Hay artistas cuya obra no solo refleja su tiempo, sino que lo trasciende, lo transforma y lo vuelve íntimo, universal y eterno. Así fue José Cestero (1937–2025), maestro de la plástica dominicana, cuya partida deja un silencio que se siente más como un eco que como una ausencia. Es, en esencia, un sentimiento que nos devuelve a las raíces de nuestra ciudad Primada de América, su hogar, a los laberintos de la memoria pictórica, al tiempo suspendido en el gesto que se vuelve forma.
Evocar a José Cestero es abrir la puerta a una estética de lo esencial. Su obra, profundamente ligada a las contingencias históricas, sociales y políticas del contexto dominicano, nunca perdió el hilo poético que la condujo. Supo conjugar, como pocos, la narrativa visual con el espíritu del pensamiento crítico. Pintó la represión, la resistencia, la espera y el anhelo, pero también lo místico, lo ancestral, lo telúrico. En cada trazo, una respiración de su tiempo.
En su serie dedicada a Cien años de soledad, impulsada por Verónica Sención, Cestero no se limitó a ilustrar el universo de García Márquez. Lo reinventó. Lo hizo desde su Caribe, desde su mirada de hombre isleño, desde su experiencia de la dictadura y la revolución, desde la insistente pregunta sobre la identidad.
Cestero pertenecía a una estirpe de artistas que no se rendían ante la moda ni el mercado. Su pintura fue coherente, silenciosa y visceral. En ella habita el compromiso con la forma y el contenido, con la denuncia y el misterio. Fue testigo y cronista visual de las transformaciones del siglo XX dominicano, sin perder la lucidez de quien sabe que el arte no es solo estética, sino también ética.
Hoy, su partida nos convoca no solo a recordarlo, sino a releerlo. A detenernos frente a su obra y dejarnos atravesar por la intensidad de sus silencios. Nos queda su legado: un archivo pictórico de la historia emocional del pueblo dominicano; una cartografía de lo invisible.
