El país de los “después”

Hay palabras que parecen inocentes e inofensivas, pero que, repetidas muchas veces, terminan revelando una manera de vivir. Una de ellas es “después”. Después lo hacemos. Después resolvemos. Después veremos. Después cambiaremos. Después pediremos perdón. Después nos ocuparemos de eso.

Y así, casi sin advertirlo, hemos ido construyendo una cultura en la que muchas responsabilidades encuentran refugio en esa palabra cómoda. El problema es que el después no siempre llega. Y cuando finalmente aparece, muchas veces ya es demasiado tarde.

Hay enfermedades que se agravaron porque alguien dijo “después voy al médico”. Hay reconciliaciones que nunca ocurrieron porque alguien prefirió “después hablamos”. Hay proyectos nacionales que llevan décadas esperando porque siempre hubo una prioridad más urgente. Hay jóvenes que se quedaron sin oportunidades porque las decisiones necesarias se fueron aplazando. Hay problemas que se hicieron crisis porque nadie quiso enfrentarlos cuando todavía tenían solución.

Un país también puede enfermar de postergación. Y quizá nosotros, los dominicanos, tengamos que preguntarnos seriamente si estamos convirtiendo el “después” en una de nuestras formas más frecuentes de irresponsabilidad.

1-El “después” como forma de evadir la responsabilidad

Postergar no siempre significa ser perezoso. A veces significa tener miedo. Otras veces, falta de decisión. Y en muchas ocasiones, sencillamente, comodidad.

Decir “después” nos permite no enfrentar hoy aquello que sabemos que debemos resolver. El padre que debe corregir a su hijo dice: “Después hablaremos”. El funcionario que tiene que responder por una irregularidad dice: “Después investigaremos”. El ciudadano que debe cumplir una obligación dice: “Después lo hago”. El político que promete una solución dice: “Después vendrá”. Y mientras todos esperamos ese misterioso después, los problemas siguen creciendo.

El tiempo no resuelve por sí mismo lo que nosotros nos negamos a resolver. Lo que se posterga sin razón, muchas veces se agrava.

2-Un país no puede vivir aplazando

Las naciones necesitan visión de futuro, pero no pueden utilizar el futuro como excusa para no actuar en el presente.

Hay asuntos que no admiten espera. La educación de nuestros niños no puede quedar para después. La seguridad ciudadana no puede quedar para después. La atención a los envejecientes no puede quedar para después. La protección de la familia no puede quedar para después. La lucha contra la corrupción no puede quedar para después.

La calidad de los servicios públicos no puede quedar para después. La dignificación de nuestros barrios no puede quedar para después. Todo esto porque mientras nosotros decimos “después”, hay personas que están viviendo ahora las consecuencias de nuestra demora.

3-El “después” de la política

Hay una particular responsabilidad de quienes gobiernan. La política no puede alimentarse indefinidamente de promesas futuras.

Un gobernante puede anunciar grandes proyectos, presentar planes, pronunciar sus discursos y dar los primeros picazos. Pero al final, la ciudadanía necesita resultados.

No basta con decir que algún día tendremos mejores hospitales. Hay enfermos hoy. No basta con prometer una educación de calidad para las próximas generaciones. Hay niños entrando hoy a las aulas. No basta con anunciar que algún día tendremos mayor seguridad. Hay familias que viven hoy con miedo. No basta con decir que se combatirá la corrupción. Los recursos públicos se están utilizando hoy.

La política del “después” puede ser electoralmente cómoda, pero socialmente es muy costosa.
No se debe de gobernar solamente con expectativas. Se debe gobernar con decisiones.

4-También nosotros somos el país de los “después”

Sería demasiado fácil colocar toda la responsabilidad en los gobernantes. El problema es más grande de lo que pensamos.

También nosotros hemos aprendido a vivir postergando. Nos quejamos del deterioro de las calles, pero arrojamos basura donde no debemos. Exigimos honestidad a los demás, pero buscamos ventajas cuando se presenta la oportunidad. Pedimos seguridad, pero irrespetamos las normas y leyes. Criticamos la corrupción pública, mientras justificamos pequeñas trampas que hacemos en el día a día. Queremos un país diferente, pero esperamos que sean otros quienes comiencen a cambiarlo. Y en medio de todo esto tenemos que decir una verdad más: no podemos construir una sociedad nueva con las mismas irresponsabilidades que ayudaron a deteriorar la sociedad que tenemos.

El cambio nacional también comienza en la conducta aparentemente insignificante de cada ciudadano.

