La pascua de cristo y la nuestra

Introducción
La Pascua es el corazón palpitante de la fe cristiana. Es el acontecimiento que transforma la historia, ilumina el presente y abre el horizonte de la eternidad. En la Pascua celebramos que Cristo ha vencido la muerte, pero también que esa victoria no le pertenece solo a Él, porque es una victoria compartida, ofrecida, participada. La Pascua de Cristo es también la Pascua del creyente, la Pascua de la Iglesia, la Pascua del mundo que busca redención.

Hablar de la Pascua de Cristo y la nuestra es adentrarse en el misterio de la vida que brota de la muerte, de la luz que irrumpe en medio de la oscuridad, de la esperanza que no defrauda. Es contemplar el tránsito —eso significa “Pascua”— de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia, del dolor a la gloria.

1-La Pascua de Cristo
La Pascua de Cristo no puede comprenderse sin el drama de la cruz. No hay resurrección sin pasión, ni gloria sin entrega. Jesús no evade el sufrimiento humano, sino que lo asume en toda su crudeza. En la cruz, el Hijo de Dios carga con el peso del pecado del mundo, experimenta el abandono, el dolor, la injusticia, y entra en la noche más profunda de la condición humana.

Sin embargo, la cruz no es el final. El sepulcro no es la última palabra. En la madrugada del tercer día, Dios irrumpe con poder y resucita a su Hijo. La resurrección es una vida nueva, glorificada, definitiva. Cristo resucitado no muere más; ha inaugurado una nueva creación.

Esta victoria tiene un alcance universal. No es solamente la rehabilitación de un inocente, ni la reivindicación de un profeta. Es la derrota del pecado y de la muerte, enemigos radicales del ser humano. En Cristo resucitado, la muerte pierde su dominio, y la vida se revela como el destino último del hombre.

La Pascua de Cristo es, por tanto, el fundamento de la esperanza cristiana. Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe. Pero ha resucitado, y eso cambia todo, la historia misma, el sentido del sufrimiento, el valor de la vida, la certeza del futuro.

2-La Pascua como paso
El término “Pascua” tiene sus raíces en la experiencia del pueblo de Israel, cuando fue liberado de la esclavitud en Egipto. Aquella primera Pascua fue un paso decisivo. Dios intervino en favor de su pueblo, lo sacó de la opresión y lo condujo hacia la tierra prometida.

Cristo retoma y lleva a plenitud ese significado. Su Pascua es el paso definitivo, no ya de una esclavitud política a una libertad temporal, sino de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios. Él es el Cordero que se entrega, cuya sangre salva, cuya vida redime.

Pero este paso no es ajeno a nosotros. Cada creyente está llamado a vivir su propia Pascua. No basta con admirar la obra de Cristo; es necesario entrar en ella, atravesar con Él el camino de la cruz hacia la vida nueva.

3-Nuestra Pascua
La Pascua del cristiano comienza en el bautismo. Allí somos sumergidos en la muerte de Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. Se trata, por tanto, de una realidad espiritual muy significativa: el hombre viejo queda atrás, y nace el hombre nuevo.

Sin embargo, esta realidad bautismal necesita ser actualizada cada día. Nuestra Pascua es un proceso continuo. Cada día se presenta como una oportunidad de morir al egoísmo, al orgullo, a la injusticia, al pecado, y de resucitar al amor, a la humildad, a la verdad, a la gracia.

Bien sabemos que morir duele y que renunciar cuesta. Pero es precisamente en ese camino donde se realiza la Pascua personal. No hay resurrección sin renuncia, no hay vida nueva sin dejar atrás lo que nos ata.

La Pascua del cristiano se vive en lo cotidiano, en la paciencia ante las dificultades, en la fidelidad en medio de las pruebas, en la esperanza cuando todo parece perdido. Es un paso constante, pero siempre fecundo.

4-La Pascua en medio del sufrimiento humano
Una de las grandes interrogantes del hombre es el sentido del dolor. La Pascua no elimina el sufrimiento. A la luz de la resurrección, el dolor ya no es absurdo ni definitivo. Puede convertirse en camino de purificación, en ocasión de entrega, en participación en la cruz de Cristo.

