V. El río y el mar
Hay ciudades que nacieron junto a un río y otras que crecieron frente al mar. Santo Domingo tuvo el privilegio —y la responsabilidad— de nacer entre ambos. Desde sus primeros días, el río Ozama y el mar Caribe no fueron simples accidentes geográficos, sino las dos fuerzas que hicieron posible su existencia. Uno ofrecía abrigo; el otro abría el horizonte. El río protegía el puerto; el mar conectaba la ciudad con el resto del mundo.
Desde la desembocadura del Ozama llegaron las naves que transportaban colonos, soldados, religiosos, comerciantes y artesanos. Por esas mismas aguas entraron caballos, herramientas, libros, semillas y noticias de una Europa que entonces parecía el centro del universo. También desembarcaron epidemias, conflictos y las tensiones propias de una empresa colonial que transformaría para siempre el destino del continente americano.
Pero el río no fue únicamente una puerta de entrada. Durante siglos constituyó el corazón económico de la ciudad. Sus muelles concentraban el movimiento comercial; sus orillas eran escenario del trabajo cotidiano de cargadores, carpinteros de ribera, pescadores y marineros. El ritmo de la ciudad seguía el ritmo del puerto. Cuando los barcos llegaban, Santo Domingo respiraba con intensidad; cuando partían, la ciudad parecía quedarse contemplando el horizonte.
Todavía hoy, desde las murallas de la Fortaleza Ozama o desde las terrazas de la Ciudad Colonial, es posible comprender por qué los fundadores eligieron este lugar. El río describe una curva serena antes de entregarse al mar Caribe, mientras las antiguas fortificaciones dominan la desembocadura como si aún esperaran la llegada de las velas que durante siglos definieron la vida del puerto.
Pocas ciudades conservan una escena fundacional tan visible. Sin embargo, el crecimiento metropolitano modificó lentamente esa relación. A medida que Santo Domingo se expandía hacia el oeste y el norte, el Ozama dejó de ocupar el centro de la vida urbana. La ciudad comenzó a crecer de espaldas al río. El puerto perdió el protagonismo económico que había tenido durante siglos, y las nuevas centralidades metropolitanas desplazaron la atención hacia avenidas, centros financieros y barrios cada vez más alejados de la ribera.
Algo semejante ocurrió con el mar. El Malecón, concebido originalmente como un balcón abierto sobre el Caribe, terminó convirtiéndose también en uno de los principales corredores de circulación de la ciudad. Miles de vehículos lo recorren diariamente con la urgencia propia de una gran metrópoli. Muchas veces quienes lo utilizan apenas alcanzan a percibir el océano que se extiende a pocos metros de distancia. El mar permanece allí, inmenso e inmutable, mientras la ciudad pasa junto a él con la prisa de quien ha olvidado detenerse a contemplarlo.
Y, sin embargo, basta regresar al atardecer para descubrir que el vínculo nunca se rompió del todo. Cuando disminuye el tránsito y el calor comienza a ceder, el Malecón recupera su condición original de espacio público. Familias que pasean, jóvenes que conversan apoyados sobre el muro, corredores, ciclistas y pescadores vuelven a apropiarse de ese borde donde la ciudad termina y comienza el mar Caribe. Durante unas horas, el paisaje vence al automóvil.
Esa escena cotidiana revela una verdad más profunda. Las ciudades no mantienen únicamente relaciones funcionales con su geografía; mantienen también relaciones afectivas. Los habitantes quizá no visiten diariamente el Ozama ni contemplen cada tarde el mar, pero ambos continúan formando parte de su memoria colectiva. Constituyen referencias permanentes, aunque muchas veces invisibles.
Las grandes capitales contemporáneas han comprendido que los ríos y las costas no representan solamente recursos naturales o corredores logísticos. Son algunos de los espacios públicos más valiosos de una ciudad. Londres redescubrió el Támesis; París volvió su mirada hacia el Sena; Bilbao encontró en la recuperación de su ría uno de los motores de su transformación urbana. Cada una comprendió que reconciliarse con el agua significaba hablar consigo misma.
Santo Domingo enfrenta hoy un desafío semejante. Recuperar el Ozama no consiste únicamente en sanear sus aguas o mejorar la calidad ambiental de sus riberas, aunque ambas tareas sean indispensables. Significa reincorporarlo a la vida cotidiana de la ciudad. Convertirlo nuevamente en un lugar de encuentro, de recreación, de cultura y de paisaje. Significa que las futuras generaciones puedan mirar el río no como una frontera que divide, sino como un eje integrador.
Lo mismo ocurre con el litoral caribeño. El Malecón no debería entenderse simplemente como una infraestructura vial de extraordinaria importancia. Es, sobre todo, la fachada marítima de la República Dominicana, el lugar donde la ciudad se presenta al océano que durante más de cinco siglos ha determinado su historia. Su valor urbano trasciende con mucho el número de carriles que posee o la intensidad de su tránsito. Es uno de esos paisajes que contribuyen a definir el carácter irrepetible de una ciudad.
Existe, además, una razón menos evidente para proteger esa geografía. En un tiempo en que las metrópolis tienden a parecerse unas a otras, el río y el mar constituyen algunos de los últimos elementos capaces de preservar una identidad auténtica. Las torres pueden reproducirse en cualquier lugar del mundo; los centros comerciales terminan ofreciendo las mismas marcas; incluso la arquitectura comienza a uniformarse bajo el lenguaje de la globalización. Pero ninguna otra ciudad posee exactamente la relación que Santo Domingo mantiene con el río Ozama y con el mar Caribe. Allí reside una parte esencial de su singularidad.
Quizá el mayor desafío urbano del siglo XXI no consista en construir más cerca del agua, sino en volver a vivir con ella. Comprender que el río y el mar no son los límites de la ciudad, sino su origen permanente. Que toda gran capital necesita conservar un paisaje capaz de recordarle, incluso en medio del crecimiento y de la modernidad, de dónde vino y por qué nació precisamente allí.
Porque antes que las avenidas, antes que las murallas y antes incluso que las plazas, estuvieron el río y el mar. Ellos fueron los primeros arquitectos de Santo Domingo. La ciudad ha pasado cinco siglos transformándose; ellos continúan esperándola, con la misma paciencia con que el agua espera siempre el regreso de quienes alguna vez aprendieron a mirarla.