5-Hay un “después” que puede convertirse en nunca

Quizá la tragedia mayor del “después” sea que creemos disponer de tiempo ilimitado. Pensamos que siempre podremos llamar, podremos visitar, podremos pedir perdón, podremos decir “te quiero”, podremos corregir, podremos comenzar de nuevo. Pero la vida no firma contratos con nosotros. Hay oportunidades que pasan una sola vez. Hay personas que esperan una palabra nuestra y un día dejan de esperarla. Hay padres que envejecen mientras sus hijos siguen diciendo “después voy”. Hay amigos que se marchan sin que hayamos tenido la conversación pendiente. Hay personas que mueren con palabras que nunca nos atrevimos a pronunciar. No todo puede quedar para después.

6-Una sociedad que posterga también pierde oportunidades

El desarrollo de un país depende, en buena medida, de su capacidad para anticipar. Las grandes naciones no esperan a que los problemas se conviertan en catástrofes para actuar, pues planifican, previenen, invierten, corrigen, evalúan y aprenden.

Nosotros tenemos que superar la cultura de apagar incendios después de que el fuego se ha extendido.

¿Cuántas veces esperamos una tragedia para revisar una estructura? ¿Cuántas veces esperamos una crisis para tomar medidas? ¿Cuántas veces necesitamos que ocurra algo grave para reconocer un problema que ya conocíamos?
Actuar a tiempo casi siempre cuesta menos que lamentarse tarde.

7- El “después” también puede ser una forma de indiferencia

Hay una manera especialmente peligrosa de postergar: aquella que nace de no querer involucrarnos. Vemos a alguien sufrir y pensamos: “Alguien lo ayudará”. O también vemos una injusticia y decimos: “Eso no es asunto mío”.

Muchas veces vemos una situación irregular y pensamos: “Para qué meterme en problemas”. Y, escuchamos a una persona pedir ayuda, y respondemos interiormente “después”.

El problema es que el sufrimiento de otro no se vuelve menos urgente porque nosotros decidamos mirar hacia otro lado. La parábola del buen samaritano continúa siendo una llamada incómoda precisamente porque nos obliga a detenernos ante el dolor ajeno.

8-También hay que aprender a decir “hoy”

Frente a la cultura del después necesitamos recuperar la palabra “hoy”. Hoy puedo pedir perdón. Hoy puedo comenzar. Hoy puedo corregir. Hoy puedo visitar. Hoy puedo ayudar. Hoy puedo estudiar. Hoy puedo trabajar con mayor responsabilidad. Hoy puedo cumplir mi deber. Hoy puedo llamar a esa persona. Hoy puedo reconciliarme. Hoy puedo hacer algo por mi país.

No se trata de vivir angustiosamente apresurados. Se trata de comprender que el presente es el único lugar donde nuestras decisiones pueden convertirse en realidad.

El pasado ya no está en nuestras manos. El futuro todavía no nos pertenece. Lo único que verdaderamente tenemos es este momento.

9-La educación también debe enseñarnos a no postergar

Hay una tarea especialmente importante con nuestros niños y jóvenes. Debemos enseñarles que la responsabilidad no consiste únicamente en hacer las cosas bien, sino también en hacerlas cuando corresponde. Cumplir a tiempo. Llegar a tiempo. Estudiar a tiempo. Pedir perdón a tiempo. Reconocer un error a tiempo. Tomar una decisión a tiempo.

Una persona puede tener buenas intenciones y, sin embargo, fracasar por su incapacidad para actuar oportunamente. La vida no se construye con buenos deseos. Se construye con decisiones.

10-El país que necesitamos no puede esperar eternamente

Quizá agosto, con su memoria patriótica y su evocación de la Restauración de la República, sea un buen momento para hacernos esta pregunta: ¿Qué estamos dejando para después? ¿Qué transformación sabemos que necesita el país y seguimos aplazando? ¿Qué decisión conocemos como necesaria y no nos atrevemos a tomar? ¿Qué problemas estamos heredando a nuestros hijos simplemente porque nosotros no quisimos enfrentarlos?

Los restauradores no dijeron “después veremos si recuperamos la República”. Llegó un momento en que comprendieron que había que actuar.

Conclusión

CERTIFICO que por todo lo descrito aquí, el “después” se ha ido convirtiendo en una forma elegante de no hacer nada.
DOY FE en Santiago de los Caballeros a los veintiún (21) días del mes de agosto del año del Señor dos mil veintiséis (2026).

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