Dolores Durán, Joao Gilberto, Edú Lobo, Roberto Menescal, Carlos Lyra, Chico Buarque de Holanda, Luis Bonfá, Baden Powell, Gilberto Gil, Gaetano Veloso, Milton Nascimento, Iván Lins.

La coyuntura cubana es, igualmente, de una pródiga originalidad. Los negros cubanos bailaban el bembé, la caringa, la conga, el tango-congo. Hablaban en ñáñigo y se consagraban a la santería, en tanto Claudio Brindis de Salas —el Paganini negro— paseaba su virtuosismo por Europa.

Tanto como el Brasil, Cuba fue un asentamiento de africanos puros que coexistió durante varios siglos con un enclave formado por descendientes de europeos. La percusión, el choque entre ambas culturas (no la mezcla, entiéndase) creó el son, la habanera, el bolero, el danzón, la guaracha, el cha-cha-cha, el guaguancó, la guajira, el punto, la rumba, el mambo.

Los cubanos, a no dudarlo, han escrito la biografía musical del Caribe, su pragmática vital, esto es, la íntima antropología de este ámbito escaso de ordenanzas y sobrado de palmeras y gaviotas. La nómina de creadores es variada e insigne: Sindo Garay, Ernesto Lecuona, Eliseo Grenet, Margarita y Ernestina Lecuona, César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Miguel Matamoros, Adolfo Guzmán, René Tuzet, Julio Gutiérrez, Frank Domínguez, Mario Fernández Porta, Tania Castellanos, Orlando de la Rosa, Marta Valdes, Miriam Ramos, Pablo Milanés, Amaury Pérez.

Ahora, al final, todo parecería obvio: sin la llegada al Nuevo Mundo de nuestros abuelos mandingas y yelofes, sin el tormento de su esclavitud, del aislamiento, este mundo americano sería mucho más triste. Mucho más desdichado de cuanto ahora nos parece.

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