La agencia (4)

Harold Priego.

El licenciado presidente se marchó o fingió marcharse a eso de las nueve de la noche y nos dejó a cargo de la campaña de Sanadol, y a la media hora ya estaba de regreso. Había subido clandestinamente por el ascensor, abrió teatralmente de par en par las puertas del departamento de arte y se apareció con ropa de paisano, un suéter y un jeans que no les quedaban del todo bien, pero nadie le prestó mayor atención. Sin corbata ni saco, aunque con su misma cara de gendarme, su autoridad parecía disminuida y se veía más esmirriado y pequeño, casi indefenso, inofensivo, sólo aparentemente inofensivo.

El licenciado presidente tenía la costumbre de despedirse formalmente y regresar al poco tiempo para comprobar como se comportaba el personal de la agencia en su ausencia y ya sabíamos a qué atenernos cuando se marchaba o fingía marcharse, y además no le importaba mucho a nadie. Los creativos y dibujantes publicitarios tienen hora de entrada pero no de salida. Trabajan horas extras hasta el amanecer, a veces durante los fines de semana, y nadie se las paga, pero en compensación se toman algunas libertades. Sobre todo a partir de ciertas horas.

Esa misma noche, después de la medianoche, cuando el licenciado presidente volvió a hacernos otra visita sorpresa, encontró un espectáculo que a su juicio debió parecer desolador. La disciplina o el orden se habían relajado por completo. La cerveza y el ron y la pizza corrían de boca en boca y en el departamento de creatividad estábamos sentados en el piso, desparramados sobre la alfombra, junto a varias botellas de color verde. Habíamos hecho un circo alrededor de Harold Priego para ver cómo dibujaba las figuras del storyboard y en el primer momento ni siquiera notamos la presencia del temible licenciado presidente. Cuando Harold se percató, se quedó viéndolo con atención y de inmediato comenzó a fingir que estaba dibujándolo: subía y bajaba la vista y hacía unos trazos frenéticos, como para que no se le escapara la idea, y al licenciado presidente no le hizo gracia. Nos miró con cierta indignación contenida y se marchó a toda prisa dejándonos con una risa maliciosa entre pecho y espalda. Ya no regresaría más esa noche.

Harold estaba imposible, de un buen humor insoportable, haciendo bromas y burlándose a sus anchas de todo el que pasara por su lado.

Yo estaba estrenando una flamante chacabana blanca, de la que me sentía muy orondo, y en cuanto Harold reparó en ella me preguntó y seguía preguntándome a cada momento si la había comprado con todo y barriga.

Lo peor es que en una ocasión me hizo la pregunta en presencia de una elegante secretaria a la que le causó tanta gracia la ocurrencia que se desternilló de la risa. La longilínea secretaria usaba generalmente pantalones holgados que le quedaban de maravilla, pero en cuando dio la espalda para marcharse Harold le preguntó a boca de jarro (o mejor dicho a boca de Harold) que por qué siempre compraba pantalones sin fundillos. La secretaria se puso roja, lo miró despreciativamente, dio una especie de coletazo, movió la cabeza con altivez y estrelló la puerta al salir.

Uno de los dibujantes, un muchacho amanerado y simpático de sexualidad incierta, al que Harold no cesaba de hostigar, le llamó de inmediato la atención. Le dijo Harold, no seas grosero. Harold se quedó mirándolo en silencio, pero no por mucho tiempo. Harold era vengativo. Semejante osadía no quedaría impune. En cuanto el dibujante se alejó, Harold le preguntó lo que le preguntaba todos los días varias veces al día:

—Oye, ¿y a ti nunca se te ha desmayado un hombre atrás?
El sentido del humor de Harold se manifestaba a veces vitriólicamente y a veces suavemente. Un día lo vimos en compañía de una persona mayor que se le parecía. Cuando alguien le preguntó si era su padre respondió lacónicamente: “Yo creo”.

En cierta ocasión, uno de los integrantes del departamento de arte se enredó fieramente en una relación amorosa con una ejecutiva de cuentos que lo engañaba por lo menos con Vicente y otros veinte. En el fondo era una muchacha de buen corazón, una muchacha “graciosa que a todos daba la misma rosa”, como en la canción de Fabrizio De Andrè, y su infidelidad e inconstancia eran un secreto a voces. Pero el amor es ciego, como se sabe, o en este caso sordo. Cuando el enamorado se enteró por fin de la infidelidad de su bienamada, entró al departamento de creatividad llorando lágrimas negras y se desahogó pegándole un puñetazo a la puerta, que era de playwood o madera contrachapada como se dice finamente, y le causó una notable avería. Para reparar el daño y evitar mayores consecuencias, Harold cubrió el hueco con un afiche de la Sociedad Industrial Dominicana y se olvidó el asunto.

Algún tiempo después, curado ya de la terrible enfermedad del amor, el dibujante volvió al departamento con cualquier pretexto, quitó el afiche de la puerta para contemplar su obra y dijo con un timbre de orgullo:

—La verdad es que le di un golpe bien fuerte.
Harold lo miró de soslayo y no pudo contener la risa al tiempo que decía:

—Suerte que le diste con el puño, porque si le hubieras dado con los cuernos habrías pasado la puerta de lado a lado.

El dibujante simpático y amanerado estaba presente cuando Harold le dirigió en forma tan descarnada esas palabras a su compañero de trabajo y volvió a decirle, como le decía siempre, Harold, no seas grosero. De inmediato Harold le volvió a preguntar si nunca se le había desmayado un hombre atrás. Yo no dije nada por temor a que me preguntara por enésima vez si la camisa que tenía puesta la había comprado con todo y barriga. La elegante secretaria longilínea que usaba pantalones con nalgas chatas también se encontraba por el lugar y cuando escuchó lo que Harold había dicho se ausentó de inmediato por miedo a lo que podía seguir diciendo.

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