Vivimos antes hechos violentos, injusticias, enfermedades y muertes de distintas maneras, pero en medio de todo esto la Pascua es un anuncio de esperanza. Nos dice que el mal no tiene la última palabra, que la injusticia no prevalecerá para siempre, que la vida triunfará.

Por eso podemos decir con toda verdad que para quienes sufren, la Pascua es consuelo. Para quienes luchan, es fuerza. Para quienes han perdido, es promesa. La resurrección da un sentido nuevo. Como en Cristo, las llagas pueden convertirse en signos de gloria.

5-La Pascua comunitaria:
La Pascua jamás puede reducirse a una experiencia individual; es también una realidad comunitaria. La Iglesia nace de la Pascua y vive de ella. Es el pueblo de los resucitados, llamado a anunciar y testimoniar la vida nueva.

Cada celebración eucarística es una actualización del misterio pascual. En ella se hace presente el sacrificio de Cristo y su victoria sobre la muerte. La comunidad cristiana se alimenta de este misterio y es enviada a vivirlo en el mundo.

La Iglesia está llamada a ser signo de resurrección en medio de la historia, promotora de la vida, defensora de la dignidad humana, constructora de paz. Donde hay división, está llamada a sembrar unidad; donde hay desesperanza, a llevar esperanza; donde hay muerte, a anunciar vida.

6-La Pascua y el compromiso con el mundo
La Pascua no nos aparta del mundo, sino que nos compromete más profundamente con él. Creer en la resurrección es precisamente comprometernos con la realidad. El cristiano pascual no es indiferente ante todas las realidades que se viven en el mundo.

La vida nueva recibida en Cristo impulsa a trabajar por un mundo mejor. La Pascua nos llama a ser instrumentos de vida en medio de estructuras de muerte. Nos invita a ser luz en la oscuridad, sal en la tierra, fermento en la masa.

Este compromiso nace de una experiencia: quien ha encontrado la vida verdadera no puede guardarla para sí. La comparte, la comunica, la siembra.

7-La Pascua como horizonte definitivo
Finalmente, la Pascua apunta hacia el futuro. La resurrección de Cristo es primicia de nuestra propia resurrección. No caminamos hacia la nada, sino hacia la plenitud. La vida no termina en el sepulcro; se transforma, como bellamente lo expresa uno de los prefacios de la liturgia.

Esta esperanza es una certeza fundada en el acontecimiento pascual. Sabemos que, así como Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos. Esta convicción cambia nuestra manera de vivir, porque nos libera del miedo que muchas veces nos paraliza y nos anima en el camino.

La Pascua viene a hacernos ese recordatorio importante de que estamos de paso, pero no hacia el vacío, sino hacia la vida eterna. Todo lo nuestro trasciende.

8-Vivir como resucitados
La Pascua de Cristo y la nuestra no son dos realidades separadas, sino un único misterio compartido. Él ha abierto el camino; nosotros estamos llamados a recorrerlo. Él ha vencido la muerte; nosotros participamos de su victoria. Él vive; nosotros estamos llamados a vivir en Él.

Ser cristiano es, en el fondo, vivir como resucitado. Y quien vive como resucitado, vive con esperanza, con alegría, con libertad, con amor. No significa ignorar las dificultades, como hemos dicho, sino enfrentarlas con la certeza clara de que la vida ha triunfado.

La Pascua se levanta hoy, en nuestro mundo, como el anuncio luminoso de que la muerte no tiene la última palabra. Cristo ha resucitado, y con Él, también nosotros estamos llamados a resucitar.

Que esta verdad no se quede en palabras, sino que se haga vida. Que cada uno pueda experimentar su propia Pascua, dejar atrás lo que esclaviza, abrazar la vida nueva, caminar en la luz.

Porque la Pascua de Cristo es una vida que recibimos y un destino que esperamos al terminar nuestros días en esta tierra.
Conclusión
CERTIFICO que la Pascua de Cristo que celebramos es también nuestra victoria. Él ha abierto el paso, a nosotros nos corresponde recorrerlo, dejando atrás el pecado, el egoísmo y la desesperanza.

DOY FE en Santiago de los Caballeros a los veinticuatro (24) días del mes de abril del año del Señor dos mil veintiséis (2026).

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