Carpintero. Poeta, crítico literario, fotoperiodista, cultiva la edición y corrección de libros. Posee una destacada trayectoria en el periodismo cultural, y sus artículos como columnista en el periódico La Información lo distinguen como un redactor y cronista acreditado en el ámbito de la promoción de los autores nacionales e internacionales, así como por el análisis literario de sus obras en nuestro país; su presencia como poeta le ha permitido exponer, explorar y enriquecer el panorama literario dominicano con una perspectiva original. Como gestor cultural, se consagra a fomentar el acceso y la valoración de las bellas letras y la cultura en sus diversas manifestaciones, contribuyendo al enriquecimiento cultural de los lectores y al desarrollo de proyectos que destacan el valor de la literatura y las artes.
Dónde nació usted y cómo fue la familia en la que creció
Nací en un pueblo llamado El Cotorro, a las afueras de la Ciudad de La Habana, Cuba. Mi seno familiar es lo que en mi país se conoce como una familia de obreros y campesinos, literalmente. De ambas vertientes me siento orgullosamente heredero. Por parte de mi madre, los obreros; por la paterna, los campesinos.
¿Dónde cursó sus estudios primarios, secundarios y universitarios?
Mis estudios primarios los cursé en la escuela Marcelo Salado Lastra, los secundarios en la Escuela Secundaria Básica Juan Gualberto Gómez, el bachillerato en el Instituto Preuniversitario “8 de Octubre”, una fecha histórica llena de contradicciones y sentimientos encontrados para los cubanos, y los superiores en el Instituto Superior Tecnológico René Ramos Latour.
¿Qué recuerdos infantiles atesora?
Infinitos recuerdos guardo de mi infancia. Un chico lleno de curiosidades, aventuras, malcriadeces propias de la niñez y la primera adolescencia (ando por la segunda). Pero si tuviera que escoger un solo recuerdo sería regresar a la casa de mis abuelos y verme correteando por su enorme patio sembrado de malangas (yautía), mangos, chirimoyas y guanábanas, patos y gallinas y palomas por doquier, más media docena de tíos entrando y saliendo, trabajando con mi abuelo sus oficios, electricista, carpintero, mecánico, soldadura, albañilería, y otra media docena de primos correteando de un lado y otro de aquella inolvidable casa llena de vida; sin desdorar a las tías y la abuela Luisa siempre preparando sus deliciosas champolas, natillas, u otros postres caseros. Ver llegar a mi padrino en las tardes era una fiesta para mí, porque me llevaba con él a montar bicicleta, o a mi tío René con aquel monstruo gigantesco que manejaba, y en el que nos encaramábamos todos los sobrinos, motoniveladora se le decía en mi país, aquí creo que se le conoce como gredar.
¿Cómo fue su adolescencia?
Compleja y feliz, preñada de contradicciones y complacencias. Inclinado desde esas edades por las artes plásticas, la artesanía popular, la trova cubana, la música de las décadas del 40, 50, 60 y 70 que no se dejaban de escuchar en la radio de casa y que han cultivado mi gusto y admiración por esos músicos e intérpretes; las primeras escapadas del hogar, al monte, al cines, las playas, algún que otro museo, los ríos, los primeros amores y también claro, los desamores, los estudios preuniversitarios becado lejos del abrigo familiar, las andadas aventureras de pesquería por costas, presas y lagunas, el encuentro con un templo llamado Casa de Cultura y la fascinación que sus actividades causaban en mí, descubrir la primera librería “El Sol de hoy”, comprar mi primer libro “Aventuras de Guille” de Dora Alonso, atravesar dos municipios caminando, matorrales, cañadas y callejuelas para adentrarme en la finca Vigía, propiedad del premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway, conocer las primeras páginas de poesía leídas desde un magacín llamado El Caimán Barbudo que fueron haciendo de mi adolescente un admirador y un incipiente hacedor de aquellas estrofas largas y cortas que más tarde supe se llamaban versos, poemas o qué sé yo…
¿Cuándo descubrió que le gustaba leer y qué tipo de lecturas frecuentó al principio?
