Introducción
Hay devociones que se aprenden y hay otras que se heredan; pero existen algunas que, más que heredarse o aprenderse, se viven desde el comienzo mismo de la vida. Así ha sido, para mí, la relación con la Virgen de la Altagracia. No se trata solo de una advocación mariana profundamente arraigada en la historia y en la identidad del pueblo dominicano, sino de una presencia que ha acompañado mi existencia desde la cuna hasta el día de hoy.
Hablar de la Virgen de la Altagracia y de mí es, en realidad, hablar de una historia unida por la Providencia de Dios: nacer en Higüey, crecer a la sombra del Santuario Viejo, recibir allí los sacramentos, caminar bajo su mirada maternal y descubrir, con el paso de los años, que su cercanía ha sido sostén en la vocación y refugio en los momentos decisivos. Este escrito no pretende ser un ejercicio de memoria nostálgica, sino un testimonio agradecido de cómo María, Madre de Jesús y Madre nuestra, ha sabido conducir mi vida hacia su Hijo.
Deseo compartir esta experiencia personal, que es también reflejo de la fe de todo un pueblo. Porque al contar mi historia con la Virgen de la Altagracia, reconozco que no es solo mía, es la historia de muchos dominicanos que han aprendido a caminar, a creer y a esperar bajo su mirada amorosa.
Les cuento:
Nací en Higüey en el año 1939, y no puedo comprender mi vida, mi fe ni mi vocación sacerdotal sin mencionar, desde el primer momento, a la Virgen de la Altagracia. Mi historia personal está profundamente entrelazada con la suya, porque Dios, en su Providencia amorosa, quiso que viera la luz en el mismo lugar donde, según la tradición, se manifestó el amor maternal de María para este pueblo dominicano.
Pertenezco al entorno del Santuario Viejo, la iglesia de San Dionisio, ese espacio sagrado donde la memoria viva de la aparición del cuadro milagroso de la Virgen de la Altagracia sigue palpitando en el corazón de la gente. En aquel tiempo aún no existía la Basílica que hoy conocemos; era allí, en ese templo sencillo y venerable, donde convergían las peregrinaciones, donde el pueblo acudía con fe, cargando promesas, lágrimas, súplicas y agradecimientos. Ese fue el escenario de mi infancia, de mis primeros pasos en la fe y de mis encuentros iniciales con Dios.
En esa misma iglesia recibí los sacramentos fundamentales de la vida cristiana: el Bautismo, la Primera Comunión, la Confirmación, la Primera Confesión. Y allí mismo, muchos años después, fui ordenado sacerdote. No es un dato menor. Es una confesión de fe. Desde siempre he estado vinculado a la Virgen de la Altagracia, no por decisión propia, sino porque Dios quiso sembrar mi vida en esa tierra bendita, bajo su mirada maternal.
El amor a la Virgen de la Altagracia lo heredé, de manera muy concreta, de mi padre. En nuestro hogar, junto al cuadro del Corazón de Jesús, había siempre un lugar especial para la imagen de la Altagracia. Crecí viendo la devoción sencilla y profunda de mi familia, y al mismo tiempo fui testigo del ardor de toda una nación que se volcaba hacia mi pueblo, Higüey, para venerar a su Madre espiritual. Desde niño comprendí que la Virgen no pertenecía a este templo, sino al corazón de un pueblo entero.
Guardo recuerdos muy vivos de aquellas procesiones multitudinarias, de los cantos, de las oraciones, del caminar cansado pero esperanzado de los peregrinos. Pero hay una escena que nunca he podido borrar de mi memoria. Fue un 21 de enero. Yo era apenas un niño y mi padre me llevó a la procesión. En medio del recorrido comenzó a llover intensamente. Para protegerme, mi padre me introdujo debajo de las andas que sostenían el cuadro de la Virgen de la Altagracia. Allí, resguardado bajo su imagen, sentí, aunque entonces no pudiera expresarlo con palabras, que María me cubría, que me protegía. Desde ese día tengo la certeza interior de que la Virgen me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, cubriéndome con su manto maternal.
Cuando, siendo joven, sentí con claridad la llamada de Dios a seguirlo en el camino del sacerdocio, acudí nuevamente a ella. En el mes de enero ofrecí una novena a la Virgen de la Altagracia, poniendo en sus manos mi vocación sacerdotal. Desde entonces hasta hoy, la he sentido cercana, firme, sosteniendo mi vocación, como buena mujer y como buena madre.
