En la fachada de la iglesia del Convento de Regina Angelorum, en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, todavía pueden observarse las huellas de dos balcones desaparecidos que, siglos atrás, permitían a las monjas contemplar discretamente la vida de la ciudad sin ser vistas desde el exterior. Se trataba de balcones salientes, cerrados mediante celosías de madera, conocidos como ajimeces, característicos de la arquitectura conventual femenina de clausura y herederos de una tradición arquitectónica de influencia mudéjar.
Estas huellas, localizadas alrededor y debajo de dos puertas situadas en el segundo cuerpo de la fachada principal, constituyen testimonios materiales de unos elementos arquitectónicos que formaron parte de la imagen original del templo. Su identificación permite recuperar un aspecto poco conocido de la arquitectura religiosa colonial y comprender mejor las condiciones de clausura que regían la vida de las religiosas.
El convento de Santa Catalina de Siena, perteneciente a la rama femenina de la Orden de Predicadores, fue el segundo monasterio de monjas de clausura establecido en la isla Española. Su iglesia, dedicada a Regina Angelorum, es conocida popularmente como la iglesia del Convento de Regina.
La autorización para su fundación fue concedida en 1557 y, en diciembre de 1560, llegaron las primeras religiosas procedentes de Andalucía, quienes se instalaron en unas casas propiedad de doña María de Arana, viuda de Diego Solano, importante hacendado de la isla.
Doña María aportó como dote «unas casas particulares labradas muy a propósito del monasterio», donde se establecieron inicialmente el convento y su iglesia. Posteriormente ingresó en la comunidad religiosa, permaneciendo allí hasta el final de sus días.
Para 1572, el convento albergaba 23 religiosas, muchas de ellas viudas o hijas de españoles residentes en las Indias. Entre sus integrantes destacó sor Leonor de Ovando, considerada la primera poetisa del Nuevo Mundo.
Tras numerosas dificultades, las religiosas lograron concluir las obras de su convento e iglesia hacia finales del siglo XVIII. El templo actual, construido en cantería, presenta una sola nave cubierta por bóvedas de crucería, un ábside poligonal y una cúpula de ladrillo sobre tambor, rematada por una linterna.
Su fachada principal, orientada hacia la actual calle Padre Billini, está organizada en dos cuerpos horizontales separados por una cornisa. En el inferior se encuentran tres arcos de medio punto, de los cuales el central constituye el acceso principal, mientras que los laterales permanecen cegados. Esta composición guarda semejanza con la fachada de la iglesia de Santa Bárbara.
En el segundo cuerpo destaca un nicho vacío, enmarcado por pequeñas pilastras y rematado por un frontón curvo. A ambos lados se encuentran las dos puertas elevadas donde todavía se conservan las huellas de los antiguos ajimeces.
Los balcones volados y cerrados mediante celosías de madera constituyen una manifestación de la arquitectura de tradición mudéjar. Su presencia en la arquitectura hispánica se relaciona con los intercambios culturales entre al-Ándalus y el Mediterráneo oriental, particularmente entre finales del siglo XIII y el XIV.
Las celosías estaban formadas por entramados de delgados listones de madera dispuestos diagonalmente, generalmente a 45 grados, creando una retícula que permitía la entrada de luz y ventilación, al tiempo que dificultaba la visión desde el exterior.
El historiador del arte español Jesús Hernández Perera identificó los ajimeces como una de las expresiones del mudejarismo en las islas Canarias. Entre los ejemplos conventuales destacó aquellos que rematan construcciones torreadas, como el del convento de Santa Catalina de Siena, en San Cristóbal de La Laguna, Tenerife, perteneciente a la misma orden religiosa que el Convento de Regina, en Santo Domingo.
La expansión de la arquitectura hispánica hacia América favoreció la incorporación de estas formas de ascendencia mudéjar en las edificaciones coloniales. En los conventos femeninos adquirieron una función particular, pues permitían a las religiosas observar el espacio urbano sin establecer contacto visual directo con quienes transitaban por las calles.
La utilización de celosías no se limitaba a los balcones exteriores. También desempeñaba un papel fundamental en la organización interior de las iglesias conventuales, donde las religiosas debían permanecer separadas de los fieles durante las celebraciones litúrgicas.
Las disposiciones del Concilio de Trento (1545-1563) reforzaron las normas de clausura femenina, estableciendo mayores restricciones al contacto de las religiosas con el mundo exterior. Los conventos debían contar con separaciones físicas que garantizaran la clausura y el recogimiento espiritual de sus comunidades.
Por esta razón, las monjas no ocupaban la nave principal de la iglesia junto con los demás fieles, sino espacios reservados, comunicados directamente con las dependencias conventuales y protegidos mediante rejas o celosías.
En la iglesia de Regina Angelorum todavía pueden observarse dos celosías situadas en la parte superior del muro que separa el templo del convento. Es probable que el coro alto, ubicado sobre la entrada principal y sostenido por un arco carpanel, también estuviera originalmente protegido mediante una celosía de madera. Desde estos espacios, las monjas y novicias dominicas podían participar en los oficios religiosos, escuchar las lecturas y responder a los cantos de la liturgia sin abandonar la clausura ni exponerse a las miradas de los asistentes.
Las rejas y celosías representaban, por tanto, mucho más que simples elementos arquitectónicos. Constituían una frontera física y simbólica entre la vida contemplativa de las religiosas y el mundo exterior. Permanecer detrás de ellas significaba orientar la mirada hacia la oración y la contemplación divina, fundamentos esenciales de la vida conventual.
La recuperación de una imagen desaparecida
Las huellas que permanecen en la fachada de Regina Angelorum permiten plantear una interpretación de su apariencia original. Los antiguos puntos de apoyo de las vigas, la disposición de las puertas superiores y las referencias históricas sobre los ajimeces conventuales constituyen elementos para proponer una reconstrucción gráfica de estos balcones desaparecidos.
A partir de estas evidencias arquitectónicas y documentales, se ha realizado una interpretación gráfica de cómo pudo haberse visto la fachada de la iglesia con sus dos balcones salientes, cerrados mediante celosías de madera. Esta propuesta contribuye a comprender la composición arquitectónica del templo y permite recuperar visualmente un aspecto poco conocido de la vida cotidiana de las religiosas dominicas en la antigua ciudad de Santo Domingo.
Los balcones desaparecieron, pero sus huellas permanecen en los muros de Regina Angelorum, como testimonio de una época en la que las monjas podían contemplar la ciudad sin ser vistas por quienes transitaban frente al convento. l
• Este artículo forma parte de las investigaciones realizadas en el proyecto europeo TransatlanticLab-101235830, HORIZON-MSCA-2024-SE-01, dirigido por la Dra. Consuelo Naranjo del IH-CSIC.
