Hay preguntas que acompañan nuestra vida: ¿quién soy?, ¿qué hago?, ¿qué he conseguido?, ¿cuánto valgo?, ¿qué lugar ocupo en la sociedad? Desde pequeños vamos construyendo respuestas a esas preguntas. Nos identificamos por nuestro nombre, nuestra familia, nuestros estudios, nuestro trabajo, nuestras capacidades, nuestros bienes y hasta por el reconocimiento que recibimos de los demás.
Sin embargo, hay una identidad mucho más profunda que todas esas. Una identidad que no depende de nuestros éxitos ni desaparece con nuestros fracasos. Una identidad que no nos concede el mundo y que, por tanto, el mundo tampoco puede quitarnos: somos hijos de Dios.
Esa verdad fue sembrada en nosotros de manera especial el día de nuestro Bautismo. Quizá muchos no lo recordemos porque éramos apenas unos niños. No tuvimos entonces conciencia de lo que estaba sucediendo, pero Dios sí sabía lo que hacía. Mientras nuestros padres y padrinos nos llevaban a la fuente bautismal, comenzaba para nosotros una vida nueva en Cristo.
1-Una identidad que recibimos como regalo
Hoy somos invitados permanentemente a demostrar quiénes somos. Hay que destacar, competir, alcanzar metas, acumular méritos y mostrar resultados. Las redes sociales han aumentado todavía más esta necesidad de exhibir lo que hacemos y lo que tenemos. Parece que debemos convencer continuamente a los demás, y a veces a nosotros mismos, de que somos importantes.
El Bautismo nos coloca ante una verdad diferente. Nuestra dignidad no es algo que tengamos que conquistar. Es un regalo.
Dios nos llama hijos suyos. San Pablo lo expresa con claridad: “Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gál 3,26). Antes de cualquier título, cargo o reconocimiento, existe esa condición fundamental.
Somos hijos antes que profesionales. Hijos antes que empresarios o empleados. Hijos antes que personas conocidas o anónimas. Hijos antes que vencedores o derrotados. Hijos incluso cuando hemos cometido errores.
Esto no significa que nuestras responsabilidades, capacidades o logros carezcan de importancia. Significa que ninguno de ellos constituye el fundamento último de nuestra dignidad.
2-Una dignidad que no depende del éxito
Lamentablemente muchas personas terminan creyendo que valen según lo que poseen o según el reconocimiento que reciben.
Si tienen dinero, se sienten importantes. Si ocupan una posición, creen tener mayor valor. Si reciben aplausos, consideran que están triunfando. Y cuando pierden aquello que los hacía sentirse importantes, experimentan un vacío profundo.
Pero la dignidad de una persona no aumenta cuando adquiere riquezas ni disminuye cuando las pierde.
El niño que acaba de nacer tiene dignidad. El anciano que ya no puede trabajar tiene dignidad. La persona que vive en pobreza tiene dignidad. El enfermo, el preso, el inmigrante, el desconocido, el que ha fracasado y aquel que nadie reconoce tienen dignidad. Todos poseen un valor que precede cualquier circunstancia. Son criaturas amadas por Dios y, para quienes hemos recibido el Bautismo, hijos adoptivos en Cristo.
Por eso, una sociedad creyente en Cristo no puede medir la importancia de las personas por su utilidad. Nadie puede ser tratado como mercancía, instrumento o número. Cuando olvidamos que el otro tiene una dignidad que viene de Dios, comenzamos fácilmente a utilizarlo en beneficio propio. Gran error.
3-Cuando olvidamos quiénes somos
Muchas veces nuestros problemas comienzan cuando olvidamos nuestra identidad.
Nos comparamos con los demás porque hemos olvidado que Dios tiene una mirada particular sobre cada uno.
Envidiamos el éxito ajeno porque creemos que el triunfo de otro disminuye nuestro propio valor. Buscamos desesperadamente reconocimiento porque hemos dejado de escuchar la voz de Dios que nos recuerda que somos amados. También podemos caer en el extremo contrario, sentirnos superiores a los demás.
Pero quien sabe que es hijo de Dios no necesita humillar a nadie para sentirse grande.
La grandeza cristiana no es estar por encima de otros, sino en aprender a vivir como hermano. El Bautismo no solamente establece una relación nueva con Dios; también nos introduce en una familia. El que ha sido bautizado no camina solo, pertenece a Cristo y forma parte de un pueblo. Por eso, nuestra fe debería transformar la manera en que miramos a quienes tenemos cerca.
4-Ser hijo cambia la manera de vivir
Decir “soy hijo de Dios” no puede quedarse en una frase bonita. Creerlo de verdad tiene sus consecuencias.
Un hijo de Dios procura vivir con honestidad aunque nadie lo esté vigilando. Procura decir la verdad aunque mentir pudiera beneficiarlo. Trata con respeto al pequeño y al poderoso. No utiliza a las personas para conseguir ventajas. No se alegra del fracaso de otro. Aprende a perdonar. Se preocupa por quien sufre. Ayuda cuando puede. Reconoce sus errores y sabe pedir perdón. La gracia bautismal no es una decoración espiritual que llevamos sobre nosotros. Es una llamada a una vida nueva.