Cada vez que la Iglesia me ha confiado una nueva misión, un nuevo servicio, un nuevo desafío pastoral, he vuelto a ponerme bajo su protección. Cada día, conscientemente, me ofrezco a ella. Porque he aprendido que María no sustituye a Cristo, sino que nos conduce a Él; no se coloca en el centro, sino que nos enseña a mirar al centro verdadero.
La Virgen de la Altagracia ocupa un lugar principal en la fe y en la identidad del pueblo dominicano. Ella es un punto de encuentro nacional. Las peregrinaciones multitudinarias que llegan a la Basílica en enero, y durante todo el año, son una expresión de esa fe viva. Nuestro pueblo ha acudido a ella en tiempos de abundancia y también en momentos de crisis; en horas de salud y en horas de enfermedad; en alegrías y en dolores. Por eso decimos, con toda propiedad, que es nuestra Madre espiritual.
Basta contemplar el cuadro de la Altagracia para comprender su mensaje. María aparece con los ojos fijos en el Niño Jesús. No se mira a sí misma; no reclama atención para ella. Nos invita a mirar a su Hijo, a seguirlo, a escucharlo. Esa es la esencia de una auténtica y sana veneración mariana: que María nos conduzca a Jesucristo, único Salvador del género humano.
La tradición nos recuerda que la imagen apareció en la copa de un naranjo florecido, en el lugar donde hoy se levanta el Santuario Viejo. Han pasado más de cinco siglos, y sin embargo la devoción permanece viva, firme, creciente. Escritos antiguos lo confirman. Ya en 1650, fray Jerónimo de Alcocer afirmaba: “Son tantos los milagros y prodigios que se están haciendo por la intercesión de la Virgen de la Altagracia que ya ni se escriben”. Y hoy, en pleno siglo XXI, seguimos siendo testigos de cómo el Señor, por medio de María, continúa derramando favores sobre quienes acuden a ella con fe.
La consideramos nuestra protectora porque así la hemos experimentado. Toda madre protege a sus hijos, y ella ha querido ser la cuidadora de este pueblo. Su imagen es única en el mundo y de una riqueza teológica extraordinaria: contiene más de cincuenta símbolos que nos remiten al misterio de la Encarnación, como una verdadera catequesis visual inspirada en el evangelio de Lucas 2.
Nuestra historia nacional también ha estado marcada por su presencia. Recordemos, por ejemplo, la Batalla de la Limonade, donde el pueblo experimentó su intercesión. O la coronación canónica de 1922, que fue un acto profundamente simbólico: decirle al mundo, y en particular a fuerzas extranjeras, que en esta tierra no hay otro poder supremo que el amor maternal de la Virgen de la Altagracia.
En momentos de amenaza, como ante grandes ciclones y tormentas, el pueblo dominicano vuelve sus ojos a ella y le pide protección. Y muchas veces hemos sentido que su mano nos ha guardado.
La imagen de la Altagracia es también una imagen de familia: María, José y el Niño. Los tres unidos. Nos hablan de comunión, de unidad, de amor compartido. ¡Cuánta falta hace hoy esa unidad en nuestras familias! Cuántas heridas, divisiones y rupturas. A ella debemos pedirle que renueve el corazón de nuestras familias dominicanas.
María nos enseña, además, a decir “sí”. Su sí generoso al plan de Dios sigue siendo una escuela de fe. Mirándola, aprendemos a responder con valentía cuando el Señor nos llama a una misión.
La Virgen de la Altagracia es ejemplo de solidaridad, de vida y de justicia. Solidaria, porque nos dio al Salvador del mundo. Dadora de vida, porque acogió el plan de Dios sin reservas. Justa, porque escucha el clamor de sus hijos y lo presenta ante Jesús.
Acudamos a ella como lo hemos hecho durante siglos. Pongamos en sus manos los problemas que hoy nos afligen como nación: la violencia, la inseguridad, la pobreza, el alto costo de la vida. Ella es nuestra Madre. Y una madre siempre intercede por sus hijos. Estoy seguro de que, si se lo pedimos con fe, ella se lo pedirá a Jesucristo.
Conclusión
CERTIFICO que la Virgen de Altagracia, así como ha acompañado al pueblo dominicano, me ha acompañado a lo largo de mi vida.
DOY FE en Santiago de los Caballeros a los treinta (30) días del mes de enero del año del Señor dos mil veintiséis (2026).
