La llegada al poder del último Sha de Persia Mohammad Reza Pahlavi fue precedida de un golpe de Estado financiado por Gran Bretaña y los Estados Unidos. Este tuvo sus antecedentes en el derrocamiento orquestado contra el presidente nacionalista Mohammad Mosaddeq, quien con apoyo de diferentes sectores de su país decidió nacionalizar el petróleo. Entonces Inglaterra decidió asfixiar económicamente a Irán cerrando entidades bancarias, amenazando con promover la independencia del Juzestán y exigiendo la devolución de deuda por créditos otorgados a empresarios iraníes. Del mismo modo, la Anglo-Persian Oil Company sacó de circulación todo su capital de la nación persa.
La presión motivó que el gobierno iraní decretara, el 20 de marzo de 1951, la nacionalización de la Anglo-Persian Oil Company que fue aprobada por mayoría parlamentaria y ratificada, cinco días más tarde, por el Senado. Gran Bretaña escaló el conflicto prohibiendo vender el crudo, amenazando con enviar a su armada e impugnando la nacionalización del petróleo en la Corte Internacional de La Haya y en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Frente al Consejo de Seguridad, Mosaddeq hizo una defensa de los derechos de Irán sobre sus recursos naturales, que llevó a la indefinición a este organismo internacional en espera de la decisión del tribunal de la Haya. En junio de 1952 Mosaddeq una vez más defendió en persona los derechos de la nación persa sobre el petróleo ante la Corte Internacional, que finalmente resolvió que no tenía competencias para entender la disputa.
A finales de 1952, agentes del MI6 acordaron con sus colegas de la recién fundada CIA derrocar a Mosaddeq. En agosto de 1953, ambas agencias ejecutaron la Operación Ajax y restablecieron en el poder al Sha. El presidente Mosaddeq fue encarcelado tres años en una prisión militar y después confinado en su casa hasta su fallecimiento el 5 de marzo de 1967. La dinastía Pahlavi, alejada de extremismos religiosos y asistida por Washington y Londres, fue instaurada con poco acierto como un régimen político que aprobaría reformas económicas en beneficio de ambas potencias y occidentalizaría la nación persa. Pero la realidad fue otra y el Sha, aunque hizo reformas actuó como un recio dictador. El totalitarismo y la represión caracterizó su gobierno que destacó por la creación de una agencia de seguridad recordada por el terror sistemático que aplicó contra cualquier disidencia.
Las intenciones reformadoras del Sha, denominadas revolución blanca, fue sumando opositores entre ellos el Frente Nacional y sectores religiosos que consideraban inaceptables las imposiciones occidentales centradas en el control de los recursos petrolíferos. En la oposición empezaba a destacar el Ayatollah Jomeini, un clérigo desconocido y popular en el sector del Frente Nacional. Cuando en 1968 el Sha se autoproclamó emperador aplicó drásticas medidas reformistas que aglutinó, aún más, a grupos tan diversos como nacionalistas, comunistas y clérigos. Las reformas transformaron el sistema económico en beneficio de los intereses externos y detrimento de lo nacional. La economía colapsó y los jóvenes desesperados y desencantados se congregaron en las mezquitas también maltratadas por las políticas del régimen.
Los iraníes acudieron a la religión como medio de oposición y protesta contra el saqueo del país organizado por intereses externos y consentidos por un régimen autoritario y corrupto. A comienzos de 1978 un artículo publicado por Jomeini desencadenó el fin del régimen que culminó un año después con la huida del Sha. El triunfo chiita no fue obra en exclusiva de Jomeini, sino que fue apoyado por hombres de formación occidental, aunque fieles al chiismo. Ante el consenso interno Estados Unidos apoyó a los nuevos líderes como forma de evitar la expansión comunista en oriente medio. El régimen iraní, que hoy intentan destruir los Estados Unidos e Israel, al margen del contexto interno del país llegó al poder gracias a la ineficacia política del gobierno Carter y un terrible desacierto sobre las consecuencias a largo plazo del acercamiento táctico con los líderes religiosos al inicio de la revolución islámica.
A comienzos de 1979, en la caribeña isla de Guadalupe, se concertó una reunión entre los líderes de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania Occidental. El encuentro jugó un papel fundamental en el futuro de Irán, ya que los políticos occidentales concluyeron que el régimen del Sha era insostenible retirando todo apoyo. De esta forma indirectamente se facilitó el ascenso de Jomeini. La conferencia organizada por el presidente francés Giscard d’Estaing tuvo lugar del 4 al 7 de enero de 1979 y entre sus participantes estaban el presidente Jimmy Carter, el primer ministro británico James Callaghan y el canciller de Alemania Occidental Helmut Schmidt. Los cuatro abordaron temas globales diversos como la situación en Camboya, la violencia en Sudáfrica, la creciente influencia de la Unión Soviética en el Golfo Pérsico, el golpe de Estado en Afganistán, pero la crisis iraní dominó la agenda.
En el encuentro todos concluyeron que la permanencia del Sha en el poder conduciría a una guerra civil, o bien a una intervención soviética. El encuentro de Guadalupe es un momento controvertido en la historia pues marcó la ruptura de Occidente con el Sha y facilitó indirectamente el ascenso de Jomeini. Mientras los líderes occidentales anhelaban estabilidad, la Revolución iraní construyó una República Islámica que modificó profundamente la geopolítica de Oriente Medio y las relaciones entre Estados Unidos e Irán. Secuela de aquella intromisión hoy somos testigos, una vez más, de una guerra que tal vez pudiese haber evitado.
