La agencia (6)

Harold Priego.

Algún tiempo más tarde, una despampanante delegación encabezada por la hermosa Jocelynda y otras ejecutivas hizo acto de presencia para darnos las condolencias. La verdad es que todos estábamos sinceramente condolidos y nos condolenciábamos recíprocamente los unos a los otros para aliviar la frustración.

No era para menos. El cliente había exigido que se le presentara una campaña con estricto carácter de urgencia, nos había hecho trabajar horas extras, había fijado un plazo perentorio para la presentación de la campaña y en el último momento se echó hacia atrás. Pospuso sádicamente la presentación. Nos dejaron vestidos y alborotados. En ese sofisticado manicomio llamado agencia —como decía el creativo catalán— todo podía pasar y pasaba.

Ahora recibíamos con el más sentido pláceme la visita de una nutritiva delegación en la que participaba la estrella de las ejecutivas de la agencia, una ex modelo llamada Jocelyn a la que preferíamos llamar Jocelynda. Junto a ella venía la simpática rubia Mary, con el pelo todo suelto, y la cimbreante Julia, con su figura de pitonisa, su andar pausado, sus movimientos felinos, su caminar tan fino.

Con ellas tuvimos una prolongada reunión, una especie de chismorreo analítico que nos permitió examinar exhaustivamente la situación y desahogarnos a pleno pulmón.

Criticamos al cliente, a casi todos los clientes, masacramos, con cierta precaución, al licenciado presidente, tomamos café dulce y amargo, nos sumergimos, en fin, en una especie de catarsis aristotélica para purificar nuestros sentimientos y terminamos sintiéndonos puros como ángeles.

Cuando las chicas de la comisión se retiraban, Harold se quedó mirándolas con una mirada escurridiza, indiscreta, buscando algún detalle que le permitiera decir algo gracioso y punzante a la vez, y lo único que se le ocurrió fue preguntarles si a ellas les pagaban por trabajar o por ser bonitas. Lo cual era un piropo muy fino en boca de Harold. La rubia Mary hizo un mohín despectivo y Julia no se dio por aludida, pero Jocelynda lo miró con aquella mirada luminosa que lo decía un poco todo sin decir nada y Harold sintió como si empezara a derretirse. No volvió a decir palabra, se quedó babeando y derritiéndose por dentro, pero no volvió a decir palabra.

Jocelynda tenía casi siempre una expresión apacible, tenía un temperamento suave que sabía administrar de acuerdo a las circunstancias, tenía un suave color aceitunado, un poco a la manera andaluza, y tenía además un novio que envidiaban, que hacía suspirar y alocaba a casi todas las chicas de la agencia. Incluso a algunos de los chicos.

Una vez fui con ella a presentar una campaña a una compañía de seguros, de la cual era ejecutiva, y sucedió algo que todavía me hace sonreír. El presidente era un señor amable que había conocido una infancia de limitaciones y pobreza, se había abierto paso en la vida como corredor de seguros y había fundado su propia agencia, pero el éxito no se le había subido a la cabeza. Era cordial y atento, una muy bella persona, y tratábamos de darle siempre el mejor servicio.

Cuando le leí la campaña, en presencia de Jocelynda, se quedó meditando unos segundos y me pidió que se la leyera al revés, que pusiera lo de abajo en la parte de arriba. Yo entendí el mensaje perfectamente, pero en vez de hacer lo que me pedía se me ocurrió, en son de broma, leer las palabras de derecha a izquierda, como acostumbra hacer para corregir los anuncios de prensa. Y en eso estaba, leyendo desde la última a la primera palabra de derecha a izquierda, como hacen los árabes y los judíos, cuando noté que el semblante de Jocelynda adquiría una inusitada gravedad, estacaba más y más los ojos hasta que finalmente no pudo contenerse y me dio un manotazo en el hombro. Pero la sangre no llegó al río. El muy preciado cliente se echó de buena gana a reír, un poco por mi ocurrencia y otro poco por el manoplazo que me había dado la grácil Jocelynda en el hombro. La campaña fue aprobada, pero en el viaje de regreso a la agencia, Jocelynda no sabía si felicitarme o matarme.

Cuando se enteró del hecho, el licenciado presidente intentó tomar represalias y me llamó en el acto a su despacho para pedirme que escribiera una campaña a favor de la inversión extranjera. Era lo peor que podían pedirme y era lo último que habría hecho. Pero tenía que hacerlo y lo hice a mi manera, un poco al estilo de Frank Sinatra.

El licenciado me llamó al día siguiente para preguntarme por la campaña a favor de la inversión extranjera y acudí con presteza a su despacho, donde me esperaba en compañía del licenciado Biglietti. Solemnemente le presente un texto que me parecía impecable y él me pidió que lo leyera en voz alta y lo leí en voz alta. Era una especie de guión, muy breve, el monólogo de una madre de familia desesperada que decía con voz muy compungida:

—¡Ay Dios mío, qué hago? Mi marido está preso por un asunto de drogas y nos cerraron el prostíbulo...

De inmediato se escuchaba la grave voz de un locutor que decía:
—¡Hace falta la inversión extranjera!

No recuerdo exactamente cómo logré salir vivo del despacho del licenciado presidente, pero fue la última vez que me pidió que hiciera algo a favor de cualquier cosa extranjera.

El licenciado Biglietti se encargó de propalar el suceso y la noticia se regó de inmediato por todos los rincones de la agencia, que eran muchos. En cuanto Harold me vio puso su típica cara de niño travieso, esbozó una enorme sonrisa y me voceó a pleno pulmón con su vocecita de trueno y desde el fondo del departamento de arte:

—¡Comunista!
Luego se echó a reír estrepitosamente y yo entré a mi despacho, riéndome también, pero por dentro..

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