El agua del Bautismo nos recuerda que hemos sido llamados a morir al pecado y a vivir para Cristo. La vela encendida nos recuerda que hemos recibido la luz de Cristo. La vestidura blanca expresa esa vida nueva que estamos llamados a conservar. Pero todos esos signos adquieren sentido cuando se convierten en vida.
De poco serviría haber recibido el Bautismo si después vivimos alimentando el odio, practicando la injusticia, engañando, abusando del débil o utilizando la religión solamente como apariencia. El Bautismo nos compromete
5-Una sociedad que necesita recordar la fraternidad
También nuestra sociedad necesita recuperar esta conciencia.
Cuando el dinero se convierte en la medida de todas las cosas, las personas terminan siendo valoradas por lo que pueden producir. Cuando el poder se convierte en un fin, el otro puede ser visto como un obstáculo. Cuando el egoísmo domina, la necesidad del prójimo deja de importarnos. Y de ahí nacen muchas formas de indiferencia.
Nos acostumbramos a ver personas necesitadas sin detenernos. Nos acostumbramos a escuchar denuncias de corrupción sin indignarnos. Nos acostumbramos a la violencia, al abuso, a la mentira y a la injusticia como si fueran inevitables.
Pero el cristiano no puede acostumbrarse al mal.
Cada persona que encontramos tiene una dignidad que reclama respeto. No porque piense como nosotros, vote como nosotros, tenga nuestra misma posición social o pueda ofrecernos algún beneficio, sino porque es una persona.
Y si además recordamos nuestra fe bautismal, comprendemos algo todavía mayor, que estamos llamados a reconocernos como hermanos.
6-Una gracia que debemos cuidar
El Bautismo se recibe una sola vez. No necesitamos repetirlo, porque Dios no juega con sus regalos. Pero la vida bautismal necesita crecer. La semilla puede haber sido plantada, pero necesita ser cuidada. Por eso, no basta con recordar que fuimos bautizados. Tenemos que preguntarnos qué hemos hecho con esa gracia.
¿Nuestra manera de vivir refleja que somos hijos de Dios? ¿Nuestra familia puede descubrir en nosotros el rostro de un cristiano? ¿Nuestros compañeros de trabajo encuentran en nosotros honestidad y respeto? ¿Los más necesitados pueden experimentar nuestra solidaridad? ¿Las personas que piensan diferente encuentran en nosotros comprensión y caridad?
Estas preguntas son más importantes que muchas otras que nos hacemos diariamente.
Porque podemos tener una buena reputación y una vida espiritual vacía. Podemos conocer muchas cosas sobre la religión y, sin embargo, no vivir el Evangelio. Podemos llevar años llamándonos cristianos y necesitar todavía descubrir lo que significa seguir a Cristo.
7-Volver a la fuente
Tal vez necesitamos volver espiritualmente a nuestra pila bautismal. No para repetir el sacramento, sino para recordar lo que Dios hizo en nosotros.
Recordar que fuimos llamados a una vida nueva. Recordar que no somos huérfanos espirituales. Recordar que Dios nos conoce, nos ama y nos llama por nuestro nombre. Quizá la vida nos haya golpeado. Quizá hemos cometido errores.
Quizá nos hemos alejado. Quizá hemos dejado enfriar nuestra fe. Pero la gracia de Dios sigue invitándonos a comenzar de nuevo.
San Juan nos deja una expresión preciosa: “Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1).
No dice solamente que algún día seremos hijos. Dice: lo somos.
El mundo podrá preguntarnos cuánto tenemos, cuánto ganamos, qué posición ocupamos o cuántas personas nos reconocen. Dios nos recuerda algo más grande, que somos sus hijos.
Y quien descubre esa verdad ya no necesita vivir desesperadamente buscando valor en todas partes. Porque antes de cualquier otra cosa, antes de nuestros éxitos y nuestros fracasos, antes de nuestros títulos y nuestras posesiones, antes de los aplausos y de los olvidos, existe una verdad que no pasa, la gran verdad de que somos hijos de Dios.
Vivamos, entonces, de acuerdo con esa dignidad. Que nuestra manera de hablar, de trabajar, de amar, de perdonar y de servir permita que los demás descubran en nosotros algo de la vida nueva que un día comenzó en las aguas del Bautismo. Porque el Bautismo fue el comienzo de una identidad que estamos llamados a vivir cada día.
CONCLUSIÓN
CERTIFICO que fuimos hecho hijos de dios por las aguas del Bautismo, por ende, esa es nuestra identidad, por encima de cualquier otra.
DOY FE en Santiago de los Caballeros a los siete (7) días del mes de agosto del año del Señor dos mil veintiséis (2026).