Como ya he adelantado, la poesía; primero en aquel periódico que esperaba todos los meses en el estanquillo de mi pueblo, “El Caimán Barbudo”, descubrir con deslumbramiento la obra de Julio Verne y Mark Twain y del propio Hemingway, luego la lectura de rigor en el bachillerato que obligaba -dulcemente- a leernos a los clásicos del Siglo de Oro español, la literatura latinoamericana y rusas del momento y, desde luego, la fascinante literatura cubana. José Martí merece un punto y aparte, así de simple.
¿Cuándo comenzó a escribir y qué tipo de género fue el primero?
En esa adolescencia de la que le comentaba tracé mis primeros poemas, creo recordar que combinaba versos “propios” con otros de Martí, Guillén, Wichy Nogueras, Waldo Leyva… aquellos poetas del Caimán Barbudo tan recurrentes en mi vida…
¿Qué autores son sus favoritos y cuáles influyeron más en su estilo?
Me siento muy cercano, más bien deudor, de un poeta y ensayista cubano trascendental, Raúl Hernández Novás, autor que conocí ya en mi plena madurez como persona, pero que ha marcado —y continúa hoy en mi mesita de noche, literalmente— y marca todavía gran parte de mi poesía. Pero ya le he comentado que soy muy ecléctico en mis gustos por el arte y la literatura en general, de manera que leo con avidez hasta las etiquetas del detergente…pero puedo mencionar a Vallejo, Benedetti, Pablo de Rocha, Raúl Zurita, Nicanor Parra, Octavio Paz, J.L. Borges, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Dulce María Loynaz, Luís García Montero, César Pavesse, Odiseas Elitis.
¿Cómo es su método de trabajo a la hora de escribir?
Método, lo que se dice método, no me he percatado de estar atado a alguno, no suelo observarme en ese sentido, lo que sí necesito es mucha concentración, silencio, sentir que tengo a mano -ordenadamente regados- encima del escritorio algunos libros, tal vez una taza de café, alguna motivación, un libreta de notas y un bolígrafo o lápiz, y tiempo, soy muy lento escribiendo, reviso una y otra vez todos mis textos; me cuesta mucho ese primer párrafo, el primer verso, que en no pocos textos míos se convierte en el último, o un título incluso, suelo escribir, y reescribir; recientemente me pidieron algunos textos para una antología, buscando en mis archivos hallé un manojo de ellos escritos hace más de dos o tres años, poemas breves, y ¿adivine? Los reescribí. Bueno, decir que no tengo un método no quiere decir que no lo tenga… ¿o sí?
¿Cree usted que el país necesita una legislación de apoyo a la impresión de libros?
No. Este hermoso y noble país lo que necesita, en ese sentido, es, primero, un concepto verdadero, real, objetivo, técnicamente hablando, de lo que es una Editorial —con mayúscula—. Una editorial en el sentido más estricto, técnico y profesional de lo que es una editorial. Aquí lo que abundan son impresores, no editoriales, por mucho que se autoproclamen editoriales. Y desde luego, en un país donde el hábito de la lectura es prácticamente nulo, el costo de los libros es tan elevado como una cirugía a corazón abierto. Resumiendo, yo prefiero una legislación de fomento y apoyo a editoriales reales y otra, simultánea, que amortice los precios astronómicos, tanto de la producción como de la comercialización del libro. En ese campo hay mucha tela por donde cortar…
¿Cree que es necesario leer mucho para escribir bien?
Eso es algo relativo, no necesariamente un formidable lector tiene que ser obligatoriamente un escritor, ni siquiera un mediocre escritor, que los hay. Es decir, no hay una correlación entre que, si usted es un lector empedernido, tendrá que ser inexorablemente un excelso escritor. Ahora, un escritor, lo que se dice un escritor, indiscutiblemente sí debe de haber pasado para la izquierda tantas páginas como a escribirlas aspire.
